DOS VIAJEROS

Por Ana Mª Ardila Llorca

 

Llegaron a Barcelona con una pequeña maleta de cartón, casi vacía de objetos, pero llena de ilusiones.

Atrás quedaban cientos de kilómetros, recorridos unos trechos a pie y otros en tren.

El momento en el que salieron de su pequeño pueblo alicantino había sido una mezcla de emociones; tristes unas, al despedirse de novias y familiares, y alegres otras por la esperanza de ganar un dinero en Francia que les permitiera, al volver, mejorar la economía familiar y comprar algunas tierras. Su madre, llorosa, les hizo prometer que cuidarían el uno del otro y les preparó un zurrón lleno de comida que llevaba días preparando para que, al menos al principio, no pasaran hambre.

Su pueblo, a caballo entre el mar y la montaña, estaba a unas pocas horas de lo que se conocía como el Camí del Peix, que era el que utilizaban los pescateros que subían desde Villajoyosa a Alcoy para vender su mercancía, y a ellos se unieron para emprender su aventura. El camino era duro porque transcurría por una zona muy montañosa y además el calor era sofocante. Sus compañeros de viaje les explicaron que era peor cuando el trayecto se hacía en invierno, muchas veces con nieve. Pero a ellos no les importaba el calor, ni las cuestas, ni el cansancio; su ilusión y su juventud conseguían que pudieran soportar cualquier incomodidad.

Una vez llegados a Alcoy corrieron a buscar la estación de tren.

Bien guardada, en el bolsillo del más joven de los dos, llevaban la carta que habían recibido de su tío. En ella les indicaba, con todo detalle, los pasos que tendrían que dar para llegar a la gran ciudad. Allí él les esperaría, para emprender juntos el camino hasta su destino final, donde ellos tenían la esperanza de encontrar un trabajo que les ayudaría, ya suponían que con sacrificios, a conseguir ahorrar lo suficiente para volver a su casa.

Siguiendo las instrucciones detalladas en la carta, y contando con cuidado las monedas, sacaron sus pasajes para Gandía, y como hasta la mañana próxima no salía ningún tren pasaron la noche en la estación.

Y así empezó lo que sería una rutina en los días siguientes: largos tiempo de espera en los incómodos bancos de las estaciones. Primero en la de Alcoy, y más tarde en las de Gandía, Valencia y Tarragona.

Fueron muchas, y pesadas, las horas de ferrocarril y aún peores los cambios de un tren a otro, siempre con miedo de equivocarse.

Y tanto en las largas horas horas de espera como en los trayectos, el temor era a dormirse y que algún desaprensivo les robara sus pocos ahorros.

Pero ni el cansancio, ni los miedos, ni, todo hay que decirlo, el hambre que pasaban desde que habían acabado con las provisiones que su madre les había preparado, podían con su ilusión, con sus sueños de prosperar.

Llegaron a Barcelona, una ciudad que les impresionó desde el primer momento.

Toni y Vicente, dos muchachos muy jóvenes que nunca habían salido de su pueblo.

Trabajaban en el campo ayudando a sus padres desde pequeños. Apenas habían ido a la escuela, lo que había sido motivo de alegría para uno y de pena para el otro.

Toni, que era el mayor de los hermanos, no había sido amigo de los libros nunca y en la escuela había pasado más tiempo castigado que estudiando.

Vicente, sin embargo, había sido un buen estudiante desde muy pequeño.

Cuando sus padres decidieron que ya era el tiempo de que ayudaran en el campo, Don Blas, el maestro, había pedido que le dejaran ir a su casa al volver de la huerta por la tarde. Allí continuaría su educación, y de esa manera había conseguido leer y escribir correctamente, así como hacer operaciones aritméticas.

Toda su familia se metía con él cuando le veían leyendo los libros que Don Blas le prestaba con regularidad.

Pero gracias a eso habían podido llegar a su destino sin equivocarse en ningún tren y que nadie les engañara con el cambio.

Esperaban encontrar una ciudad bulliciosa y alegre. Sin embargo, había pocas personas por la calle y todas iban muy serias y evitándose unos a otros. En sus caras se apreciaba lo que parecía miedo.

“¿Qué ocurría?” Se preguntaron los dos hermanos, sin encontrar una respuesta.

Buscaron el barrio de Sant Andreu, y allí la pensión que les había recomendado su tío, lo que consiguieron tras un largo recorrido, a pie, desde la estación. Tuvieron que preguntar repetidas veces a los viandantes por la dirección. Muchos de ellos huían cuando se acercaban, pero consiguieron que alguno les explicara qué camino tomar. Llegaron y llamaron varias veces a la puerta y, por fin, salió a abrirles una mujer de edad indefinida que se cubría la cara con un pañuelo.

Sí, había habitaciones disponibles. Y les enseñó la que iban a ocupar.

El que solo hubiera una cama para los dos no les importó lo más mínimo después de haber pasado tantos días sin dormir en nada parecido a un lecho, y además estaban acostumbrados a las estrecheces. Se acostaron y se durmieron rápidamente.

El estómago vacío fue su despertador.

Salieron de la habitación y se dirigieron al comedor que les habían enseñado el día anterior. Varias personas desayunaban allí, y muchos de ellos estornudaban frecuentemente, ante la mirada ceñuda de la dueña de la pensión.

Ya con el estómago medio lleno se fueron a la calle dispuestos a buscar la plaza del Mercadal donde se encontraba la taberna del amigo de su tío en la que éste les había dicho que se encontrarían.

Seguían viendo personas serias a su alrededor, y muchas con la boca tapada con pañuelos o con unas telas que tapaban boca y nariz y que se ataban en la nuca. Más tarde supieron que se llamaban mascarillas.

“¿Qué estaba pasando en Barcelona?”

Encontraron la taberna cerrada, y, extrañados, preguntaron en la tienda de al lado.

―Murió el dueño y toda su familia la semana pasada ― les dijeron.

― Maldita gripe ― añadió el hombre que les informó.

Y ante esas palabras entendieron el porqué de la tristeza que invadía la ciudad y las caras de preocupación que veían en las pocas personas con las que se cruzaban.

Ahora eran ellos los que iban serios y asustados. Corrieron hacia su habitación. Se encerraron en ella y se miraron el uno al otro con angustia.

“¿Cómo podrían ponerse en contacto con su tío? ¿Cuánto les duraría el poco dinero del que disponían?”

Acuciados por la necesidad de encontrar a su tío, y a pesar del miedo, tuvieron que salir a la calle un día y otro intentando buscar a algún conocido del tabernero que pudiera darles noticias, pero no encontraron a nadie que pudiera ayudarles. Lo que si consiguieron fue que les hablaran de la terrible enfermedad que asolaba la ciudad, y, según les contaron, también se extendía por el resto de España y del mundo.

Se dieron cuenta entonces de lo aislados que estaban en el pueblo, al que no habían llegado noticias de la gripe, al menos hasta el momento en el que ellos habían salido de allí.

Les contaron que en mayo de ese año había habido muchos casos de la maldita enfermedad, pero que lo peor estaba llegando ahora, al final del verano, porque estaban muriendo muchas personas.

A los pocos días Toni, el mayor de los dos hermanos, empezó a encontrarse mal. Ardía de fiebre, tosía y tenía un fuerte dolor en el pecho.

La dueña de la pensión, despiadada y asustada, les dijo que tenían que salir de la casa. Vicente, desesperado, suplicó y lloró, pero la mujer no se ablandó.

Salieron los dos a la calle, con Toni, que apenas se tenía en pie, apoyado en su hermano.

No sabían donde ir, solos, en una ciudad desconocida y con uno de ellos muy enfermo.

Un transeúnte se apiadó al verlos y les indicó como llegar al Hospital Municipal de Infecciosos, en el que estaban ingresando a los enfermos de gripe.

Consiguieron llegar.

La imagen que se presentaba ante sus ojos era terrible.

Cientos de enfermos en las camas colocadas, unas junto a otras, sin apenas espacio entre ellas, en un amplio pabellón.

Una enfermera se les acercó, y al ver el lamentable estado de Toni le buscó una cama rápidamente, explicándoles que habían tenido suerte de encontrar una libre; fue caritativa al no decirles que esa cama estaba vacía desde hacía pocas horas por el fallecimiento de uno de los muchos enfermos que allí había.

Vicente, cumpliendo la promesa hecha a su madre al salir del pueblo, de que iban a cuidar el uno del otro, no se separó ni un minuto de su hermano hasta que él también sucumbió a la enfermedad.

Murieron los dos.

Solos, en una ciudad extraña.

Nunca volverían a su pueblo, no verían nunca más ni a sus padres ni a sus novias. Sus sueños se quedaron en una pobre maleta abandonada en la pensión.

Era septiembre de 1918.

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