EL DESTINO

Por Leonor Lalanne

Ayer fue mi cumpleaños, cumplí 16 y papá me regaló un diario. Cuando desenvolví el paquete y lo observé se me ocurrieron mil y una historias que escribir. Estaba alegre, radiante, me sentía mayor, y como mi hermanito se encontraba bien todos estábamos felices. Era un bonito día de verano, el sol brillaba y no hacía apenas aire, así que no nos abrigaron y dimos un pequeño paseo por los jardines, la familia al completo, ¡qué ilusión! y cuando caía la tarde el fotógrafo nos inmortalizó. Mis hermanas y yo discutimos por el color de nuestros vestidos, y mamá, práctica y racional como siempre, nos recordó la inutilidad de la disputa: El negro y el sepia nos igualarían a todos.

Aquella noche, estaba tan agotada por la emoción de haber pasado casi toda la jornada juntos, por no haber tenido que recibir clases y sobre todo por el ambiente alegre y distendido que se respiraba en nuestras dependencias, que creí que eso era lo normal, que todas las chicas de mi edad debían vivir así sus aniversarios.

Y comencé a escribir en mi diario.

«Hoy ha sido un día maravilloso. Por un rato papá y mamá han permitido que nos olvidáramos del hambre y de las desgracias de nuestro amado pueblo, por el que rezamos cada día, y nos han permitido disfrutar sin ese sentimiento tan triste que a veces nos sobrevuela. Mi hermanito ha pasado un buen día así que todo ha salido perfecto.»

Mis hermanas se empeñan en fastidiarme; me dicen que si sigo comiendo bombones sin parar nadie querrá casarse conmigo. Como ellas son altas y delgadas como papá y tan guapas como mamá, siempre se burlan de mí. A lo mejor es por eso que sigo comiendo chocolate, para que quede aun más claro que no soy como ellas ni pretendo serlo. Además, ¿por qué habría de importarme tanto casarme? Mamá dice que debemos hacer lo que papá decida, que él sabe qué es más conveniente para nosotras, pero yo creo que papá tiene otros problemas más graves que pensar en nuestros matrimonios. Creo que en el fondo le encantaría que al menos una de sus hijas, la más risueña y traviesa: su favorita, como él me llama cuando nadie más nos escucha, fuera libre. Lo noto en sus suspiros contenidos, en cómo sufre impotente cuando ve que su único hijo varón, heredero de un país y de un destino, está malito y sufre encadenado a esa cruel enfermedad. No sé si papá también cree que es un castigo divino, como mamá o los médicos, pero a pesar de que su mal hace que todos estemos en vilo, cuando observo su rostro infantil, lo veo tan dulce y bondadoso, y tan desvalido, que me invade la ternura. Le quiero inmensamente, como solo puede quererse a un hermanito enfermo e inocente.

Esta noche escribiré en mi diario algo para él.

«Mi queridísimo «bebé», qué ganas tengo de que te dejen un día a solas conmigo, cómo ansío que puedas corretear sin miedo a caer. Un día de estos te voy a llevar al bosque del jardín, y después de subirte al árbol más alto y de columpiarte en la rama más flexible, después de bañarnos en el estanque y de comer moras silvestres, te prepararé un buen escondite para que podamos pasar la noche allí. Solos tú y yo. Mirando las estrellas y soñando con todas las aventuras que aun nos quedan por vivir. Pero tendrá que ser nuestro secreto, mi querido hermanito, porque sino papá y mamá nos lo impedirán.»

Después de escribir esto me he sentido rara. Es como hacer una promesa que sé de antemano que no podré cumplir. Es como engañar. Y papá siempre dice que debemos dar ejemplo y cumplir nuestras promesas, y no mentir. No sé. Me gustaría que todo fuera distinto y que no existera su enfermedad.

El verano ha sido tan corto que hace días que el frío nos recluye en el interior. A mí no me importa que nieve, es más me encanta tirarles grandes bolas a mis hermanas, pero ellas son tan estiradas y se están volviendo tan serias que casi parece que se han olvidado de sonreír. Solo guardan su cariño para él, nuestro hermanito. Cada día, cuando cenamos juntos, todas dedicamos palabras dulces y mimos a nuestro «bebé». Espero que cuando me haga mayor como ellas mi espíritu no se apague y siempre tenga ganas de jugar.

Esta mañana ha amanecido gris, como nuestros ánimos. Mamá ha pasado la noche junto a Alexei. No ha podido dormir porque los médicos decían que su vida corría peligro. Y eso que ni siquiera se cayó, solo se tropezó y se dio un golpe en la pierna. Él está muy delgado, la piel pálida, casi transparente le resalta sus bellos ojos. A mí me parece el niño más hermoso del mundo, y aunque todos seguimos llamándole «nuestro bebé» yo creo que lo hacemos porque pensamos que nuestras palabras y cuidados pueden hacerle bien. A veces me pregunto qué hubiera sucedido si él no hubiera heredado de mamá la maldita enfermedad. Pero una vez les oí decir que era una desgracia solo de hombres pero transmitida por las mujeres, y mamá rompió a llorar. Estoy segura de que si estuviera sano nuestra vida sería muy diferente, nuestra familia sería más feliz e incluso todo el pueblo respiraría tranquilidad. Porque papá nos dice que el pueblo sufre en silencio nuestra desgracia, pero yo creo que el pueblo ya tiene bastantes penas con el hambre y el frío, como para pensar en la salud de nuestro querido hermano.

Esta noche le dedicaré en mi diario unas palabras para que se cure pronto.

«Mi queridísimo hermanito, ¡qué ganas tengo de que te pongas mejor! Papá me ha prometido que me dejará llevarte en el carro de caballos por el parque, pero sé que no confía mucho en que mamá me deje. Ella vive con tanto miedo por ti… No importa, yo te llevaré aunque mamá me lo prohíba. Me da igual que me castigue, porque creo que el paseo te hará muy feliz. Te voy a envolver en un montón de mantas para que no puedas lastimarte, ni hacerte daño con nada. El paseo va a ser estupendo y vas a disfrutar muchísimo.»

El invierno está resultando muy duro para todos. El frío es terrible. Llevamos varias semanas realizando nuestros ejercicios en el interior. Papá dice que es bueno para nuestra salud que hagamos deporte y respiremos aire puro, pero esto último resulta casi imposible. Se nos hiela el aliento. Obviamente, mi querido Alexei está exento de la práctica obligatoria de deporte. No por orden de papá, pues yo creo que él piensa que cualquier cosa sería mejor que estar encerrado con mamá y con ese extraño personaje que desde hace días le acompaña a todas partes, y es que le ha prometido que sus pócimas mágicas le mantendrán con vida y creo que mamá se aferra a esta promesa con desesperación. ¡Ojalá tenga razón! Mientras tanto rezamos más que nunca y los motivos son dispares pero ambos vitales. Oramos para que nuestro amado pueblo sobreviva. Resulta difícil rezar por algo tan abstracto -esta palabra me la ha enseñado Olga- como son los millones de súbditos de nuestra amada Rusia, pero al mismo tiempo queremos que nuestro hermano sobreviva. A veces pienso que esa no es vida, pero me guardo mucho de decirlo en alto, pues sé que no está bien cuestionarse su existencia.

Papá dice que no debemos salir de palacio, que es peligroso. Que cada vez hay más problemas. Me entristece mucho ver a papá tan preocupado, creo que la situación le está afectando mucho. Me gustaría que con un gran abrazo pudiera cambiar su pena, pero sé que no es posible. Todos están más apagados, menos mamá que confía tanto en ese curandero que cree que solo con su presencia Alexei se curará. Yo también quisiera creerlo, pero no me atrevo a decir nada. Solo lo beso con suavidad mientras me sigue con la mirada y me suplica que juegue un poco con él. Imposible. Mamá dice que no debemos cansarle.

Desde hace unos pocos días estoy más contenta, pero intento disimularlo porque él está mal. El frío acabó hace días, la primavera toca a su fin, y eso siempre me anima, pero los motivos tiene un nombre: Mijaíl. Mi nuevo amigo es sobrino de la cocinera y lo han enviado a trabajar aquí. Los primeros días no nos hemos hablado, pero ayer me saludó. Yo le corregí enseguida y le dije que me llamara solo Anastasia, porque papá no quiere que el servicio nos llame «Gran Duquesa» y esas cosas. Cuando ha pronunciado mi nombre con su voz tan varonil, me he sonrojado y creo que me he enamorado, pero espero que él no se haya dado cuenta. Ojalá mis hermanas no lo descubran porque tendría que soportar sus burlas día y noche. Como si no tuvieran nada mejor que hacer. Cuando Mijaíl me ha dicho: «buenos días Anastasia» he creído desmayarme de la emoción, sobre todo porque he visto que él también se sonrojaba.

Esta noche escribiré en mi diario sobre él:

«¿Cómo saber cuándo se está enamorada? ¿Cómo estar segura de que esa turbación que recorre mi cuerpo, que lo templa y lo enfría, que lo envuelve y lo agita es amor? Jamás sentí nada igual, ni siquiera por mi queridísimo hermano que es la persona a la que más quiero en el mundo. Pero cuando veo a Mijaíl cada mañana mis ojos le siguen como un cachorrito y yo solo deseo que se acerque para aspirar su varonil aroma. Me avergüenza sentirme así, y solo espero que nadie lo descubra.»

Todos están revolucionados. A las chicas no quieren decirnos nada, pero intuyo que algo malo se avecina. Papá está encerrado en su despacho recibiendo a muchos políticos y militares. Las reuniones duran horas y horas y no respetan ningún horario, pues incluso de noche se escucha el ruido de coches que van y vienen para entrevistarse con él. No nos dejan acercarnos, pero solo hay que mirar por las ventanas el ir y venir de uniformes para intuir que algo grave va a pasar. Tengo un poco de miedo. Papá dice que debemos dejar nuestro destino en manos de Dios, pero yo quisiera pensar que hay algo que podamos hacer para cambiarlo. Mamá llora desesperada. Alexei está mal, como siempre, pero papá ha echado a ese horrible hombre que decía que lo salvaría y desde entonces mamá parece al borde de la locura. Mijaíl, que ya es mi amigo especial, me consuela y me dice cosas preciosas, como que él me va a proteger. Suena muy romántico, pero no sé de qué podría él protegerme.

Esta noche escribiré en mi diario sobre todo esto:

«La vida puede ser injusta y cruel. Ahora que mi corazón esta lleno de amor, el resto de mi vida anda revolucionada. Mi querido Alexei está muy enfermo y eso nos tiene a todos muy preocupados. El buen tiempo llegó hace días, pero ahora que podríamos disfrutarlo apenas salimos de aquí por «seguridad». Incluso nos prohibieron celebrar con un paseo mi 17 cumpleaños. Menos mal que entre estas paredes está mi mundo, incluido Mijaíl. Su sola presencia alivia mis penas y me anima. Mientras escribo comienzo a oir muchos gritos fuera, bajo la puerta de entrada. Miro por la ventana y quedo horrorizada ¡Dios mío! ¡Un pelotón de hombre ha tirado la puerta abajo y están entrando en casa con sus armas! ¡Oh, no! ¡Están sacando a papá a empujones! ¿Qué sucede? Oigo gritos cerca, creo que los soldados se acercan y oigo chillar a mis hermanas. En este momento se abre mi puerta, me santiguo y me preparo para lo peor, esperando ver a mis raptores. Pero no, es Mijaíl, respiro aliviada, me hace señas silenciosas y me pide que lo siga. Ni un instante de duda, ahora recuerdo que prometió protegerme, así que le seguiré. Concluyo aquí mi diario esperando poder retomarlo pronto.»

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