EL FARO – Mª Eva López Montero

Por Mª Eva López Montero

Apenas recuerdo cuando llegué al faro. Por momentos creo ver su silueta imponente, recortada sobre un cielo gris amenazante, y con un mar de fondo oscuro agitado por las olas. Otras veces me parece evocar el sol cegador en lo más alto del cielo, y el mar, azul cobalto, que parecía darnos la bienvenida con sus salpicaduras de espuma cayendo sobre nuestras mejillas encendidas. Y recuerdo bien la risa, esa risa de Sebastián que lo llenaba todo, mientras corríamos cogidos de la mano hacia la casa. Sin embargo, cada imagen es como una nebulosa en mi mente; como si en un intento de borrar toda sombra de recuerdo, hubiese construido una suerte de puzle indescifrable para poder dejar atrás todo lo que sucedió en aquel lugar.
Al principio la vida en el faro con Sebastián era un auténtico paraíso. Un lugar desde el que contemplar la inmensidad del océano. “Un lugar privilegiado”, decía él. Rodeado de prados verdes y bosques de eucaliptos, el faro se asomaba al precipicio, tan sólido como el promontorio sobre el que se asentaba. Faro y roca parecían ser una unidad indestructible. Abajo, la playa, una extensión de arena y rocas que dejaban ver sus puntas, afiladas como cuchillos, en medio de las olas. Y estaba el mar. Ese mar oscuro, profundo, que se movía como un ser vivo que parecía arrullar nuestro amor.
Pasábamos el tiempo libre paseando o tirados en el sofá, abrazados. Yo, leyendo; él escuchando música. Cuando no, hablábamos durante horas, arrebujados junto a la estufa de carbón, en los días de invierno, o sentados a la sombra de un manzano silvestre que había querido crecer al borde del precipicio, en aquellas tardes calurosas de verano que compartíamos. Sebastián y yo éramos el mundo entero. Él y yo. Y el faro.
Al principio los días pasaban sin sentir. Por las mañanas Sebastián se levantaba muy temprano, cuando no pasaba la noche en la torre vigilando los barcos, que hacían notar su presencia con sus sirenas, en medio de la tormenta. Yo procuraba estar despierta siempre que él llegaba. Los días en que me levantaba tarde, él acostumbraba a hacer alguna broma sobre mi afición a dormir hasta las tantas. Yo no le daba importancia. Me gustaba acostarme tarde porque la noche era el único momento en que me sentía libre. No es que no fuera libre, lo era. Sin embargo, en esos momentos de soledad, yo podía dedicarme a cosas que Sebastián no aprobaba, como leer algunos libros que a él no le parecían adecuados o, simplemente, estar sentada mirando al cielo sin hacer nada, sin sentirme, por ello, sometida a su escrutinio. Pero él tenías sus ideas. Yo lo sabía y por eso me permitía esos pequeños placeres escondidos que no hacían daño a nadie. Sebastián tenía un concepto muy particular del amor, un concepto que hice mío. Los hijos no tenían cabida en una relación como la nuestra. Nada podía interferir en ese mundo nuestro, único y singular. Así que yo iba dándome forma a mí misma, limando, puliendo todo aquello que pudiera estropear la unidad que él y yo constituíamos.
A veces él ya estaba en la cama cuando yo me metía en ella y le abrazaba por detrás, abarcando su ancha espalda, cálida y familiar. A él le gustaba tenerme siempre cerca y yo trataba de complacerle en todo lo que podía. El día que no madrugaba procuraba ser más cariñosa con él que de costumbre. Me esmeraba en la preparación de sus platos favoritos y estaba dispuesta a complacer todos sus deseos, incluso aunque no fueran los míos. Pero no me importaba, porque formaba parte de mis deberes. Formaba parte de mi compromiso con nosotros. Sebastián decía que éramos una unidad, que ya no éramos dos, sino uno, desde el momento de nuestro matrimonio. Yo era suya y él era mío. Y así sería siempre.
Pero todo “siempre” tiene su fin. Y el principio del fin fue una discusión, banal para Sebastián, pero decisiva para mí, aunque no lo supe hasta mucho después. Aquella noche las palabras de Sebastián abrieron una primera herida que iría seguida de muchas otras en los años que vendrían. Debí darme cuenta entonces, pero no lo hice, porque en ese largo y tortuoso proceso del conocimiento de uno mismo, los errores son parte necesaria del trayecto. Y así fue como pasé por alto aquella ofensa y decidí que el amor podía vencer cualquier contratiempo. Lo guardé en un lugar recóndito en mi memoria y lo encerré bajo llave.
Mientras tanto la vida continuaba a pasos de gigante y los años iban desdibujando aquel futuro de dicha eterna que nos habíamos prometido.
Una mañana de otoño, paseando por los alrededores del faro, noté que se había desprendido un trozo de fachada. Había caído sobre la pequeña huerta que tanto me había esmerado en cultivar y había destrozado los apreciados tomates de Sebastián. Sebastián era un hombre que sentía un profundo afecto hacia todas sus posesiones, ya fuese un trozo de muro o una ristra de tomates. Un golpecito en la pared, una esquina de un mueble o una sartén desconchada, provocaban en él una reacción desmesurada. Las cosas materiales eran, para él, un tesoro a proteger. Jamás tiraba nada, de tal modo que la casa estaba a rebosar de muebles, cuadros, libros, cajas vacías, cables inservibles que no usaría jamás, facturas de veinte años de antigüedad y toda clase de objetos y ropa vieja que había que guardar por si acaso hiciera falta en el futuro. Yo tiraba algunas cosas en secreto: un día era una chaquetilla de cuando tenía veinte años y cuatro tallas menos; otro, unos zapatos de montaña que no había usado en los últimos quince años o algún utensilio de cocina inservible que guardaba en un rincón de la alacena. Cuando me preguntaba si había visto alguna cosa, yo siempre respondía que no y que quién sabía dónde podía estar, con tantos trastos acumulados como tenía.
Llegó el invierno y, con el frío y los vientos del norte, el faro pareció sufrir otro embate en su estructura. La última tormenta había roto parte de la barandilla que rodeaba la cúpula de la torre, algo que trajo de cabeza a Sebastián durante varios días.
Una tarde, en uno de mis paseos por la playa con la arena aún húmeda por la lluvia recién caída, me pareció ver que algo se movía en uno de los pasadizos que se habían formado entre las paredes del acantilado y las rocas. Al principio pensé que sería una cría de gaviota, pero al acercarme comprobé que no era un ave lo que había sobre la arena, sino algún tipo de mamífero. Al llegar a su lado vi que era un cachorro de perro. No llegaría a los dos meses de edad, porque aún conservaba el color gris azulado de sus ojos. Tenía el hocico medio hundido en la arena y gemía, seguramente llamando a su madre. Lo tomé en mis brazos y lo cubrí con ellos, abrazando ese cuerpo desvalido y abandonado, sin llegar a comprender qué clase de ser era capaz de semejante crueldad. Y lo adopté como al hijo que Sebastián no había querido tener.
La vida en el faro se vio animada por la presencia del perrito. En las tardes de invierno me gustaba tumbarme en el sofá y ponerlo sobre mi pecho. Dormíamos juntos al calor del fuego, mientras Sebastián me miraba con un gesto de desaprobación en sus ojos. Después daba media vuelta y se iba, dejando en mí un malestar indefinible y una inexplicable sensación de culpa.
Por otra parte, a medida que el perrito iba creciendo mi afecto por él crecía a su vez. Pipo me acompañaba en todos mis paseos. Cuando corría delante de mí, con sus orejitas al viento, acostumbraba, de cuando en cuando, a volver la cabeza atrás para mirarme, pendiente de mi presencia, como cuidando que no me perdiera en el camino. Su devoción me conmovía. Nunca, nadie, ningún ser humano, me había mirado como lo hacía él. ¿Cómo no iba a quererle?
Sebastián, por su parte, parecía vivir en un estado de enfado permanente. A veces nos enzarzábamos en largas discusiones en las que yo siempre terminaba temblando, confusa, sin saber exactamente cuál había sido la causa de la disputa. Él, entonces, se mostraba tranquilo y satisfecho. “Estás loca”, me decía. O: “Estás reactiva. No tienes sentido del humor. Deberías ir al psiquiatra”.
Después pasaban días sin que me dirigiera la palabra. Se encerraba en un silencio acusador que me perturbaba. A veces le sorprendía una mirada oscura, hueca, como un abismo sin fondo. Como una tumba olvidada.
Día a día nos íbamos distanciando sin remedio. Dentro de mí sentía que necesitaba alejarme de él. Su sola presencia comenzó a enfermarme por dentro y por fuera. Todo me molestaba de él: su manera de lamer el cuchillo por ambas hojas, su ruido al masticar, sus ronquidos durante la noche, sus miradas que parecían vigilar todos mis movimientos…
El primer día de verano parte de la cúpula del faro se desplomó sobre la entrada y me alegré. Había llegado a odiar aquel lugar que se había convertido en una cárcel para mí. Para Sebastián fue como si el mundo se hubiese desplomado sobre él. Repararlo costó tiempo y dinero. Él tenía ambas cosas, pero yo solo tenía el tiempo.
Una tarde, después de una fuerte discusión, salí a caminar con Pipo. Bajamos a la playa a la puesta de sol. El cielo anunciaba tormenta y apenas se veía un resplandor por el oeste. A pesar de eso salí. Necesitaba respirar. Necesitaba que la lluvia cayese sobre mí y me limpiase de toda esa inmundicia que me aplastaba.
Pipo corría y se rebozaba en la arena ya húmeda con las primeras gotas de lluvia. Yo hundía mis pies al borde de las olas que cada vez aumentaban su fuerza. La lluvia comenzó a caer sin tregua y Pipo corrió a esconderse en una oquedad entre las rocas. Corrí tras él, pero se había adentrado tanto que no tuve tiempo de cogerle y volver atrás, porque la tormenta arreciaba por momentos.
Pasamos la noche en un repecho situado en lo alto de una de las paredes de la gruta. No sé si llegué a dormirme o permanecí despierta toda la noche. Solo recuerdo la lluvia y el viento soplando entre los orificios de la cueva y el sonido incesante de los truenos. El agua estaba cada vez más cerca y mis fuerzas se agotaban, pero Pipo calmaba mi ánimo. Sus ojos tiernos, apenas iluminados por la luz de los relámpagos de afuera, me miraban confiadamente, como si mi sola presencia fuese suficiente para él. Debí dormirme, agotada, porque me despertó una claridad que venía del exterior. El mar sonaba calmo, como si horas antes no se hubiesen removido los cimientos de la tierra y del mar entero. Todo estaba tranquilo, parecía que no hubiera pasado nada.
Salimos de la cueva y tomamos el sendero que sube hasta el faro. El aire estaba limpio y la arena cubierta de pequeñas conchas de colores. Me sentía alegre y ligera. Pipo iba delante de mí haciendo tonterías, mordisqueando las hierbas del camino o persiguiendo una lagartija a toda prisa. Me hizo reír.
Cuando llegamos a lo más alto del promontorio, un estremecimiento me atravesó de la cabeza a los pies. Ya no quedaba nada de lo que había sido mi hogar los últimos años. El faro se había partido por la mitad. La cúpula yacía rota en pedazos diseminados alrededor de las ruinas. El silencio y la desolación lo llenaban todo. —¡Sebastián! —grité. Pero no hubo respuesta. Solo se escuchaba, rítmicamente, el sonido de las olas golpeando contra el acantilado.

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