EL SABOR DEL CAFÉ

Por Maria Sheila Casero

Te amo. Fueron las últimas palabras que él pronunció antes de cerrar la puerta. No volvió a verlo. A sus 29 años creyó que el amor se había esfumado de su vida con él. fueron años de ausencia y soledad hasta que su recuerdo se fue disipando lentamente.

—Anne, ya es hora de que rehagas tu vida —aconsejaba Helen— ¡Han pasado cuatro años!

—Helen, no seas pesada, cuando esté preparada y sea el momento, conoceré a alguien. Venga vámonos. Tengo que irme a trabajar.

Helen levantó el brazo y le hizo señas al camarero, quien captó enseguida la orden de traer la cuenta.

El día en la oficina había sido deplorable, y al salir del trabajo, Anne volvió a la cafetería a esperar a su amiga Helen. Se dejó caer sobre un taburete al lado de la barra y pidió de tomar sin levantar la vista.

  • ¡Ponme una tila por favor! — su voz sonaba acelerada y el rostro se sentía caliente.

Diego le sirvió una taza de tila caliente, y una galleta de canela en el platillo. Quiso preguntarle que le ocurría, pero al estar delante de ella le temblaban las manos y la voz se le atragantaba.

—¿Qué haces bebiendo tila? —Vaciló Helen con una risa mientras apoyaba su abrigo en el respaldo del taburete de al lado.

—He tenido un día horrible, mi jefe me ha echado la bronca por un pedido que yo no he hecho.

—¡Vaya, lo siento! ¿lo has podido solucionar?

—Sí, mas o menos… — las mejillas de Anne cada vez estaban más rojas, y su cuerpo se tensaba a medida que avanzaba la conversación.

—Creo que tu tila debería ser doble— Se burló Helen — ¡olvídate del trabajo! Tienes que animarte un poco, ¿Por qué no le pides una cita a Diego?

—¿Estás loca? Yo no le gusto— volvió la vista a Diego, quién servía una mesa alejada y dudó.

—¡Tú si que estás loca, ciega y tonta! A leguas se ve que se muere por tí y no te has dado cuenta. ¡Tu día aún puede mejorar! —le guiño un ojo y levantó la mano.

 

Se hizo un momento de silencio, Helen la miraba fijamente con los brazos cruzados y una sonrisa pícara. Diego, trajo la cuenta como de costumbre junto a unos caramelos de miel y limón, sabía que eran los favoritos de Anne y los compraba expresamente para ella. Él es un chico tranquilo y tímido, lleva dos años trabajando en la cafetería, los mismos que lleva enamorado de Anne. La suele observar desde el fondo de la barra.

—¿Diego tienes planes para hoy? —Preguntó Helen— Un grupo de amigos vamos a ir al cine esta noche, ¿te vienes con nosotros?

—¡Claro! dime la hora y allí estaré.

Anne, perpleja por el descaro de su amiga y la veloz respuesta de Diego, no pudo articular palabra. —Tengo ganas de matarte —añadió cuando él se fue. Helen le dio un pequeño codazo mientras se reía.

La sesión de cine estuvo un poco tensa, Helen prácticamente los obligó a sentarse juntos, luego se las apañó para que Diego la acompañara a casa. Por el camino hablaron como nunca lo habían hecho. La noche estaba serena y cálida. Anne sentía un hormigueo y un escalofrío en los brazos a medida que Diego se acercaba a su boca. La sorprendió con un beso suave y estremecedor, mientras su mano se hundía por su pelo suavemente. Hacía cuatro años que no sentía estremecerse por un simple beso, y la flojera de su cuerpo se dejó llevar por los brazos de Diego. Se sintió tan atolondrada como una quinceañera con su primer novio.

Al llegar al portal se despidieron entre besos y abrazos, ella se sintió realmente bien y le prometió verse mañana, “Porque no me habré dado cuenta antes” se preguntaba al cerrar la puerta, mientras se mordía el labio recordando el sabor de su boca, se dejó caer en la cama y se durmió abrazada a la almohada repasando la noche una y otra vez en su cabeza.

 

Riiiing…Riiiiiing…

El timbre de la puerta la sacó de la cama a rastras. Divagando por el pasillo alcanzó a abrir la puerta, mientras se preguntaba quién la molestaba un sábado a las 8 de la mañana.

—¿Qué haces tú aquí? — con la boca abierta, temblando y alucinando, vió a Víctor, el amor de su vida al otro lado de la puerta, cuatro años después.

 

Hubo un silencio tan largo, que las agujas del reloj parecieron girar a toda velocidad. A Anne le recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Víctor estaba parado frente a ella, después de que la abandonara sin motivo, necesitaba tiempo y distancia, decía. Su pasado se había puesto de nuevo frente a ella, de pronto los cuatro años parecieron tan insignificantes, que le pareció ayer cuando él se marchó. Nunca volvieron a saber el uno del otro, la tierra bajo sus pies se había tragado siete años de relación y el amor más profundo y sincero que ella había sentido nunca, y ahora un gran agujero negro le había devuelto al mismo punto retrocediendo en el tiempo.

—¿Puedo pasar? — preguntó con una pasividad que la irritó.

—¿A qué has venido? ¿qué quieres?

—Quería verte. ¡Te echaba de menos! ¡Lo siento! —La voz de Víctor sonaba arrepentido—Nunca debí marcharme.

Víctor le explicó que haberse marchado fue un error, nunca debió dejarla sola. Las cosas no marchaban bien en la relación desde hacía bastante tiempo y no tuvo fuerzas de seguir. Ella le recriminó su abandono. Nunca entendió la actitud de Víctor.

La mañana pasó entre las súplicas de Víctor y el orgullo de Anne. Al cerrar la puerta, ella se dejó desvanecer en el suelo apoyando la espalda en la pared, cerró los ojos y respiró profundamente. El aroma inconfundible de su perfume había impregnado todo el salón. Pronto se descubrió inhalándolo con ansias y suspirando.

La imagen de Diego la interrumpió, sacándola del ensimismamiento en el que se hallaba. Tras un largo suspiro se preguntó —¿Qué haré ahora? — Recordó sus cálidos brazos y se estremeció al recordar sus besos, sus labios sabían a café. Él era el sabor del café personificado, fuerte y caliente, equilibrado y aromático. El hombre perfecto que cualquier mujer querría tener.

Colgó el teléfono tras una larga charla con Helen. Encendió un cigarrillo he inhalo el humo. Lo retuvo en su boca unos largos segundos, para después soltarlo vaporosamente. Por la tarde llamo a Diego, quedaron en Fuente Alta a las ocho de la tarde.

—¿Entonces no quieres seguir viéndome? ¿Por qué, Anne?—Preguntó Diego.

—Prefiero decirte la verdad. Él ha vuelto y aún lo quiero. No puedo empezar nada contigo.

—¡Por lo que veo ya has tomado una decisión! Pero he de decirte que esto me duele— añadía Diego molesto tras escuchar el repertorio de Anne.

—De verdad que lo siento, no quiero hacerte daño. Es mejor así.

Diego se marchó de la plaza, sin voltear la mirada y con el paso acelerado. Ella se echo las manos a la cabeza, la garganta le temblaba y su cuerpo parecía no tener fuerzas ni para levantarse del banco. Permaneció allí hasta que el cielo perdió su vivaz color azulado. El frío de la tarde la estremecía, más ella no sentía ganas de volver a ningún lugar. Horas después regresó a su casa.

Anne regresó con Víctor y no volvió nunca a la cafetería, se sentía culpable. Evitaba pasar por las calles en las que era probable encontrarse a Diego. A veces se peguntaba si había hecho lo correcto. Pasaron muchos meses, mientras la vida en pareja transcurría con aparente normalidad. Iban a fiestas de amigos, reuniones, viajes… Víctor la trataba como nunca, colmándola de atenciones y siendo el hombre perfecto. Ella simplemente se dejaba llevar. Algunas noches se quedaba despierta y lo observaba en silencio. Él parecía no haberse marchado nunca, y ella sentía un vacío que no conseguía llenar ninguno de sus besos.

 

—Víctor, no puedo seguir —Dijo una tarde al volver a casa.

—¿A que te refieres cariño?

—A lo nuestro, llevo tiempo pensándolo ¿sabes?

Anne se dirigió a la cocina sacó una botella de vino, se sirvió una copa y dio un trago.

—¿Qué pasa? Estamos bien, y nos queremos…—su voz titubeaba nerviosamente.

—Lo siento. Ya no te quiero. Creía que sí —dijo mientras soltaba la copa en la mesa— Me he dado cuenta qué ya te había olvidado, solo que no lo sabía. Estaba cegada cuando te fuiste.

—Podemos arreglarlo Anne. Déjame conquistarte de nuevo.

—Lo siento. No puedo.

Aquella noche Anne dejó a Víctor. Romper la relación la hizo sentirse liberada y llena de energía. No sintió lástima por Víctor, sabía que era la mejor decisión para ambos. Dedicó su tiempo a centrarse en su carrera y terminó sus estudios de periodismo. Tiempo después, se enteró de la relación que Víctor y Helen mantenían. Es cierto que la amistad entre ambas se había enfriado últimamente. Pero nunca creyó que las escusas de Helen para estar siempre ocupada fueran por este motivo. La noticia fué como un jarro de agua fría, nunca pensó que ella la traicionaría de esta manera. Ella, su mejor amiga, su confidente.  No se lo recriminó, prefirió alejarse y olvidarse de ellos para siempre. A pesar del dolor que le había causado, se alegró de descubrir que clase de amiga era.

 

Unos años después se encontró a Diego al cruzar por la calle, él seguía tan guapo y moreno como siempre, a Anne le recorrió un frío por los brazos. Sus ojos marrones brillaban con tanta intensidad que hipnotizaban. Ambos se sorprendieron gratamente al verse, él la miró de la misma manera que la miró la noche en que se besaron y ella nerviosa y avergonzada le devolvió la mirada.

—¿Cómo has estado? — Preguntó él sin dejar de sonreír y de mirarla.

—Bien, me he mudado y estoy muy centrada en mi trabajo —Anne se encogió de hombros y Diego comprendió que estaba sola de nuevo.

—Te veo muy cambiada.

—Bueno, han cambiado muchas cosas. Tú estás tal y como te recuerdo—Se rió.

—¡Vamos! Te invito a un café, tenemos mucho que contarnos— él tendió su mano y ella la tomó, se miraron dulcemente durante unos segundos y sonrieron, se alejaron entre la multitud agarrados de la mano.

 

FIN

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