EMBRUJO AL ATARDECER

Por Mª Luisa López Amarante

Los protagonistas de esta historia proceden de una zona rural en el centro geográfico de Galicia,
entorno privilegiado por su paisaje, de los últimos lugares donde llegó la electrificación. Las vías
de comunicación eran caminos y veredas, a veces intransitables, hasta llegar a la carretera donde
había transporte público que permitía viajar a otros pueblos y ciudades de la comarca.
La población está diseminada en pequeñas aldeas que forman la parroquia, al frente de la cual
está  el  cura  párroco,  quien  tenía  como  superior  inmediato  al  abad,  figura  ya  desaparecida.  La
división  administrativa  coincide  en  parte  con  la  eclesiástica:  aldea,  parroquia,  municipio  o
ayuntamiento (Concello en gallego)
Mi  madre,  Elena,  había  nacido  en  una  familia  numerosa,  era  la  séptima  de  11  hermanos.  Los
padres, al cumplir los 14 años, le compraron una máquina de coser y la enviaron a aprender el
oficio de modista.
La  familia  tenía  una  buena  propiedad  y  se  dedicaban  a  la  agricultura  y  ganadería,  labores
realizadas por el núcleo familiar. A pesar de no ser personas con estudios y vivir con sencillez, el
ambiente familiar era muy abierto, se respiraba libertad, tolerancia y respeto, nadie que llegase
a  esa  casa  era  considerado  forastero.  Mi  abuelo  materno  murió  joven  por  lo  que  no  llegué  a
conocerle.  Todos  los  recuerdos  han  sido  ocupados  por  mi  abuela,  María,  una  gran  mujer  muy
tranquila, paciente y cariñosa, con un carácter muy similar al de mi madre”.
Yo cuando pienso en ella la imagen que tengo es la de una mujer no muy alta, morena, con ojos
claros,  siempre  vestida  de  negro  con  pañuelo  y  mandil,  que  nos  dejaba  participar  en  todas  las
labores que hacía. Era una maestra y nos contaba cuentos. Cuando nos marchábamos de su casa,
metía la mano en el bolsillo y nos daba un caramelo o una moneda con un abrazo.
Recuerdo aquella casa como un oasis de felicidad. Allí nos reuníamos los primos y nos sentíamos
queridos e importantes. Era un hogar animado, vivo, siempre lleno de gente. En ese entorno y en
esa atmósfera creció y se formó Elena, la actriz principal de esta historia, soñadora, romántica,
alegre, cantarina, que llega a vivir 93 años, enamorada hasta el final de sus días.
Mi  padre,  Gerardo,  es  el  otro  actor  de  la  historia.  Procedía  de  una  aldea  cercana  de  la  misma
parroquia. Su familia tenía un estatus social elevado, tanto a nivel sociocultural como económico.
Las tierras y animales que tenían eran cuidados por una familia a la que se le denominaba “casero”

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y  tenía  derecho  a  vivienda  y  al  cincuenta  por  ciento  de  la  cosecha  y  los  beneficios  de  toda  la
producción; el otro 50% por ciento obviamente era para el dueño de la propiedad.
La  historia  familiar  del  padre  de  Gerardo,  el  abuelo  José,  estuvo  durante  dos  siglos  ligada  a  la
iglesia  con  varios  familiares  sacerdotes,  incluso  un  abad.  La  mayoría  de  las  edificaciones  de  la
aldea  eran  de  su  propiedad.  La  casa  principal  tenía  un  gran  jardín  amurallado  por  donde  se
entraba  al  interior  de  la  residencia  familiar.  En  ésta  había  todo  tipo  de  comodidades:  agua
corriente, caliente y fría, luz eléctrica, que era producida por una dinamo instalada en el molino.
Cercana a la casa había otra edificación amurallada con varias dependencias propias de una casa
de labranza. A sesenta kilómetros de su residencia también poseía otra finca con viñedo, trabajada
por un casero donde hacían vino.
La mujer de José, mi abuela Manuela, era sobrina del cura párroco. Procedía de una buena familia
y había sido educada en un convento en Santiago. Era experta en labores de bordados y encajes,
parte de su ajuar lo conservan hoy sus nietas. Tal como era costumbre en las familias pudientes
de la época aportó una importante dote al matrimonio, que fue concertado siendo ella muy joven,
con  el  terrateniente  de  la  zona  y  propietario  de  una  de  las  haciendas  más  importantes  del
ayuntamiento.
Nada debió de ser fácil para Manuela, la joven esposa. Tuvieron tres hijos: Jesús, Gerardo y José.
Ella acabó perdiendo la razón después de su último parto. Según la historia familiar fue tratada
por eminentes médicos de Santiago de Compostela sin que se pudiese curar su sinrazón.
Yo recuerdo a la abuela con gran cariño. Siempre me he sentido en comunión con ella. Recuerdo
con nitidez mi estancia en esa casa que, aunque tenían radio y comodidades, era un lugar lúgubre.
La  abuela  estaba  siempre  en  movimiento,  diciendo  frases  incoherentes  a  modo  de  letanía.  El
abuelo a veces la reñía y la obligaba a sentarse y permanecer en silencio. Los hijos fueron criados
entre la sirvienta, a la cual adoraban, y la familia materna, que vivía fuera del entorno familiar,
con la que pasaban algunas temporadas.
El hijo mayor Jesús, estudió en el seminario, pero antes de ordenarse sacerdote se fue a la guerra
y se hizo militar. Gerardo solo hizo el bachillerato antes de ir al frente y el pequeño quedó con los
padres.
El abuelo José tenía una pequeña cojera y siempre llevaba un bastón; era muy serio y callado, un
poco huraño con la propia familia y parecía que siempre estaba enfadado. Nadie en su entorno
inmediato se atrevía a llevarle la contraria, era el amo y ejercía como tal. En cambio, con los ajenos
gozaba de buena prensa. Tenía pocos amigos, pero importantes socialmente. Sus amistades eran

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influyentes, sobre todo en el ámbito eclesiástico. En su casa solo se celebraban tres fiestas al año,
dos que coincidían con las patronales, y la más importante, sin lugar a dudas, era la de san José
día de su onomástica. A todas asistía la familia, amigos y un nutrido número de sacerdotes.
Las celebraciones, además de religiosas, iban acompañadas de un banquete en el que se servían
suculentas viandas, las típicas de las casas pudientes de la zona rural. Se empezaba la comida con
entremeses variados y un vermut. A continuación, se servía la sopa y un buen cocido, seguido de
un  asado,  rematando  con  un  pichón.  Por  último,  postres  variados  y  café.  Todo  ello  regado  con
vino propio y abundantes licores, llegando la sobremesa hasta bien entrada la tarde.
Al finalizar la Guerra Civil todos esperaban recibir a los soldados que habían estado luchando en
el frente. Algunos se licenciaron inmediatamente, pero también hubo los que no volvieron, y en
el caso de Gerardo no había noticias de su paradero. Su familia supo a través de un compañero
de guerra que Gerardo había sido herido en el puente de los franceses, poco antes de que se
declarase  el  fin  de  la  contienda,  el  28  de  marzo  de  1.939.  Desde  entonces  no  hubo  ningún
comunicado oficial, por lo que esperaban con angustia noticias sobre su paradero.
Por fin, a finales de octubre se presentó en su casa. Había estado ingresado en el Hospital de
Carabanchel,  inconsciente  y  desorientado  hasta  que  pudo  regresar  licenciado.  Su  aspecto  era
calamitoso.
Su llegada fue un acontecimiento importante y pronto pudo recuperarse para contactar con un
viejo amigo de estudios que era hermano de Elena. Fue ahí, en la casa de ella, donde una tarde,
cerca del ocaso, vio por primera vez a la muchacha de 21 años recién cumplidos, que con el paso
del tiempo se convertiría en su pareja de vida.
Ella estaba con sus hermanas en la casa familiar, esperando contemplar la puesta de sol en el
lejano horizonte. Se saludaron y él preguntó por su amigo Ramiro quien, a requerimiento de una
de ellas, acudió presto para fundirse ambos en un abrazo de reencuentro.
Al principio Gerardo y Elena no fueron conscientes de la atracción que luego sentirían, pero era
mucho el recorrido que les quedaba y muchos los momentos amargos que tendrían que pasar
antes de ver colmados sus deseos. Es posible que al verse por primera vez sintieran que eran
tan  semejantes  como  sus  propios  reflejos  en  un  espejo,  solo  que  con  la  imagen  invertida”.
Gerardo en su retina grabó a aquella guapa joven más bien bajita de piel morena con ojos verdes,
mientras Elena se quedó prendada de un hombre alto y delgado con piel blanca y ojos azules.

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A  raíz  del  primer  encuentro  se  inició  la  película  de  su  vida.  Cada  vez  que  se  encontraban,  sus
miradas coincidían, así que ella disimulaba bajando la vista y su timidez asomaba en sus mejillas,
mientras  él,  con  mayor  desparpajo,  la  seguía  mirando  y  no  perdía  la  ocasión  de  hablar  y
enamorar a esa mujer que le produjo cierto embrujo. Gerardo, gran conversador y con dotes de
convicción, tenía todo el terreno abonado para cumplir su objetivo.
Al  principio  se  veían  públicamente  en  fiestas  y  saraos  sin  ningún  problema.  Además,  era
costumbre en las aldeas reunirse con la pareja al atardecer los jueves y domingos. Fue así como
Gerardo  y  Elena  entretejieron  su  amor  hasta  que  se  rompió  la  tranquilidad  y  felicidad  de  su
enamoramiento.
Al enterarse el padre de que su hijo estaba en amoríos con Elena, le prohibió la relación porque
la elegida no era de su agrado; él quería que se casase con una heredera importante, era lo más
conveniente,  o  que  la  elegida  tuviese  posibles  para  aportar  una  buena  dote  a  la  familia.  (Sin
embargo) Todo lo prohibido ejerce una atracción especial hacia el fruto que se desea… En este
caso, cambiaron su estrategia y era raro que los vieran juntos, así evitaban que alguien pudiese
delatar el amor que había surgido entre ambos y que, día a día se acrecentaba.
Según contaba mi madre, Gerardo era un patoso, nunca le gustó el baile, le encantaba la música,
pero sólo para escucharla. En las fiestas del entorno ella bailaba con su hermano José y con algún
amigo de la zona. Estos hacían las veces de emisarios y así establecían sus encuentros secretos.
Gerardo salía a escondidas de la fiesta y la acompañaba a su casa cuando la luz crepuscular ya
empezaba a languidecer. En misa se veían y se comportaban como si fuesen dos desconocidos.
Pasado  un  tiempo  de  escarceos  furtivos  y  misa  dominical,  decidieron  que  querían  contraer
matrimonio. Gerardo no estaba dispuesto a enfrentarse con su progenitor así que buscó apoyo
en el entorno de su amada. Eligieron la fecha en que podrían hacer la celebración sin levantar
sospechas.
La boda sería a finales de agosto, coincidiendo con la fiesta patronal del pueblo del mejor amigo
de su padre, porque éste iba a dicha fiesta y se quedaba allí a dormir, lo cual permitía a Gerardo
tener vía libre para escaparse.
Arreglaron los papeles necesarios y buscaron un sacerdote a 30 kilómetros de su residencia para
evitar ser descubiertos.
Se celebró la boda el 18 de agosto de 1.940 en la iglesia parroquial de San Salvador de Asma,
único vestigio de un antiguo monasterio benedictino, que muestra el esplendor del románico en

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el municipio de Chantada, Lugo. Ofició la ceremonia el cura párroco a la una de la madrugada,
con  el  único  acompañamiento  de  los  padrinos,  los  padres  de  la  novia  y  dos  hermanos.  Es  así
como Gerardo y Elena se juraron amor y fidelidad eterna, convirtiéndose en marido y mujer.
Al finalizar el evento cada uno de los contrayentes volvió a sus respectivos hogares sin que nadie
sospechase lo sucedido. Seguían viéndose a escondidas, además mi padre aprovechaba
cualquier ocasión que se le presentaba para ir a casa de su mujer
El tiempo pasaba, hasta que Elena quedó embarazada, y al cuarto mes de embarazo tuvieron
que  comunicar  el  secreto  al  abuelo  José.  Nunca  mi  padre  quiso  comentar  la  trapatiesta  que
debió de armarse, pero es fácil de imaginar…
El secreto se llamó Rosa, mi hermana mayor, la primera de 8 hermanos, fruto de una convivencia
de pareja que duró 53 años. Yo soy la segunda, espero seguir disfrutando, a través del recuerdo
de la historia de mis padres, que, con su esfuerzo, amor, y disciplina me han enseñado que la
vida es una carrera de fondo que cada uno de nosotros tiene que realizar.

 

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  1. María José Amor Pérez

    Bonito recuerdo. Y además, y aquí interviene mi herencia, desarrollado en Galicia (soy galáico catalana) y para más inri, Chantada, donde son unos muy grandes amigos.

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