GOLPE FUGAZ

Por Maira Akbar Ali

-Vamos chicos, ¡Último round! ¡Quiero que vayáis a muerte!- gritó Juan, nuestro entrenador, mientras fijaba tres minutos en el temporizador. Hace un mes la cirujana, a quien yo llamo ciru de manera cariñosa, me informó con total seguridad de que ya podía volver a mis entrenamientos de boxeo y afirmó que mi quiste estaba totalmente sano y curado. Además, mi doctora de cabecera diagnosticó que mi constante cansancio durante todo el día era cosa mía y rápidamente me echó de la consulta. Sin embargo allí me encontraba, con las piernas temblando del dolor a causa de que mi quiste sacro no soportaba más mi continuo movimiento así como mis párpados pesaban como rocas y luchaban por replegarse. Un tenaz crochet impactó directamente en mi sien, esfumando cualquier pensamiento, así centrando todos mis esfuerzos en intentar recuperarme del golpe que me arrebató el sentido de la vista un par de segundos.
-Maira, ¿Estás bien? Lo siento, creo que me he pasado un poco- Jordi se acercó a mí preocupado, me cogió de los hombros y me ayudó a reincorporarme.
-Tranquilo Jordi, no ha sido nada- Me reí- solo estaba distraída, pero estoy bien- Dí dos golpes a mi cara para asegurarle de que estaba perfectamente y varios hilos de sangre y saliva comenzaron a rodar por mi barbilla. Los dos estallamos a reír. Era muy gracioso cuando intentábamos mantener una conversación con el bucal puesto, a duras penas se entendían nuestros balbuceos pero todos en el gimnasio nos comprendíamos perfectamente, puesto que nuestra compenetración era increíble. El pitido de la máquina indicó el final del entrenamiento, y despidiéndome de todos fui rápidamente al baño. Me enjuagué bien la boca, escupí toda la sangre, y entré en el primer cubículo para comprobar que, efectivamente, se me había vuelto a abrir el quiste. Esta vez parecía ser grave, no paraba de supurar sangre y pus, seguramente se me había infectado de nuevo. Maldije por todo lo alto y como una niña pequeña, me puse a llorar mordiendo mi camiseta para evitar hacer ruido. Las palabras de la ciru no paraban de retumbar en mi cabeza. “Si se te vuelve a abrir lo más seguro es que tengamos que volver a operar y esta vez mirarlo más de cerca” Eso significaba dejar el boxeo, abandonar mi sueño y mi pasión. Los combates de exhibición del gimnasio eran en solo un mes y medio, mi intención era presentarme para demostrar mis habilidades y, quizás, luego escalar a algo más que a una exhibición. Pero ahora mis planes se habían desmoronado por completo y no podía hacer nada para impedirlo. Cuando algo ocurría siempre pensaba en el que dirán, en como esto afectaría a los demás, “mis padres me mataran o se pondrán tristes”. Pero en ese momento no podía pensar en nada, mi mente se encontraba en blanco, y ya no se si era por el dolor o por la idea de deshacerme de lo que mas me apasionaba.

Al día siguiente mi madre me prohibió ir al entrenamiento, sin embargo, Juan mandó un mensaje por el grupo de WhatsApp, “¡¡¡HOLAA GRUPOOO!!! Mañana necesito la asistencia o-b-l-i-g-a-t-o-r-i-a de gacela, popeye, niña y asesina, ¡sin falta!” Gacela, llamado así por su grande rapidez, Popeye por su semejanza al personaje y su grande complexión y Niña por parecer de menor edad. Eran los motes que nos había puesto nuestro entrenador. El mío era asesina debido a mi enorme fuerza y mi inteligente observación durante los combates. Eramos los que siempre causábamos problemas, la dirección del gym siempre tenia el ojo puesto en nosotros. Por esa razón temía que fuese otra vez el revisor, siempre nos reñía por estar descalzos durante el entrenamiento, y quizás por las múltiples manchas de sangre repartidas por la sala. Mi madre accedió, sabía que aunque no pudiese entrenar iría igualmente, para observar y de vez en cuando ayudar a los nuevos.
Al llegar dejé la mochila en mi sitio y mientras esperaba a Juan me fijé en que ya habían colgado el cartel de la exhibición. Al leerlo mi corazón dio un vuelco.
-No acepto un no por respuesta, ¡Mañana comienza el entrenamiento de verdad!- Juan me dio dos suaves golpes en el hombre y se dirigió a hablar con los demás. A lo lejos escuché a Sara, la niña, gritar y fingir un desmayo, todos reían y bromeaban mientras yo pensaba en qué iba a hacer. El destino, una vez mas, hurgó en la herida. Pero fugazmente se me cruzó una idea por la cabeza. Así, de sopetón, ¿Era yo optimista? Una ráfaga de adrenalina golpeó mi cuerpo, como un impetuoso uppercut.

Un mes y medio después, me encontraba preparando mi mochila para el combate. Creí que de los nervios me iba a hacer mis necesidades encima, quería huir y cancelarlo con alguna excusa barata pero no pude. Todos mis esfuerzos, sangre, sudor y lágrimas, mis llantos intentando convencer a mi madre durante todo este mes, todo me vino encima y recordé que esta era mi despedida, mi última oportunidad de saborear lo que un día podría haber sido. Así que me armé de valor y maldiciendo por todos los cielos el destino que me había tocado, alcé la cabeza bien alto y me dirigí hacía mi último round.

¡Uno, dos. Uno, dos!
Ahora me encontraba haciendo manoplas con mi entrenador minutos antes del combate, intentaba ejecutar bien mis golpes, pero resultaba casi imposible debido al temblor de mis manos. ¿Cómo iba a salir viva de esta jungla?
Estaba sentada en el banco del vestuario, con la mirada perdida y al borde de las lágrimas, cuando a lo lejos escuché que llamaban mi turno. No quería ir. Ni de broma. Quiero dar media vuelta.
-¡¡¡Me cago en la madre que te parió!!! O levantas tu culo o…- La voz gritona y ronca de Juan resonó por todo el vestidor. Todos los allí presentes se quedaron estupefactos. Mis pelos se pusieron de punta y mi corazón dio mil vueltas por la madre Tierra antes de volver a mi tórax. Levanté mis cachas del banco y salí pitando hacía el ring. Nada en el mundo me daba miedo en ese instante, ni quedarme sin el boxeo de por vida, solo mi entrenador cabreado. Eso si que no.

Juan me abrió las cuerdas y me coloqué en mi esquina casi tropezando, hecho que provocó la risa de mis compañeros.
-¡Ánimo Maira!-
-¡Venga loco, tú puedes!-
-¡Ja, ja! ¡No te pongas nerviosa solo por un combate de exhibición! ¡Como si a la WBA le importara un pito! ¡Tú solo lanza puños!- Y allí estaba Jordi, dándome ánimos a su manera.
-¡¡Caallhatee pehdaso gilllipohias!!- Balbuceé de forma inteligible, con el bucal era imposible hablar de forma decente.
-¿Qué?- Jordi se hizo como el que no entiende, como si el no fuera hablante de esta lengua, la del “idioma bucal”.
-¡Que te calles pedazo gilipollas!- Al fin Juan contestó por mí.
Por un momento mis ojos amenazaron con soltar las lagrimas que llevaba reteniendo, cómo iba a echar esto de menos. Joder.

Mientras el árbitro nos recordaba las normas y nos hacía chocar los guantes, observé a mi contrincante. La reconocí como Gol·li Trujillos. La he visto pelear un par de veces en los intercambios de gimnasios, y eso era suficiente para mí. En un par de segundos ya tenía preparada mi estrategia.
¡Tintín! Y por fin la campana sonó.

Fue una tarde llena de emociones, gané el combate porque a mi contrincante le sangró la nariz y como protocolo en las exhibiciones debían parar el combate, ya que esto era solo una exhibición y no un combate de verdad, no querían que nadie saliese muy herido. No voy a engañar a nadie, fue un combate desastroso. Nada de película. Al tercer round el derechazo que incrusté en la nariz de Trujillos le provocó un sangrado terrible. Quizás una fractura también… Lo poco que duró el combate enloqueció a todos. Se escuchaban gritos, apuestas, gente ya borracha… Fue muy brutal, demasiado. No intelectual como prefería. Aunque me sentí emocionada como una niña pequeña. Me imaginaba como la protagonista de una película de boxeo que al principio se ganaba la vida en combates ilegales y luego escalaba a la cima. Pero eso nunca iba a pasar.

Al finalizar todo mis compañeros se fueron de fiesta, a celebrar. ¿Celebrar el qué? Me preguntaba. Si la mayoría ni siquiera habían peleado. Pero qué se le va a hacer a esa pandilla de borrachos, los boxeadores siempre buscando cualquier excusa para saltarse la dieta y beber. Yo me despedí y me senté en el primer banco que vi. Bebí agua bien fría. Como si mañana mi entrenador fuese a echarme la bronca si bebía algún refresco azucarado.

Al llegar a casa lloré como nunca. Dios, como lo iba a echar de menos. Al principio llegué a pensar que había desperdiciado cinco años de mi vida persiguiendo mi mayor sueño que al final quedo echo añicos, pero luego comprendí que fue totalmente al contrario. En la vida todo tiene dos lados, uno bueno y el otro malo. Supe que tenia que superar este bache y retener conmigo todos los preciosos momentos y habilidades que el boxeo me había brindado y qué, sin duda, atesoraría el resto de mi vida.
Podría decir que me falta una parte de mí, noto que lo echo demasiado en falta. Pero, aunque ya no podré dedicarme profesionalmente, después de mi recuperación, esperaré con ansias ponerme de nuevo los guantes.

-¡Juan! Baja de la mesa y quítate la peluca de Aileen-
-Pobrecito, ¡Déjalo ser! Que esta deprimido por su calva-
-Siempre supe que anhelaba tener pelo…-
De mientras tengo a estos borrachos que no dejan que tire la toalla, incluso me la quitan porque se olvidan de traer la suya.
-¡Escucha Maira!-
Oh no… Ya se viene la charla…
-Tu carrera en el boxeo no va a ser como un golpe fugaz ¿Sabes? Todo el mundo piensa que cuando pasa una estrella fugaz, desaparece. ¿Pero sabes qué? A veces queda algún trozo de meteorito que no se ha desintegrado, impacta contra la tierra y, ¡Boom! Se vuelve el mejor boxeador del mundo, una puta leyenda ¿Me escuchas? De fugaz a infinito ¡Joder!
-Que cojones… ¿Alguien le ha metido algo en la bebida?- Jordi estaba tan desconcertado como todos. Pero mi mente daba vueltas y vueltas, y otra vez ese gancho de optimismo me dio de lleno.
¿De golpe fugaz a infinito, eh?

 

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