LA ELEGIDA – Clara Margarita Pérez García

Por Clara Margarita Pérez García

Doña Elena era una mujer menuda y de poca estatura. Tendría unos setenta años, el cabello níveo, en una media melena de rizos perfectos, la piel blanca y surcada por suaves arrugas que, lejos de envejecerla, le daban un aire aún más distinguido. Los labios y las uñas, siempre de rojo. Solía vestir anchos pantalones de paño y finas camisas adornadas con fulares de seda que ocultaban una extraña cicatriz desde la base del cuello hasta el hombro izquierdo y que cada noche frotaba casi compulsivamente con aceite de rosa mosqueta.

 

No le gustaba hacer vida social desde que enviudó, las señoras del Club le parecían viejas cotillas aburridas y los hombres que se le acercaban con afán de seducirla le resultaban burdos y zafios, acostumbrada a los delicados modales de su marido, Lord Gerseban. Prefería pasar el tiempo cultivando orquídeas en la terraza de su ático. Allí, mirando al mar, en un remanso de paz, se tomaba todas las tardes un té con scones. Vivía sola y no tenía mascotas a pesar de que le encantaban los animales, pero no soportaba ver ni a un pajarillo privado de libertad. Rosita, su discreta asistenta, era su única compañía por las mañanas. De costumbres fijas, todos los sábados hacía una visita a la tumba de su marido y paseaba por las calles taconeando y dejando la estela de su exquisito perfume con un toque de camelia.

 

Era Doña Elena una de esas mujeres que causan admiración y envidia a su paso, liberada de todo convencionalismo pero que a la vez, guardaba una extraña tristeza en sus ojos grises. Tremendamente regia y organizada, sólo se permitía la licencia de levantarse tarde porque el insomnio y las pesadillas le impedían descansar desde los tiempos de su infancia en el internado inglés. Aquellos llantos desconsolados que oía en sueños la trastornaban cada vez más, haciéndola sentir que iba camino de la locura.

 

Doña Elena había heredado una gran fortuna de su marido, un Lord inglés del que se enamoró a los diecinueve años, allá por sus tiempos de estudiante en Bristol. Él, veinte años mayor, se convirtió no sólo en su marido y su confidente sino también en una figura paterna amorosa y atenta con ella, algo que nunca encontró en su propio padre. El día que se casaron en la iglesia de St. James fue uno de los únicos días de su vida que se sintió liviana y feliz, y en el que olvidó incluso aquella cicatriz que se iba retrayendo poco a poco y de la que nadie sabía darle una explicación precisa sobre su origen. Contaba también con una casa heredada de su familia paterna, a la que solía regresar apenas unos días cada verano para cobrar unas rentas. Los años, la soledad y los recuerdos hacían que aquel viejo caserón se le echase encima, pero a la vez la atraía año tras año y viajaba a Castillejo siempre en busca de respuestas. Había dejado la casona familiar a los nueve años, cuando tras el suicidio de su madre, su padre, el médico del pueblo, decidió enviarla al internado inglés con la excusa de darle una exquisita educación, aunque con la secreta intención de librarse de la única obligación familiar que le restaba tiempo para sus macabras prácticas de cirugía.

 

Su madre había sido una mujer hermosa y delicada que nunca se recuperó del parto de su hija, volviéndose débil y de frágil salud emocional, lo que la llevó a sucesivos ingresos en múltiples sanatorios mentales, hasta que huida de uno de ellos, encontró fuerzas para quitarse la vida lanzándose al mar desde un acantilado. Doña Elena la recordaba lánguida, vestida siempre con su bata de boatiné rosa, con su perfume con toques de camelia, deshojando rosas compulsivamente bajo la araucaria del

 

jardín. Siempre la acompañó la culpa de que el origen del decaer de su madre se inició aquella noche en la que la trajo al mundo, en aquel parto que no se podía ni nombrar. En sus pesadillas la veía vagar por la casa, el cabello despeinado, ojerosa, falta de vida, con el frondoso jardín como único lugar donde parecía coger aliento. Con aquel padre déspota que imponía su criterio y aquella madre ausente, el único afecto que recordaba Doña Elena era el de su niñera.

 

La casa familiar era un caserón de estilo indiano construido por su abuelo que tras hacer fortuna en Cuba dedicado al comercio del tabaco, regresó a España y se hizo construir aquella casa que resultaba pretenciosa y fuera de lugar en medio de aquel sencillo pueblo de montaña. Una especie de palacete de planta cuadrada y torre lateral, con una inmensa galería de madera a lo largo de toda la fachada principal que con la descuidada pintura marfil le hacía mantener el triste esplendor de la decadencia. Dos grandes magnolias flanqueaban la casa a la que se llegaba por un camino coronado de glicinas y rosales.

 

Doña Elena regresó aquel año a la casa un siete de julio. Los rosales de la entrada, a falta de poda, se habían asilvestrado un poco, cosa que no la molestó en absoluto porque, por alguna extraña razón, no soportaba ver las ramas mutiladas. A cambio, ofrecían una explosión de rosas como nunca había visto. Entró en la casa y la recibió la mirada de su padre desde el imponente retrato que se alzaba en la pared, con aquel gesto digno de quien está por encima del bien y del mal que ella, siendo niña, tanto detestaba y temía. La cicatriz volvió a resquemar profundamente y se le encogió un poco más.

 

—Aquí está su elegida, padre —dijo doña Elena moviendo la cabeza, con ironía y amargura a la vez, pues así solía él dirigirse a ella.

 

Sobre la mesa de mármol de Carrara del vestíbulo, descansaba un sobre: “para Elenita, de Dora”. Dora era la niñera que la cuidó amorosamente en su infancia, una mujer del pueblo que fue la única persona de la que recordaba haber recibido afecto. Dora había muerto, nonagenaria ya, hacía apenas unas semanas. Antes de leer la carta, se dio una vuelta por la casa, recordando las estancias, las conversaciones que nunca entendió, los silencios, sintiendo el eco de sus propios pasos y aquella extraña presencia que parecía acompañarla y que en la casa siempre se hacía más notoria. Iba acariciando con sus gráciles dedos cada rincón, buscando respuestas entre los hermosos retratos de su madre que iban perdiendo color con la humedad, los juguetes antiguos, la loza, mientras que aquella cicatriz se encogía cada vez más. Tan sólo pasó de largo ante la sala donde su padre ejercía la medicina y aquellas temerarias y siniestras prácticas quirúrgicas que acabaron por llevarle a prisión y a desmoronar lo poco que quedaba de la familia. Pareciera que aquel pasillo aún oliese a metal y a sangre. Aquel hombre soberbio que se creía intocable, acabo procesado y muriendo en la cárcel, pagando así sus ínfulas de falso cirujano.

 

Se tomó un té en una de las viejas tacitas Royal Kent bordeada en oro y decorada con peonías mientras abría con cuidado la carta. Dora había dictado a su nieta una especie de confesión para aclararle algunos datos de su infancia, a sabiendas de que las pesadillas, terrores y fantasmas de Elenita debían ser aclarados. Cuando la terminó de leer, el pulso le temblaba tanto que se le derramó el té y estuvo a punto de caerse la fina taza de loza de sus manos. Salió al jardín, buscó en la caseta de herramientas una

 

pequeña azada y comenzó a cavar bajo la araucaria, allí donde su madre deshojaba rosas antes de tener alguna de aquellas crisis por las que su padre decidía que debía ser internada. Cavó con ansia y sin tregua hasta fatigarse y sentir que le faltaba el aliento. Aún tuvo que pasar un buen rato hasta que notó un sonido seco. Tiró entonces la azada y comenzó a escarbar con sus manos, impaciente. Sus bellas uñas rojas se llenaron de tierra pero no le importó.

 

Apareció una caja metálica que, aunque muy oxidada por el tiempo, reconoció al instante. Era una caja de dulce de membrillo de las que su tía Carmen enviaba cada año desde Jaén. Retiró la tierra de la tapa e intentó abrirla. A pesar de que los años habían deteriorado su contenido, apartando las cenizas, encontró un rosario de plata y pudo distinguir claramente el pequeño esqueleto de un bebé. Los huesos del cráneo, las vértebras, la pelvis, los fémures y un único brazo, el que compartía con su hermana siamesa y que su soberbio padre se atrevió a intervenir, dejándole a ella el brazo, siendo la elegida por parecer más sana y más robusta.

 

Así se lo explicaba Dora en la carta. La elegida, porque su padre elegía siempre lo mejor, lo más bello, lo perfecto, y si no lo encontraba, lo creaba al precio que fuese necesario. De rodillas frente a la caja de membrillo, con las manos sucias de tierra y el cabello descolocado sobre su rostro, lloró amargamente por su madre y por la hermana muerta. Y sintió desprecio una vez más hacia aquel hombre que destruyó la felicidad queriendo alcanzar la perfección.

 

Volvió a enterrar la caja, aprisionando bien la tierra. Aquella noche durmió como nunca. Al amanecer quemó en la chimenea el retrato de su padre que, tras su monóculo de plata y su bigote atusado, había adquirido esa noche un gesto amenazante y siniestro.

 

Cerró la puerta con tres vueltas de llave y antes de partir, esparció unos pétalos de rosas bajo la araucaria donde la tierra aún estaba fresca.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Ana Margarita Pascual Barrera

    Un relato muy hermoso, compañera.

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