LA HUÍDA – Ana Belén Fernández de Ponga

Por Ana Belén Fernández de Ponga

Amanecía en el valle. La niebla era la protagonista y las casas se tornaban oscuras sobre el gris que lo cubría todo. Las altas peñas, aún escondidas, daban la impresión de haber desaparecido del paisaje. En las calles desiertas reinaba un silencio sepulcral.

Con un cuidado extremo, le tocó el hombro para despertarla.

La pequeña se frotó los ojos con la mano y se dirigió al balcón que abría su abuela. Entonces la tranquilidad se convertía en jarana. Un tumulto de chirridos con los que se avisaban unas a otras para la reunión. En los alambres no cabía ni una golondrina más, apiñadas como si con ello se resguardaran del frío amanecer.

Los hilos eléctricos eran su lugar preferido para iniciar el gran viaje. Y antes de que el sol hiciera su aparición, todas emprendieron su vuelo.

Inés cerró la puerta del balcón y animó a la pequeña a bajar a desayunar.

Inés era una mujerona, su pelo blanco sobrepasaba los hombros y todas las mañanas lo recogía en un moño, ayudada de un peine de finas cerdas que mojaba para domar las ondas de su melena. Frente al espejo lavaba su tez clara, no muy estropeada por el sol del campo. Presentaba pequeñas arrugas en sus ojos y algunas más profundas en la frente y entrecejo que llevaba a imaginar  una mujer luchadora, persistente y con duro carácter como las rocas que la vieron crecer. Sus ojos pequeños y claros  aún desprendían la luminosidad de haber sido la más guapa de la montaña.

Sus labios pálidos y delgados, característicos de personas solitarias e introvertidas, raramente sonreían y dejaban entrever sus pequeños dientes y se hundían para dar paso a una estrecha barbilla algo más prominente.

Juntaba sus manos desnudas entrelazando los dedos, sin parar de acariciar con el dedo pulgar el dorso de la mano contraria. Cosa que hacía también si cogía de la mano a cualquiera de sus seres queridos. Solamente adornaba su dedo anular la vieja y estrecha alianza que parecía haberse quedado más delgada del continuo movimiento rotatorio al que era expuesta.

Su vestido negro, abierto desde el escote hasta las rodillas, se unía con botones oscuros. En invierno de manga francesa y en verano corta. Y si caía el cierzo y se necesitaba una «rebequita» también en tono azabache, color con el que tiñó todas sus prendas cumplidos los cuarenta, dando paso a un luto que duraría eternamente. La gustaba madrugar, dejando la cazuela al fuego hasta bien entrado el mediodía para que sus platos, casi siempre de cuchara, se tornaran más sabrosos y apetecibles.

Aquella mañana el olor a roble quemado era enmascarado por el dulce aroma a rosquillas que inundaba la casa entera.

En la cocina, la pequeña subida a la trébede y con la alacena abierta buscaba su tesoro más preciado. Encontró la caja de metal, cogió una rosca con la boca, otra en la mano y cerró la tapa con la barbilla.

Cuando llegó su abuela se la encontró engullendo el postre, con sus rosadas mejillas tan llenas que no pudo articular palabra.

María era una niña morena. Su larga cabellera bailaba de continuo sobre su cara. Por eso, a menudo la llevaba recogida en una cola de caballo que nunca estaba lo suficientemente alta para ella y que columpiaba de un lado a otro cuando se paseaba por el pueblo.

Sus grandes ojos verdes caían un poco en las esquinas, igual que los de su padre, que lo miraban todo con gran interés y sus labios carnosos siempre esbozaban una sonrisa. Brazos y piernas morenas gracias al sol de Castilla. Siempre risueña y aunque su vergüenza la retraía,  saludaba a todo el que se encontraba.

Allí, a la puerta de la casa era donde pasaba la mayor parte del tiempo, con un libro en la mano, imaginando ser la protagonista de su historia.

Acompañaba a su abuela todos los veranos a la casa del pueblo y allí pasaba dos meses o dos meses y medio, fantaseando e inventando cuentos.

Inés recogió apresurada el desayuno y  la ayudó a vestirse. María no entendía muy bien qué prisa había, siempre volvía otro rato a la cama y se quedaba leyendo hasta que el sol alumbraba su almohada.

Era hora de que su abuela subiera al huerto, solía recoger una lechuga y  tomates para la ensalada, alguna fruta entre las que se encontraban manzanas, peras y alguna que otra frambuesa.  Después tocaba hacer la colada y a falta de lavadora, una goma que bajaba por la era, desembocaba en una pila de mármol que tenía una tabla de lavar y un trozo de jabón Chimbo. A María le encantaba ver como se extendía la ropa en la hierba y se regaba con la mano para que el sol quemara las pocas manchas que aún quedaban hasta lograr un blanco impoluto.

Preparar la comida era lo próximo y descansar sentadas en la puerta de casa con la labor en la mano, esperando a que algún vecino pasase y diera un poco de conversación.

Pero esa mañana no era como las demás.

Inés subió las escaleras, entró en el cuarto y cogió un par de maletas. En una había metido ropa, mantas, un par de zapatos y la otra iba llena de comida. Cerró su cuarto con llave, cosa que siempre acostumbraba hacer y  poniéndose el abrigo cogió a la niña y se dirigió al zaguán. Allí colocó una cazadora a María y agarrándola de la mano salieron de la casa, echando el cerrojo tras ellas.

La niña no se atrevía a decir nada, solo miraba a su abuela por si alguno de sus gestos pudiera darle una pista.

Bajaron por el oscuro callejón y al doblar la esquina un convoy militar les esperaba en la carretera.

María frenó en seco.

—¡Abuela! — exclamó.

Inés miró a su nieta, se llevó el dedo índice a la comisura de los labios y acto seguido colocó su mano en la espalda de la pequeña para que continuara su camino.

El pueblo parecía un hormiguero en plena ebullición, sus gentes salían de cada recoveco hacia la carretera y después de dejar sus pertenencias en uno de los camiones se metían en otro vehículo esperando al resto. Los militares no paraban de moverse de un lado a otro para intentar atenderlos a todos.

Solamente se oían los ruidos de los motores, todos callaban, no les hacía falta más que una mirada para saber qué hacer. Ese día nadie hacía bromas, ni reía, apenas elevaban la vista del suelo.

Inés dejó sus maletas donde un joven se lo indicó y asiendo a María de la cintura la montó en un coche, ella subió y se sentó a su lado. Compartían auto con diez personas más: el alcalde y su hermana Maribel; el señor cura que con la cabeza baja y las manos juntas no paraba de rezar; Erundina y Benito con sus gafas redondas y su eterno cigarro en la boca; Julita, su marido y sus tres pequeños, que peleaban, como siempre, por el sitio que iban a ocupar.

Uno de los soldados se acercó.

—No se preocupen, ya nos ponemos en camino —dijo esbozando una ligera sonrisa y despeinando con una caricia a uno de los niños —tengo que cerrar la lona.

El sitio quedó en tinieblas.

Poco a poco la caravana de vehículos avanzó hacia el final del pueblo. María quitó uno de los ganchetes y por uno de los ojetes de la lona atisbó la casa.

Allí plantada, oteando el pueblo desde la calle Alta. Fascinante su fachada, revestida de piedra y arena blanca que rodea cada canto asemejando un panel de rica miel. La abuela siempre le contaba cómo la construyó el abuelo, piedra a piedra y rematada en blanco para unir las piedras y que luciera más bonita.

Cuánto la echaría de menos. La bodega, un lugar frío y con poca luz que al recordar le hacía estremecer. ¡La de veces que estuvo allí castigada!

La cocina, con su escaño frente al fuego, era el mejor cobijo al anochecer. Y sin duda, la planta alta era lo más apasionante, te encontrabas con una gran estancia que separaba las cuatro habitaciones y a su espalda una gran puerta con otro tramo de peldaños que conducía al desván, su lugar favorito.

Cerrando los ojos ansió volver a oler su madera apolillada y oír el sonido al pisarla.

Contempló al pasar el bar, la iglesia solemne y las casas que vacías parecían quedarse sin alma. La bolera desamparada a falta de mozos jugando a los bolos y las calles desiertas sin sus gentes.

Ya se veían las montañas que rodeaban el valle, repletas de verdes robles que adornaban las peñas y al fondo se oía el río caudaloso que bajaba furioso.

Un rayo de sol la hizo apartar la vista del orificio. Empezaba a amanecer.

Se volvió hacia su abuela, la cogió de la mano y acurrucándose en su regazo la dijo:

—Abuela, ¿me cantas tu canción?

 

 

 

 

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