LA SOLEDAD COMPARTIDA – Mª Luisa de Prada Segovia

Por Mª Luisa de Prada Segovia

A lo largo de una vida existen un sinfín de momentos inesperados que van surgiendo poco a poco, nadie te prepara para ellos, nadie se imagina lo que puede ocurrir, nadie te advierte o te sugiere; el camino se ha de recorrer sola, un camino de vivencias y
experiencias en soledad.

Una situación sorprendente se puede dar en cualquier época de tu vida, no obstante, si eso sucede siendo una profesora de cuarenta años y los poemas que recibe diariamente son de un estudiante extranjero diez años menor que ella, es posible que eso te deje algo aturdida a no ser que seas una experta en temas amorosos y, ese no era mi caso.

Cuando John me dejaba cada día un poema sobre mi mesa, me sentía turbada, confusa, no sabía si debía responder con un simple «muchas gracias» o mejor ignorar cada hoja de papel escrita con letra pequeña y hacer ver que no la había leído, aunque eso podía dañar la sensibilidad del «poeta», así que opté por ir leyéndolos conforme me los iba dejando. Mis sensaciones y emociones eran cada vez más de atracción hacia esa persona y, por otra parte, el sentido de culpa, esa culpa que querría eliminar de mi vocabulario, surgía con fuerza como nunca había sucedido en mi vida. Instantes llenos de emociones enfrentadas: aceptación, vanidad, rendimiento, ignorancia, confusión, etc.
Los instantes se convirtieron en horas, las horas en semanas y meses. La amistad surgió casi al mismo tiempo que el enamoramiento.
Nos separó su trabajo en un país de Sudamérica y la distancia hizo que perdiéramos el contacto.

Pero John volvió a aparecer en mi vida treinta años después. Una lacónica noticia de su enfermedad me dejó llena de incertidumbre pues no mencionaba la gravedad de su estado. Poco a poco fui sabiendo más de todo ello; una leucemia le había invadido y la única solución era un trasplante de médula ósea. Y así fue, le intervinieron y estuvo aislado varias semanas. Me seguía escribiendo cada vez con menos fuerza y me pedía que fuera a Londres a visitarle. Volé a esa ciudad en varias ocasiones. A veces estaba mejor y podíamos salir a caminar, otras solo estábamos en la habitación del hospital intentando buscar momentos de alegría donde era difícil hallarlos.

Dos años pasaron llenos de miles de whats, miles de llamadas, siempre intentando animarle y darle ánimos. Un 14 de noviembre John se fue. Mi marido se había ido el 15 de septiembre. Me había quedado doblemente viuda. Tristeza no es la palabra, sino vacío, añoranza de tiempos hermosos, soledad. Esa soledad que había sentido de niña en casa de mis padres. Se fueron los dos.

¿Cómo se puede seguir viviendo? Me agarré con fuerza a mis clases, a mi música y poco a poco la paz va llegando a mi alma.

 

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