LA VIDA A ESTRENAR – Mª Isabel de la Vega Jiménez

Por M. Isabel de la Vega Jiménez

Mediodía de verano en un lugar del sur, en la Andalucía de pueblos blancos. El sol caía a plomo en la plaza que presidía la iglesia, sencilla, pero imponente. La espadaña con sus dos campanas, una más grande abajo y otra más pequeña arriba, coronada por la cruz de hierro, le daba un aire de grandeza. La romería iba a empezar ese mismo día, multitudinaria, con gente que llegaría de cerca y de lejos, a pie o a caballo, para refugiarse en su interior fresco y venerar la imagen de la Virgen con su niño, de tez oscura los dos, traída de tierras americanas por gente que se marchó a hacer fortuna y que regresó para disfrutar de sus raíces y de lo conseguido en una vida de sacrificios.

Ese ambiente festivo reinaba en el pueblo cuando bajaron del coche tres mujeres, con vestidos ligeros las dos mayores y con pantalón de verano y top la más joven, con esa prestancia que da a las mujeres el saberse atractivas. Se dirigieron a la iglesia y buscaron la sacristía, donde sabían que se guardaban los documentos de la casa y las tierras de las que ahora tendrían que hacerse cargo. Ya se sabe que en los pueblos a veces los trámites se resuelven en la propia iglesia, porque en su biblioteca es donde se guardan las escrituras de propiedad y los papeles que en otros tiempos las familias dejaban allí en custodia, al considerar que el poder de la iglesia prevalecería sobre los vaivenes de la política.

—A ver si terminamos pronto con esto, que estoy deseando sentarme a tomar una cerveza helada, no puedo con este calor —la que hablaba era Lucía, la hija de Soledad, joven, guapa y con la impaciencia de la gente joven que vive pendiente de los móviles y las redes sociales, donde todo debe ser inmediato y a otra cosa. Pero que demostraba tener una mente práctica y visión para los negocios.

—Pues sí, habrá que coger fuerzas, que luego nos queda lo peor, abrir la casa y ver lo que encontramos dentro, después de tanto tiempo… — Soledad (Sol, como le gustaba a ella que la llamaran), su madre, tenía el atractivo que da la madurez y el aplomo fruto de una vida llena de experiencias dulces y amargas, de viajes y amores que nunca le dieron la plenitud que ella esperaba. Había llegado a ese punto de la vida en que apetece dar un giro y emprender una aventura nueva. La idea de cogerse un año sabático “y luego ya veremos” le parecía tentadora.

María Elena —Marilena—, la cuñada de Sol y tía de Lucía, venía de Latinoamérica. Ella sabía mucho de historias de familia, de grandes haciendas y herencias que dejaban un rastro de conflictos, peleas e incluso algún ajuste de cuentas. Precisamente, ella era la heredera de la propiedad, la única hija de Juan, el viudo que encontró el amor en tierras americanas y que volvió para cerrar sus posesiones en España. Nunca pudo regresar a América, porque la enfermedad que trajo de allí le causó la muerte aquí, en su tierra natal. Cosas de la vida, que juega con nuestros destinos.

Para Marilena, una vez fallecida su madre, la de su marido era su propia familia y por eso no había dudado en pedir a su cuñada y su sobrina que la acompañaran, ahora que tenía la ocasión de poner en marcha algo que fuera verdaderamente suyo y de conocer de cerca la tierra de la que su padre tanto le hablaba. Una belleza exótica, de piel canela y ojos dorados, un ejemplo perfecto de lo que la mezcla de culturas puede crear. Era genial escuchar sus refranes y los dichos de su tierra con los que aderezaba su conversación.

Cuando las tres mujeres llegaron a la entrada de la finca, la vieja cancela de hierro flanqueada por dos enormes tinajas ya les dejó entrever el porche enorme de la casa, abierto al olivar y al huerto. Luego la casa, amplia, fresca y luminosa cuando se abrían las ventanas y entraban los olores del campo. En ella se mezclaban muebles, cuadros y recuerdos de aquí y de allí, conviviendo en esa armonía que se parece a la de los sabores y aromas de distintos lugares cuando se funden y se complementan en la buena cocina hecha con paciencia y horas.

Del campo llegó Romualdo, el viejo capataz, que llevaba toda su vida cuidando de la finca, al pie del cañón desde que su dueño le dijo un día: “Romualdo, lo dejo todo en tus manos hasta que vuelva yo un día. Cuídala como si fuera tuya”.

—¡Niña! ¡Ya tenía yo ganas de conocerte!, te pareces a tu padre, aunque tienes una mezcla rara. Qué gran persona era, tan generoso. No merecía la muerte que tuvo, con ese mal que lo fue consumiendo hasta dejarlo sentado y sin fuerzas—. Romualdo era algo cojo, tenía la cara llena de arrugas de sol y campo, y unos ojos que hablaban solos. Se veía que tenía ganas de contar historias de tiempos pasados.

Les contó que no hacía mucho unos okupas habían querido instalarse en la casa.

—Menos mal que los vi llegar, cogí la escopeta de tu padre y me lie a pegar tiros, se asustaron y no volvieron más. Hay que tener respeto por lo que no es de uno —sentenció. Al hablar, aspiraba la “g” y ceceaba. Se expresaba con claridad, hablando lo justo y lo que decía sonaba a discurso de gente sabia.

Las tres mujeres le contaron su plan: lo primero sería limpiar la casa de chismes viejos, rehabilitarla, preparar las habitaciones con la idea de que pudieran disfrutarla unas pocas personas, bien escogidas, que fueran buscando unos días de relax y descanso en el campo, degustando los mejores productos de la zona en buena compañía.

Los días fueron pasando y el verano se les hizo corto a las tres mujeres que trabajaban sin descanso, con desesperación a veces al ver todo lo que quedaba por hacer y sorteando dificultades, pero con la ilusión de quien quiere sacar adelante un proyecto contra viento y marea.

—El vago trabaja dos veces —solía decir Marilena—, no perdamos tiempo, m’hija.

También se permitían sus ratos de descanso y relax. Se refrescaban en la alberca junto a la casa, que se había vuelto a llenar y ahora era una delicia disfrutarla. Luego se sentaban bajo el emparrado para tomarse un vino y una tostada con buen aceite y jamón de la serranía.

A veces, a la caída de la tarde, después de una jornada dura de trabajo, bajaban al pueblo y se sentaban en la taberna a tomar algo y hablar con la gente. Como suele pasar, el cotilleo sobre los desconocidos es el pasatiempo favorito en los pueblos, especialmente si se trata de mujeres.

—A ver lo que aguantan las niñatas estas… verás como no pasan del verano.

—Pues yo creo que son unas mujeres de trapío, con ganas y un par bien puesto. P’a mí que aguantarán. Romualdo dice que son buena gente y que no paran de currar. No han venido de veraneo —defendía la mujer del capataz.

Hacia el final del verano, Lucía se volvió a Madrid para empezar su último año de carrera. Y se quedaron Sol y Marilena, que seguían incansables con sus tareas. Ahora habían contratado a una cuadrilla de jornaleros que Romualdo dirigía en el olivar. Pretendían sacar adelante su primera cosecha, llevarla a una almazara cercana y conseguir un aceite de calidad superior. Para ello se habían puesto en contacto con los mejores aceiteros de la zona.

Algunas noches se reunían en torno a la mesa grande del porche con amigos y conocidos de los alrededores con los que habían empezado a congeniar. En eso Sol era maestra. Tenía un don para ganarse a la gente, para establecer una corriente de empatía, quizá porque sabía escuchar. Los años le habían dado la capacidad de distinguir entre las personas que pueden aportar y aquellas de las que conviene alejarse.  Como digo, allí los reunía a todos, sin importar la edad, el oficio o la procedencia, siempre y cuando ella detectara que podían ser una buena compañía.

Juntaban los productos de la zona con las comidas que preparaba Marilena recordando los sabores de su tierra, en las que mezclaba sabiamente el chocolate y los chiles que pedía por internet con los productos del huerto, con un conocimiento que seguramente era el resultado de siglos de mezclas y mestizajes, transmitido por los genes a través de generaciones. Se encerraba horas en la cocina mientras escuchaba y cantaba sones de la costa del Pacífico. Decía que era lo que más la relajaba. Luego, en la sobremesa sonaban las guitarras y los cantes por bulerías que se prolongaban hasta la madrugada.

Así fue pasando aquel verano distinto de sensaciones, proyectos y novedades. Hasta aquel día en que, al subir al desván para guardar unas cosas, se decidieron a abrir el viejo arcón que por falta de tiempo no habían tocado. Allí estaban todos los documentos que el padre de Marilena había guardado como un tesoro. Las cartas a su madre, su historia de amor casi imposible al principio por la desconfianza y los prejuicios de su abuelo hacia el extranjero que pretendía a su hija. En ellas también se veía cómo lucharon contra las adversidades hasta conseguir vivir su historia de amor. Cómo recorrieron juntos aquellas tierras, las aventuras y las penurias que pasaron, la alegría inmensa cuando por fin llegó al mundo Marilena. Y las últimas reflexiones de Juan, su padre, cuando ya supo que la enfermedad no le iba a permitir volver a cruzar el mar para regresar al país que tanta felicidad le había dado.

Entre tantos recuerdos, encontraron el secreto mejor guardado: la historia verdadera de lo que construyeron allí en América, lo que constituía el fundamento y la raíz de todo. Y al fondo del arcón, cuando parecía que ya no había nada más, en una pequeña caja de madera aromática, envuelta en una tela de encaje, apareció la gran piedra verde, la esmeralda de un tamaño como solo habían visto en las películas o en los documentales sobre el tesoro de la Corona. Y debajo de ella, una nota en papel ya amarillento donde a duras penas se leía: “La amistad fue un tesoro mucho mayor”.

Y Sol y Marilena se quedaron fascinadas con su descubrimiento, haciéndose preguntas cuya respuesta daría para otro relato mucho más largo que este…

 

RELATO DEL TALLER DE:
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