LO IMPORTANTE NO ES ÍTACA

Por Olga Villar Bañuelos

Otra mudanza. Nunca le gustaron. Se arraiga a sus recuerdos. Toda una vida. Revuelve las fotos.
Las mira una y otra vez. Entradas de cine, posavasos de cartón de distintas ciudades, más fotos,
una esquela que aparta y pasa de largo. Se dirige a la ventana y recuerda la primera vez que
subió a la buhardilla de esa casa, de su casa.
-¡Mirad qué bien! Una residencia para cuando seáis mayores. Sólo tenéis que cruzar- dijo su
hijo en tono jocoso.
Recuerda cómo miró a Juan y cómo ambos arquearon las cejas y suspiraron. Pero entonces
tenía cuarenta años y ahora no volverá a cumplir los noventa.
Desde hace unos meses le golpean imágenes y situaciones en su cabeza. Las creía olvidadas,
pero no tarda en reconocerlas. Vuelven de repente sin un olor, un sabor ni una caricia que las
recupere. Pareciera que alguien dentro de ella quiere rebobinar la vida, pausarla, y jugar con
ella a su antojo. Quizá la memoria la avisa de algo o quizá algún conflicto quedó abierto en el
pasado y como una puerta entreabierta deja pasar el frío, sus recuerdos también la dejan
helada, le erizan la piel.
El tiempo siempre fue su tema preferido. Somos tiempo- decía siempre que salía la
conversación. Conocemos a los demás en un tiempo determinado y compartimos épocas. Sólo
una parte de ellos, sólo un tiempo. Fragmentos de otros que llenan nuestras vidas. ¡Cómo
pasamos! -añadía. El tiempo no pasa, somos nosotros.
Mira por la ventana y recuerda. Todavía tiene cosas que recoger. El café de la mañana le ha
puesto nerviosa. Las manos tiemblan cada día más. Tendré que dejar de tomar café- se dice a sí
misma. No tiene claro qué se va a llevar. Las fotos, por supuesto, me ayudarán a no olvidar, me
agarrarán de la mano- piensa. De la mano. Siempre quiso ir de la mano, no en el sentido literal,
pero siempre le gustó sentirse protegida.
Tiene facilidad para enredarse en distintos quehaceres y pensamientos. A veces se pierde. Se
pierde en el tiempo y en el espacio. Su hijo se empeña en decirle que tiene noventa años, pero
ella no recuerda haber cumplido tantos. Gracias a Dios vive rodeada de buena gente, o eso es
al menos lo que ella cree. La última vez que salió a buscar a su perro, no lo encontró. Le han
intentado explicar que su perro ya no está aquí, murió de viejo; pero no lo entiende. ¿Y Juan?
Juan me lo explicará cuando vuelva.
Se mueve despacio por la buhardilla, arrastra los pies suavemente como si se deslizara. Tendrá
que decirle a su hijo que no puede llevarse todo. Se para a peinarse un mechón blanco que le
cae del recogido. ¿Dónde he dejado la caja de las fotos?- se pregunta en alto. ¿Dónde habrá ido
Juan? Él seguro que la encuentra. Se sienta para esperar no sabe muy bien qué. Y se queda
dormida. Entonces la voz de Juan la llama. Van a pasar unos días fuera. Te espero en el coche,
no tardes- le dice y ella corretea de un lado a otro recogiendo sus últimas cosas el perro la
sigue. Cuando baja al garaje, encuentra una playa grande mientras el perro corre de un lado a
otro. En la orilla hay un camión grande de mudanzas. Juan está al volante. ¿Ya venís? Va a salir
todo el mundo a la vez. Necesitamos ir haciendo la mudanza. Y el camión se pone en marcha y
conduce sin parar. ¿Baja el niño o no? Y por las escaleras a toda velocidad llega saltando con su
mochila.
Una alarma la saca del sueño. ¡Maldita mudanza! Nunca le gustaron. Está desorientada. Suena
fuera en la calle. ¿Juan, eres tú? Y baja las escaleras despacito. Se pregunta de dónde viene el
sonido. Abre la puerta de la calle y la alarma deja de sonar. El coche amarillo y rojo de la
esquina tiene una luz que parpadea sin parar, pero el sonido ya no se oye. No es su coche. Hace
años que no conduce. Entonces aparecen esos dos señores vestidos de blanco. Son amigos de
mi hijo—piensa al verlo abrir la puerta del jardín. La abraza y entra en la casa. Los señores de
blanco le hablan, deben de ser los de la mudanza porque le preguntan si tiene todo
listo-imagina.
Tus amigos son muy simpáticos- le dice a su hijo que acaba de salir con la maleta de su madre
en la mano.
-Mamá, ya estamos. Por ahora no necesitas más. Volveremos a por más cosas si lo necesitas- le
dice nervioso a su madre. La coge del brazo y la ayuda a salir. No quiero molestarte. Papá
vendrá si lo necesito- advierte ella. Entran en el coche amarillo.
¡Qué amplio!- añade Soledad, mientras se sube en la ambulancia. Juan tiene también un coche
amplio. Un camión, creo. Acabo de verlo hace un instante. Debe de ser nuevo- añade confusa.
Apenas unos minutos después, entran en la nueva casa.
-Te hemos reservado para ti la habitación de la buhardilla. Seguramente te resultará familiar.
Pasaremos aquí un tiempo. Yo me tendré que ausentar unos días, pero pronto volveré.
Enseguida volveremos a por ti, ¿de acuerdo?- le pregunta sin esperar una respuesta.
Pasan los días. Soledad calla. Está sentada en un salón. No está sola. Enseguida irán a por ella,
le han dicho. Y entonces se levanta y mira por la ventana. Enfrente ve una casa que le resulta
conocida y piensa en Juan. Debe de estar esperándola, o quizá es ella quien lo espera a él. Se
ha desorientado. Teje sus recuerdos de atrás adelante y de delante atrás, pero cuando llega ese
día, se le sueltan los recuerdos y se escapan. Hace y deshace en su cabeza su vida,mientras lo
espera a él. Penélope nunca se cansó de esperar. Soledad no recuerda nunca el día que Juan se
marchó.
Pasan los días y ella sigue asomándose a la ventana. Mientras viene Juan, me sentaré en el
salón- se dice a sí misma. Y coge su cajita de fotos. En el camino se encuentra a la enfermera
que le pregunta cómo está y ella dice que va al salón a esperar a Juan, como cada día.
-Muy bien, Soledad. Luego te veo- le contesta. Y la mira marcharse con un sentimiento de
ternura y melancolía. J
Y un día tras otro, los recuerdos le siguen golpeando en su cabeza, cada vez más lejanos.
Parece mentira que haya vivido tanto. Tengo la sensación de haber perdido más de una baza,
pero no siempre se gana. Recuerda cómo le gustaba cocinar en los días de lluvia, leer mientras
la lluvia se escurría por los cristales, caminar con Juan mientras compartían sus pensamientos,
a veces en silencio. Le gustaba pasear a Kazán, charlar con sus amigas, viajar, comer bizcochos;
pero hace tiempo que no ve a Juan. Este hombre tiene una gran facilidad para
entretenerse-piensa. ¡Claro! Lo importante no es Ítaca sino el camino, ya lo decía siempre él
mientras recitaba el poema:Pide que el camino sea largo.
Pierde sus recuerdos y se desdibujan sus imágenes. Cada vez le cuesta más reconocerlos, cada
vez le cuesta más volver. Ya no mira las fotos. No reconoce a nadie. Juan me explicará- piensa.
Siempre Juan. Solo Juan.
Una tarde, de tanto esperar, se lo encuentra. Está allí sentado, al final del salón. Él mira por la
ventana y ella se sienta a su lado.
-Soy Juan- dice el hombre amablemente.
Ella sonríe, se recoge el mechón blanco que le cae por la frente y, simplemente, le contesta: lo
sé. Te estaba esperando. Y le coge la mano. Soledad sonríe. Lo ha perdido todo pero lo ha
encontrado a él, o al menos eso es lo que ella cree.

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