MOMENTOS

Por Irene María Tarrago Pascau

 

Momento feliz:

 

Fue como un soplo de aire fresco. Tras el confinamiento por el COVID y con tantas personas que habían sufrido de una u otra manera la enfermedad, aquella tarde nos reuníamos, por primera vez, en persona y no a través de la pantalla de un ordenador.

 

El nacimiento de la Junta Directiva ya se fraguó por Telegram, llamadas telefónicas, correos electrónicos y zoom. Esa era la primera vez que nos íbamos a ver físicamente y yo tenía hasta nervios. No es que no nos conociéramos. Éramos todos integrantes de la Agrupación de Ciudadanos de Hortaleza y, ahora, miembros de su Junta Directiva.

 

Quedamos en el bar de Félix, uno de nosotros, y, aunque continuábamos con mascarillas y con mucho cuidado, las sensaciones que sentí al ver a cada uno de los que nos reuníamos fueron inesperadas y emocionantes porque nunca pensé que me fuera a alegrar tanto al ver a unas personas. Me reí muchísimo, me encontré a gusto, libre y con las sensaciones a flor de piel. Hice bromas (a veces, me vence la timidez) y era tal el estado de bienestar y de cariño que flotaba en el ambiente que, cuando me fui, les dije: «Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien. Gracias por quererme y por dejarme ser tal como soy».

 

 

Momento infeliz:

 

Entonces yo debía de tener unos 12 o 13 años. No recuerdo exactamente qué curso estaba haciendo, pero sería 3º o 4º de bachiller. Iba a un colegio de monjas. Por lo general, no tuve ningún problema con ellas, excepto con una. Algo pasaba con la madre Mª Luisa, que nos daba Historia, con la que no acababa de entenderme.

 

Aquel día, me llamó para salir a dar la lección. Siempre me ponía muy nerviosa cuando me preguntaba cualquier profesora delante de toda la clase, pero con ella, más. Cuando llevaba unos minutos delante de la pizarra y sin decir nada ella comenzó a increparme con estas palabras: «Eres una vergüenza para tu familia. Estás robando a tus padres. Con lo que les cuesta a ellos traerte a este colegio y tu no te esfuerzas ni estudias…». Aquello ya me dejó hundida del todo. Quería que me tragase la tierra. La vergüenza que sentí, la injusticia, las miradas de mis compañeras (algunas deleitándose con el espectáculo, otras sufriendo conmigo)… Mil lágrimas caían por mis mejillas, mientras mi boca era incapaz no ya de decir la lección, sino de pronunciar ni una sola palabra en mi defensa.

 

 

 

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