OTOÑADA

Por Mar Algarra Godoy

OTOÑADA.  CERCA DE YUSTE.

 

Ha refrescado bastante. Al fin, he tenido una excusa para encender la chimenea.

Es cierto que necesito silencio y orden. Pero…tanto silencio llega a intimidar y no puedo escribir. Aquí, ahora, hasta la calma asusta.

El pasado invierno, descubrí que unos troncos ardiendo chisporrotean, se mueven, hacen algo de ruido, acompañan, consiguen llenar un poquito este espacio. Estando ya en noviembre, incomprensiblemente las temperaturas eran tan elevadas estos días, que pensar en encender la chimenea, no era aún una buena opción para sentirme acompañada.

Necesitar algo así, parece enfermizo; querer romper este silencio casi sepulcral con el “ruido” de unos leños crepitar… me asusta.

 

Debo aprender a vivir de otra manera.

 

Mis días parecían tener 48 horas. No me costaba nada tener que levantarme antes de las 6 y conducir casi 100 km diarios para ir mi Hospital. Era un trabajo fantástico, de lunes a viernes, de 8 a 3. Mi trabajo me proporcionaba muchas satisfacciones, pero también me dejaba agotada. Soñaba e imploraba tener algo de monotonía. Cada jornada, raro era el día en que, en el trabajo, todo era un tsunami de emociones. No tenía un minuto de descanso. Pero, era feliz al llegar a casa; al anochecer, él, me abrazaba, estaba a mi lado. Todo tenía sentido. Éramos pura energía y desprendíamos amor por todos los poros de nuestra piel. Era fantástico poder vivir aún enamorados después de tantos años de vida en pareja y de matrimonio. Solo necesitaba que ese milagro llegase. Ansiaba algo de calma.

 

Y, la vida, nos detuvo a los dos, de repente, a la fuerza y sin esperarlo. La enfermedad  llegó a casa.

 

Ahora, recuerdo que solo pedía a Dios algo de monotonía, algo de descanso; después, le suplicaba que al menos, me dejase poder dormir unas pocas horas seguidas sin sobresaltos. Lo necesitaba para poder sobrellevar con entereza y fuerza, lo que Él tendría ya dispuesto para el siguiente día.

 

Dios me oyó, me envió al por mayor la calma que hoy me persigue.

Ha transcurrido ya un año y ocho meses. Seguramente, esta celda era necesaria. Mi pequeño monasterio es el lugar soñado para cualquier eremita. Los días, todos, transcurren casi iguales, y no es porque haya dejado de apreciar las cosas bonitas que aparecen en ellos.

Ya, poco me atemoriza… aunque, de repente, cosas insignificantes consiguen volver a hacerme llorar sin consuelo, rompiendo en un instante la quietud, la armonía y la paz que me arropaban.

 

Ayer, me sobresalté de nuevo. Vivir completamente aislada, no me asusta; ni le temo al viento huracanado, ni a las crecidas de la garganta, ni a los lobos que desde mi cama oigo aullar más de una noche.

Me dicen que soy valiente y fuerte.  Pero, hoy…hoy no he conseguido aún calmarme. Ayer, vi una gotita de sangre en el suelo del dormitorio. Evidentemente, era mía; vivo sola y había podado unos cuantos rosales. Estaba muy magullada. Y, una pequeña gota de sangre, me hizo revivir en un momento aquellas noches y noches en las que mis sueños se interrumpían. Mil noches en las que creí seguir soñando, y, que aquellas palmaditas en mi espalda no eran reales. Juraría que, acabada de quedarme dormida en ese mismo instante, pero, el reloj me mostraba que habían pasado casi tres horas. Esas suaves y tímidas palmaditas, no estaban sucediendo en ninguno de mis sueños; él, volvía a despertarme con mucha ternura:

 

– Chata, lo siento cariño, despierta, otra vez… otra hemorragia, debes llevarme de nuevo al hospital.

 

Salíamos entonces precipitadamente de casa. Ya siempre conducía yo.

Las noches por esta comarca, son espectacularmente estrelladas; aunque en esa ocasión, aquella noche era bastante oscura, húmeda y llena de niebla. Aún la tengo muy grabada. El recorrido, lo hicimos sin apenas hablar y sin cruzarnos con un solo coche en todo el trayecto. Intentaba disimular todas las emociones que se estaban apoderando de nosotros, y, no era capaz de encontrar palabras para romper ese silencio. Éramos conscientes  que al entrar a Urgencias, íbamos a ignorar cuando volveríamos a casa y si lo haríamos juntos. Exactamente, esos eran nuestros pensamientos. Deseaba romperlos y que desaparecieran de nuestras mentes. Teníamos ambos, la capacidad de saber de antemano y sin necesidad de hablar, lo que se hilaba en nuestras cabecitas. Entre nosotros cualquier palabra sobraba.

Entonces, soltaba mi derecha del volante y le cogía su mano izquierda. Se la sujetaba durante los tramos en que había unos metros de vía sin curvas. Él, con el dedo índice de su derecha, muy lentamente me acariciaba dibujando círculos sobre mi mano. Su izquierda seguía retenida bajo mi presión. En ese instante, se unía el amor a la pasión, y el miedo, a la esperanza.

Él, solía cerrar los ojos siempre que me acariciaba. Me emociono al recordar ahora otros momentos parecidos; me subía la faldita vaquera tocándome las piernas con mucha ternura y delicadeza, apenas rozándome. Le preguntaba el por qué cerraba siempre los ojos, y me decía, que así sentía mucho más. Volvía a repetirme:

 

– Jamás he tocado una piel más fina que la tuya -.

 

Pero, aquella noche, en ese trayecto al Hospital, algo muy diferente se apoderaba de nosotros. Las plaquetas se habían hecho dueñas de nuestros pensamientos. Sus plaquetas, eran pesadillas que daban terror. No podías dejar de temblar hasta que la analítica decía lo contrario a lo que tu mente intentaba ir asimilando. Sólo entonces respirábamos. No era necesario transfundir. No ingresaba.

 

Volvíamos a cogernos de la mano. Subíamos al coche en plena noche, débiles para enfrentarnos de nuevo a la misma carretera. Nuestras miradas volvían a decirlo todo.

La ternura y el amor, llenaban ese espacio. Era una alegría a pedacitos: ver que podíamos estar de nuevo recorriendo esos interminables 35 kilómetros, ya de vuelta, nos daba algo de ilusión.

Y curva tras curva, la carretera parecía llorar con nosotros; arropada por robles y castaños centenarios, esa carretera nos acercaba a casa. Ya casi amanecía cuando volvíamos a acostarnos.

 

Daría un mundo por volver a sentirle un ratito, aunque fuesen apenas unos instantes… poder decirle una vez más lo feliz que me hizo.

 

Ahora, el crepitar de unos leños, rompe el silencio.

Me persiguen mil pensamientos que me gustaría borrar por ser demasiado dolorosos:

 

– Cariño, esto es solo para nosotros – me decía.

 

A pesar de que tenemos cuatro hijos, inteligentes, sanos e independientes, estuvimos muy solos ante el cáncer. Aceptar que los tratamientos no daban resultado, no era nada fácil y ellos, se desentendían de todo. Debería olvidar eso, y crecerme al recordar una linda frase que me dedicaba casi en todos nuestros despertares:

 

-Cariño, ¿qué puedo hoy hacer por ti  para que seas más feliz? –  A lo que yo siempre le respondía lo mismo:

 

– ¡Con que no te vayas con otra, me basta! –  le decía a carcajadas.  He vuelto a sonreír al recordarlo.

 

-Que brutísima eres- me decía- ¿Qué vería un hombre tan ilustrado como yo en semejante mujer? – Jajajaja, y nos reíamos juntos cada mañana por unas frases casi idénticas.

 

Él, era mi diazepam, mi bálsamo, mi prozac, mi valium, mi asesor, mi abogado, Él, era todo lo que yo podía desear como amigo, como amante; mi diccionario ante cualquier duda mientras escribía. Era mi Google a velocidad del sonido. Le echo tanto de menos….

 

Intento olvidar, soltar, dejar, echar todo lo que hace daño; intento no alarmarme tan sólo por ver una pequeña gota de sangre en el suelo. Me reconforta el pensar que le hice feliz; que supe quererle sin límites. Nunca tuvo que ser testigo de un mal gesto mío; sé que siempre sintió el cariño inmenso que le tenía. Eso debería bastar para consolarme, pero no es así. A pesar de poner todo de mi parte, su ausencia, no la soporto.

No decido si atormentarme porque le añoro, o dar gracias por todo lo bueno que guardo de él en mi corazón.

 

Debo hacer algo con estas 24 horas que Dios me regala cada día, valorar el simple hecho de que ahora puedo decidir cuándo despertar o dormir; debería darme cuenta que eso es un lujo.

 

Y… ¿necesito el crepitar de unos leños? No tengo derecho a lamentarme.

 

Hoy, Dios ha querido regalarme otra vida en la que tengo lo único que antes no tenía: tiempo. Demasiado tiempo. Tiempo para rezar, para leer, para meditar, para poder tener estos momentos de paz delante de un teclado y poder escribir disfrutando a la vez con una fantástica música que me calma. Tiempo para conocer a tantos sabios ancianos del lugar, es un regalo… tiempo para cuidar de mis flores y de mi huerto…. Tengo tanto, que a veces pienso que no lo merecería si no soy capaz de disfrutarlo.

 

Dios, me dejó vivir en este pedacito de La Vera. Este paraje idílico, es motivo suficiente para estar agradecida.

Sería un lugar de ensueño para cualquier pintor, músico, poeta, ermitaño…lugar para llegar a la santidad.

Desde mi “monasterio”, las preciosas vistas te dejan paralizada. Centenares de cerezos tapizan estas montañas; por sus cumbres, soy testigo de que cada amanecer es diferente; el Cerro de San Salvador se ilumina poco a poco, el sol en la otoñada, emerge más tímido. Es un presente poder contemplarlo. A través de otra ventana, aparece la elevada Sierra de Tormantos, repleta de inmensos robles y viejos castaños que esconden el pequeñito pueblo de Piornal; por sus cumbres, también seré testigo del ocaso, otro regalo para dar gracias.

 

Si, Dios es quien me dirige. Debo aceptar su voluntad para que la soledad no haga daño.

El duelo por la muerte de mi marido y la aparición de mi enfermedad neuromuscular, alejaron trabajo, reuniones, bullicio, ciudad, viajes, deporte, familia, amigos…y me descubrió estos parajes, elegidos en su día por el emperador Carlos V. Espero no imitarle, aunque  tal vez, mi destino también sea morir cerca de Yuste.

 

He tenido un año de ventaja para prepararme a lo que estaba por llegar. El aislamiento que sufre hoy el mundo, a mí, me ha pillado entrenada; no está siendo complicado adaptarme a lo que es tan difícil para muchos. Mi confinamiento, llegó un año antes de que el covid19 apareciese para hacer tanto daño.

 

Preguntarse hoy el por qué, es un error. Sería mejor plantearse, para qué servirá este virus.

 

Es una gran suerte ser creyente. Hasta lo más oscuro, puede reflejar luz.

Intuyo el pensar, que Dios ha querido que el mundo entero pueda ser también testigo de que el silencio existe y, que, a través del silencio, es más fácil llegar a la oración. Nos quiere ahora buscando el crepitar de unos leños, oyéndolos, será posible encontrar el verdadero sentido de todo.

Me llegó este crepitar, para aprender entre otras cosas, que no es malo necesitar éste “ruido” para ocultar mi soledad; en un instante, quizás no le necesite.

 

Y mi intuición vuelve a asustarme.

Mi pequeño monasterio pronto se va a llenar de ternura; dejaré el teclado para cuidarles mientras su madre trabaja desde la habitación de al lado. Las risas de mis primeros nietos Pablo y Clara, unos mellizos regalo del cielo, no tardarán en llenar este inmenso vacío.

Mi hija Carmen, ha telefoneado, llega para quedarse y para que le ayude con los pequeños; su marido casi interno ahora en la farmacéutica…los peques sin guardería, cierran Madrid. Voy a preparar sus comiditas, y su habitación. Tendré que proteger mis lágrimas y también esta chimenea; mientras los veo crecer, será más sencillo olvidar los difíciles días de este “maldito y ya, esperanzado otoño”.

 

 

Mar. Otoñada 2020

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