RAZONES PARA LA ESPERANZA

Por Chesca Palacios

“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles,
nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Es tan corto el amor y tan largo el olvido” … Pablo Neruda.

A Blas, a nuestros amigos, a los jóvenes
y a la memoria de José Luis Martín Descalzo.

Era un frío día del mes de enero. El tiempo transcurría despacio entre las penumbras de mis pensamientos, hoy lejanos y un tanto dispersos. Una densa niebla llenaba en aquellos días Madrid, que al igual que mi alma, permanecía en una bruma espesa que apenaba mis recientes recuerdos de aquel amor que se disipaba sin apenas haberlo podido comprender.

Yo tenía 20 años y él 23. Éramos como dos intensos astros que se estrellan el uno contra el otro. Nuestro reciente amor, las ganas de vivirlo, la locura de devorar cualquier instinto, mis primeras dudas confusas, las palabras pronunciadas sin apenas hablar, la dulce voz que se escucha en el interior del otro… Éramos dos velas encendidas en mitad de la noche y dos proyectos unidos en un precioso y lejano horizonte.

Nos conocimos una tarde de otoño. Hace ya tanto tiempo que mi memoria se confunde. Alguien muy cercano nos presentó aquel día en un bar del centro madrileño, donde tocaban música de los 80 y bebíamos tímidamente una copa para mostrarnos un poco más desinhibidos. Él era alto y de ojos profundamente intensos, muy guapo, inmensamente atractivo. Yo era una niña rubia de mirada cándida y bastante tímida.

Nos miramos y enseguida conectamos.

¿De dónde eres? – ¿Cómo es tu nombre? – ¿A qué te dedicas?. Así comenzamos una conversación prolongada que se convirtió en horas, días… Atravesando un tiempo infinito.

Blas me hablaba de literatura y poesía. Yo por aquel entonces escribía en libretas mis emociones contenidas. Quería salir de casa y ser independiente, recién comenzaba a trabajar en una empresa de venta de centralitas de telefonía que me permitía tener un dinero para mis gastos de bolsillo y un futuro a medio plazo. Blas estudiaba la carrera de Derecho. Yo quería ser periodista.

Fumábamos, recuerdo, dentro de los pubs, de los bares, de las discotecas, en las aceras, compartiendo tapas y alguna cerveza. Eran tiempos de vivir a tope aquella movida madrileña en la que se tocaba en los pequeños espacios de algún café teatro. De manera espontánea improvisábamos nuestras salidas sin saber dónde y cómo acabaríamos por las calles de ese Madrid que llegaba al cielo y atravesaba fronteras.

De vez en cuando íbamos a El Escorial y visitábamos el cementerio para llevarle flores a mi abuelo.

Yo me mostraba tímida e inexperta en un mundo de jóvenes inquietos de aquel país de la Unión Europea algo más moderno que empezaba a ser España presumiendo de una libertad recién estrenada. Parecíamos sonámbulos cuando vagábamos en las noches de aquella loca ciudad que no dormía. Teníamos un alcalde moderno, D. Enrique Tierno Galván que organizaba conciertos y convertía Madrid en una fiesta. Salíamos de madrugada de algún local para terminar tomando una sopa o un chocolate caliente en ese instante en que nos vencía el cansancio y nuestros estómagos rugían. Debíamos llegar a casa en sigiloso silencio, sin despertar a los padres que dormitaban inquietos.

En aquellos días de noches eternas y mañanas tardías, yo experimentaba mi recién estrenada juventud junto a los primeros besos y enamoramientos.

Blas era un joven apasionado y sensible, bebía whisky, fumaba en pipa y escuchaba la música de aquel pianista que tocaba siempre la misma canción de la película “Casablanca” en un piano bar de la calle Barquillo. Así empezó nuestro amor, planeando lugares donde dormir juntos en una prohibida época de transición explosiva, para disfrutar de ese momento mágico y breve. La libertad sexual comenzaba a asomar con cierto miedo y pudor.

Recuerdo nuestros encuentros cuando venía a buscarme a mi trabajo para pasear por algún rincón de Madrid. Éramos simplemente felices en un trance pasajero, tan sólo dos jóvenes enamorados que hablábamos de abrirnos al mundo, de poesía, de la generación del 27, de películas, de la guerra que hicieron nuestros abuelos, de nuestra democracia y sobre todo de lugares para visitar y descubrir juntos…

Empezamos a escapar los fines de semana. En una ocasión organizamos un viaje a Granada llevando a un grupo de amigas. El plan era quedarnos todos en la casa de una de ellas. Era el sitio perfecto para estar juntos sin que nuestros padres se molestaran. Pero no hubo peor decisión. Blas nos llevó en su coche y al llegar no le permitieron quedarse en esa casa plagada de jovencísimas mujeres. En las provincias todavía había porteros y vecinos que podían hablar y percibir esas compañías con malos ojos sin estar los padres en casa.

Tremendamente frustrado, Blas pasó del encantamiento a sentirse humillado y él y yo terminamos pernoctando esa noche en un hostal.

Aquella inesperada situación nos devolvió a otra realidad. España era más libre pero las apariencias todavía había que guardarlas.

Nunca supe por qué el amor se partió en pedazos diseminados aquel invierno de 1985, después de haber contemplado las mejores estrellas de Granada bajo el cielo helado de enero.

Sólo puedo decir que, en aquel tiempo, él y yo éramos inmensamente felices mientras viajábamos furtivamente y nada ni nadie nos detenía en ese prohibido e idílico instante.

Blas era un tipo que vivía el momento como si fuera el último de nuestras vidas y me hacía sentir la eternidad de un soplo de amor sincero y enigmático que nos conducía a otro mundo.

El tiempo es solo un intervalo en el que en un minúsculo instante condensamos todos nuestros mejores recuerdos vividos. Antes de morir debe de ocurrir algo semejante.

Al llegar a Madrid estuvimos un tiempo sin hablar. Fueron días de extraño silencio y sin mediar palabras, tras un pequeño enfado dejamos de llamarnos. Yo empecé a esperar a que sonara el teléfono de casa. No había otra forma de mandarnos mensajes como ahora. La comunicación se trasmitía a través de un cable enganchado a un auricular en un pasillo donde otros testigos indiscretos, mis hermanos y padres, esperaban inquietos a que alguien colgara para poder llamar. Y así nos hablábamos un día y otro hasta que decidíamos vernos al anochecer.

Pero repentinamente aquellas conversaciones telefónicas dejaron de producirse y mi teléfono no volvió a sonar.

Tampoco supe por qué nos distanciamos un día de inesperado mal presagio. Vivíamos tan deprisa nuestros encuentros que como en un cuento de hadas se nos deshizo el hechizo en miles de pedazos.

Se acercaba la fecha de Nochevieja. Yo quedé con Julieta para acudir a una fiesta aquella noche de fin de año en que todos nos despedimos con muchas ganas de emprender una nueva etapa por delante. Era un día especial y el último contacto entre Blas y yo. Nunca más volveríamos a vernos.

Aquel último día del año 1984, de festejos de casa en casa, mi único propósito era llegar rápido donde sabía que él se encontraba. Muy tarde alcanzamos el domicilio del Paseo de la Castellana. El evento se celebraba en un fantástico ático repleto de gente desperdigada por todos los rincones. Entonces nos vimos, de lado y con disimulo nos miramos y al rato con una copa en la mano se acercó y quiso decirme algo. Yo solo deseaba que me besara. Pero no fue así. Yo desvié la mirada y él se marchó.

Cambió el año y cambió el destino.

Un 22 de enero de 1985, Blas cumpliría 24 años. Dicen que se despidió de sus amigos para irse a estudiar, pero aquella noche, condujo su coche a una gasolinera en busca de tabaco bajo una densa niebla. Instantes después chocó contra un camión y él y su acompañante, cuyo nombre no recuerdo, esperaron a que llegara una ambulancia. Su compañero de viaje fue trasladado al hospital, pero Blas decidió quedarse a esperar a la grúa en un costado de la vía en la espesura de esa niebla que atravesaba la carretera de Andalucía en el km 13. Se bajó del coche y encendió su último cigarro. En aquel instante, un auto apresurado se lo llevó por delante, estrellando su cuerpo al otro lado de la mediana y saltando por los aires, otro vehículo invisible acabó con su vida de 24 años recién estrenados.

El teléfono de casa dejó de permanecer en silencio. Tan solo recuerdo ese gran dolor desgarrado que me rompió el alma en el momento que lo descolgué y que duró para siempre. Al otro lado del auricular Julieta se encargó de darme la noticia.

Llevaron su cuerpo al tanatorio de Moncloa. Allí se celebró una misa improvisada con su cuerpo presente.

Lo enterraron en el cementerio de El Pardo donde yacía su abuelo, Don Blas Pérez González, antiguo ministro de la Gobernación en tiempos de Franco y gran amigo de mi abuelo. Arrojé con furia un puñado de tierra sobre el cajón aun sin nombre y deposité una rosa blanca.

Blas creía poco en la Iglesia, pero leía Razones para la esperanza del Padre Martín Descalzo, escritor articulista en el ABC. Con las fuerzas que me quedaron, fui a verle al periódico a pedirle que celebrara su funeral y así pronunció aquellas emotivas palabras llenas de esperanza para despedirle.

Hoy es 22 de enero de 2021. Han pasado más años de los que entonces teníamos, pero la memoria no tiene tiempo y nos devuelve siempre al pasado. Blas escribió algunos cuentos que dejó en papeles escritos a mano. Aún conservo esos relatos con tachones a los que les faltaban los últimos renglones. Siempre quise terminar de escribirlos, pero mi alma quedó bloqueada en un largo duelo sin ningún horizonte.  No pude continuar sus cuentos ni añadirle un final. Lo estoy haciendo ahora, cuando ha transcurrido el tiempo suficiente para pasar esa página inconclusa de mi vida.

Dios me brindó la oportunidad de volver a enamorarme y de conocer a la persona con la que formé una familia, de compartir con él el trayecto de convertirme en la mujer que soy ahora, de hacer un camino juntos, volver a ser feliz y traspasar ese horizonte que dejó de ser lejano.

En aquellos tiempos de juventud, todos teníamos ideales y caminábamos rápido para llegar a disfrutar una vida llena de sueños por cumplir. No habíamos salido mucho de España, pero no nos hacía falta. El mundo era nuestro. El Papa Juan pablo II vino a visitarnos y se convirtió en el Papa de todos los jóvenes.

Hoy día, no puedo decir que seamos más libres ni más sabios, ni tan siquiera mejores.

Aquellos jóvenes de entonces hoy somos hombres y mujeres de un mundo más amplio, globalizado. Sin embargo, nos acecha la incertidumbre, la enfermedad, las crisis se suceden una detrás de otra, nuestras vidas penden de un finísimo hilo llamado Covid y no sabemos si esta historia tendrá un final feliz.

Tampoco sé que habría sido de mi vida si ese suceso aleatorio fruto del azar o del destino no hubiera ocurrido. Ha transcurrido una vida entera. Hoy puedo decir que ha sido inmensamente plena y al fin puedo escribir este triste y corto relato.

Los jóvenes no deberían morir pronto, el sentido de lo que somos se desvanece, pero hoy agradezco toda la felicidad que me brindó la vida en aquel tiempo y la dolorosa enseñanza que me dejó la muerte. Es tan sólo y únicamente el amor lo que permanece.

Ahora sé que nos quedan siempre razones para la esperanza y vivir este instante de nuestras vidas como si se tratara del último.

Madrid, 25 de enero de 2021

En agradecimiento al Padre Martín Descalzo que nos transmitió luz y esperanza en el ahora y el mañana.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Monica

    Me encantó este relato muy vivido y sentido! Gracias

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