REMITE: LA VIDA – David Alexander Blyth

Por David Alexander Blyth

Eran las siete menos cuarto de la mañana de ese nueve de junio.  Beatriz dejó aparcado, como cada día, su Tesla blanco en la plaza número siete de la zona reservada para los automóviles eléctricos.  “Una de las ventajas de ser ECO”, pensó para sí misma.  Siempre aparcaba ahí, por costumbre, por conveniencia, porque sí.  Cogió su bolso del asiento trasero y se adentró, todavía somnolienta, en la estación de cercanías de Majadahonda que ya recibía a sus más precoces y trasnochados usuarios. 

 

La bruma mañanera levitaba todavía sobre las vías del tren, como una espesa manta espectral.  Los rayos de sol habían comenzado a despuntar e iluminaban parcialmente el andén de salidas.  La sinfonía de sonidos vespertinos se entremezclaba en plena ebullición; los pasos atropellados de mocasines y tacones, el chasquido eléctrico de la escalera mecánica, un aviso robótico por megafonía, el silbido agudo anunciando la llegada de un tren, el murmullo de conversaciones banales, y el alarido del algún operario hastiado.  Todo un concierto de sonidos inconexo y atropellado pero cotidiano, monótono y hasta familiar.  Una nueva jornada laboral, igual que la de ayer, igual que la de anteayer.

 

En la pequeña cafetería “La Estación”, Paco, el encargado, despachaba con destreza café tras café; un honrado y cordial robot humano.  Los churros se amontonaban como troncos recién cortados y apuntaban amenazantes desde la vitrina de cristal.  Todavía chorreando aceite, empapaban el papel sobre el que reposaban, dejando amplias manchas traslúcidas.   Desprendían una agradable fragancia mañanera que despertaba los instintos más primitivos de los impacientes transeúntes.  Agolpándose alrededor de la barra, los clientes parecían indios comanches asediando un solitario fuerte americano, apuntando con sus dedos a los churros y gesticulando la cuantía deseada.

 

Beatriz dejó pasar unos minutos, esperando a que la testosterona del momento amainara.  Cuando la manada fue apaciguada, se acercó Paco al fondo de la barra donde aguardaba Beatriz:

 

­––  El cafelito de siempre Beatriz? –– inquirió Paco sin tiempo para mirarla y girándose hacia a la máquina de café.

–– El mismito Paco. 

–– Un par de churros también para mojar los deseos? 

–– Que va Paco, ayer comencé mi operación bikini!  Se ve que este invierno me he puesto morada…  Ya me ha dicho mi marido que a ver si aligero un poco… Y tiene toda la razón.  

–– Pero si está usted estupenda señora! –– sonrió pícaramente Paco.

–– Ya, ya.  Quita, quita… No diga chorradas.  Me voy que llego tarde.  Hasta luego Paco!  –– sonrió Beatriz y se dio media vuelta con su café humeante en dirección a la vía número tres.

 

Beatriz era una mujer de costumbres fijas, de unos “cuarentaymuchos”, según profesaba ella, sin querer entrar en más detalle.  Trabajaba media jornada en la aseguradora del Corte Inglés de Princesa.  Cada mañana cogía el cercanías de Majadahonda para evitar los kilométricos atascos de entrada a Madrid en la hora punta.  El cercanías era como su coche; más ecológico, más eficiente, más seguro.  Y como ella.

De cuerpo delgado y unas largas, finas piernas, había sido de gran belleza en su juventud y conservaba todavía una belleza sutil y elegante.  A su edad presumía, y mucho, de tener un hijo de veintiséis años, estudiante de medicina en la Universidad de Navarra y una hija de veintidós terminando la carrera de derecho en la Universidad Complutense de Barcelona, “unos chicos muy centrados y muy aplicados, igualitos a su padre” decía orgullosamente.  Los había tenido a una temprana edad, algo común para su generación; la nacida durante la transición.  Una transición política pero también moral, de principios, creía ella.   

 

Su marido, Javier Fernández de Córdoba, era un notario del barrio de Salamanca, la zona más exclusiva de la capital y lugar de encuentro de la créme de la créme de la sociedad madrileña.  Su apellido de alta alcurnia, casaba bien con los ambientes en los que se movía. Su puesto, sin embargo, distaba de cualquier privilegio de origen familiar.  Javier había forjado una brillante carrera gracias a su tesón y esfuerzo.  Durante diez años había estudiado incansablemente para sacarse las oposiciones y estaba especialmente orgulloso de haber obtenido la nota más alta de su promoción.  Posteriormente, había aceptado desplazarse a cualquier despacho de la geografía española que por su antigüedad se le ofreciera.  Ahora, a sus cincuenta y cinco años, había alcanzado la notaría soñada por el gremio de la Calle Lista, en pleno barrio de Salamanca de Madrid.

 

Beatriz y Javier se habían conocido durante la pubertad en el colegio de San Estanislao de Kostka, un colegio de tradición jesuita situado en el noroeste de Madrid.  Durante esa época fueron brevemente pareja, pero al llegar la época de facultad cada uno tomó su camino y no se volvieron a encontrar hasta pasados los treinta, cuando Javier había obtenido su primer destino de notario en Toledo.  Beatriz dejó su carrera financiera en Madrid y se instaló con Javier en Toledo.  Se habían casado después de un breve noviazgo y los hijos no tardaron en llegar, tal como dictaban las costumbres sociales y católicas de la época, y de sus familias. 

 

Una vida feliz.

 

El tren de las siete de la mañana accedió por la vía tres y paró con un resoplido y un silbido estridente que a nadie sorprendió.  Beatriz entró apresuradamente sujetando con delicadeza su café en una mano y su bolso colgando de su hombro.  Optó por sentarse junto a la última ventana del vagón, como hacía cada mañana.  Sacó un pequeño espejo de Chanel y terminó de aplicarse el pintalabios de color rosa, “rosa Rubor”, le había corregido la dependienta, y sombra de ojos gris oscuro.  Decente para su reunión de las ocho y media.

 

Después de quince minutos de trayecto, el aire acondicionado que ventilaba el vagón fue apagado por una avería en el generador eléctrico.  Las ventanas del vagón se empezaron a empañar y empezaron los aleteos de manos imitando torpemente el movimiento de un abanico.  Beatriz se quitó el blazer negro y resopló por la repentina subida de temperatura.  Gotas de sudor le caían por el cuello y se vio en la obligación de desabrochar el botón superior de su blusa.  Eran las ocho y cuarto.

 

En cuanto el tren entró por el andén del intercambiador de Moncloa, Beatriz se puso en pie, recogió sus pertenencias y se dirigió apresuradamente hacia las compuertas de salida.   En pleno avance el tren dio un repentino y abrupto frenazo.  Perdió el equilibrio e impactó aparatosamente sobre la espalda de un viajero que a duras penas consiguió mantenerse en pie. 

 

Todavía aturdida por el encontronazo, Beatriz alzó la mirada desde el suelo del vagón y descubrió que su recipiente de café se había aplastado entre su pecho y la espalda del desconocido viajero, derramando su contenido.  Su blusa blanca lucía una gran mancha picassiana en el centro de su pecho. 

 

–– Perdóneme…  No sabe cuánto lo siento… –– balbuceó Beatriz observando desde el suelo la nuca de su interlocutor.

 

El desconocido se dio media vuelta.  Era muy joven, no tendría más de veinticinco años, alto, metro noventa, complexión fuerte, ojos claros, pelo más bien largo.  Iba bien vestido, elegante pero casual, y cargaba una mochila deportiva.

 

Se quedó mirando fijamente a Beatriz por unos segundos, ensimismado y aparentemente sorprendido.  Después de dos eternos e incómodos segundos, salió de su embelesamiento y sonrió.     

 

–– No te preocupes.  ¿Estás bien? –– dijo el joven con una voz grave pero cercana y melosa, mientras se arrodillaba frente a ella.  Agarró a Beatriz con fuerza de los brazos a la altura de los codos para ayudarla a incorporarse.  Al subir, la cara de Beatriz rozó su pecho y pudo percibir una agradable fragancia de notas aromáticas que la trasladó a una época de su vida por completo olvidada.

 

Se miraron intensamente como si no hubiera nadie más en el vagón.

 

–– Sí, estoy bien…  Muchas gracias. –– consiguió responder Beatriz al cabo de otro par de segundos, pero entrando en una repentina e incontrolable sensación de combustión.  Un ardor que trepó a gran velocidad desde lo más profundo de sus muslos en imparable ascenso hacia el pecho, para proseguir por el cuello y alcanzar sus mejillas.  Un volcán en plena erupción.

 

–– Me llamo Daniel. ¿Y tú? –– se apresuró a preguntar el joven, claramente embelesado por la figura que tenía ante sí.  La miró fijamente quedando absorto por su cara de delicada porcelana, unas finas arrugas que se deslizaban como finos hilos de unos labios carnosos pintados de rosa.  Sus hoyuelos parecían sutiles pozos de deseo.  Prosiguió su observación con atrevimiento, delineando el surco entre sus clavículas y más allá, avistando brevemente su sujetador de encaje, que se asomaba entre los botones de su blusa semi abierta.  

 

–– Me llamo Beatriz –– respondió nerviosa –– Daniel, siento de nuevo el percance y siento de verdad si le he ensuciado a usted la camisa…

 

–– No te preocupes, en serio.  Tutéame Beatriz.  Un placer conocerte –– dijo con pasmosa seguridad, mientras miraba a Beatriz a los ojos y alargaba la mano.

 

Beatriz bajó la mirada incapaz de mantenerla más tiempo y salió apresuradamente del tren en dirección a las compuertas de salida de la estación.  Su corazón latía desbocado. 

 

–– Beatriz!  Espera! ­­–– oyó Beatriz de fondo, mientras se alejaba frenéticamente en dirección a la salida, sin conseguir alzar la mirada más allá de sus pies. 

 

Enfiló hacia la Calle Princesa y aceleró el paso hasta llegar al Corte Inglés.  Al llegar a su mesa, dejó su bolso y se dirigió al baño para disimular la mancha de café con agua y jabón, y a intentar serenarse…  Se quitó la blusa y se quedó absorta mirando al espejo.  Estaba extremadamente excitada.  Los pezones los tenía erguidos y duros, sudaba por las axilas y notaba un ardor entre sus piernas.  Se echó agua por el cuello para refrescarse, pero sin mucho éxito. No entendía nada.  Cincuenta y dos años y temblando como una quinceañera.

 

Daba vueltas sin encontrar explicación a ese repentino y descontrolado deseo animal.  Un deseo puramente carnal que había ¿despertado? ¿resucitado? o… ¿nacido?  Necesitaba entender qué había sucedido y por qué.  Ese repentino descontrol no tenía cabida en su ordenada y feliz vida. 

 

Su vida era perfecta, se aseguró. 

 

“Por dios Beatriz, serénate…  Tiene la edad de tu hijo”, pensó para sus adentros, recobrando brevemente la sensatez y la cordura.  Esa reflexión la tranquilizó brevemente, más por visualizar la imagen de su hijo que por cualquier otra razón.

 

Se fue del trabajo a las dos de la tarde, tomando el tren de cercanías de vuelta a casa.  Al acercarse a su Tesla, este se abrió automáticamente.

 

–– Buenas tardes Señora de Fernández de Córdoba –– saludó el automóvil con voz robótica al notar su presencia en el interior del vehículo. 

 

–– ¿Buenas… tardes…? ¡La señora Fernández de Córdoba lleva todo el día imaginando que un crío de veinticinco años la penetra de mil y una maneras! –– contestó con rabia y vergüenza.

 

Y es que ese mecánico y autómata saludo la había hecho descender del firmamento de sus fantasías a su perfecta vida.  El Tesla no podía haber sido más inoportuno.  

 

Beatriz pasó el resto del día pensando en su encuentro con Daniel.   ¿Había sido algo efímero, absurdo y por lo tanto desechable y descartable?  ¿O era algo más profundo que no podía o no quería ver?

 

Y, si ella había sufrido esta experiencia animal, ¿podía Javier tener pensamientos y deseos parecidos?  Beatriz pensó que le iba a estallar la cabeza.  “Quizás se está follando a su joven y dispuesta secretaria” pensó Beatriz.   Se avergonzó nuevamente. “¿Desde cuándo coño digo yo la palabra ‘follar’?”  Suspiró. 

 

Llegó a casa y fue directamente al bar del señor Fernández de Córdoba.  Se sirvió un gin tonic para apaciguar sus nervios.  Los sólidos cimientos de toda una vida se tambaleaban por un encontronazo fortuito con un joven desconocido.  Ella siempre se había definido como una mujer feliz pero… ¿lo era?

 

Javier llegó a casa sobre las diez y media de la noche.  Saludó con poca efusividad y se sentó en el sofá de piel.  Cogió el mando a distancia y encendió la televisión de sesenta y cinco pulgadas. 

 

–– Tráeme un whisky cariño.  No sabes el día que he tenido. –– dijo Javier sin retirar la vista de la pantalla.

 

–– Ni te imaginas el mío corazón… –– susurró Beatriz.

 

–– Ya, ya. ¡Y tráeme unas aceitunas amor!

 

Beatriz trajo el whisky con las aceitunas en una bandeja de plata, pensando una vez más en el trayecto Majadahonda-Moncloa del tren de cercanías… 

 

 

Una caja de Pandora

Para: Familia Fernández de Córdoba  

Remite: La Vida  

 

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