RETAZOS – M. Concepción Carrasco Navarro

Por M. Concepción Carrasco Navarro

Corría el año 1984. Yo tenía 23 años y por fin un trabajo fijo de Enfermera en un hospital, en Barcelona.

Gracias a mis ingresos, alquilé un piso cercano a casa. Tenía que empezar a vivir mi vida. Me dolía separarme otra vez de mi padre y mis hermanos, pero ya no podía soportar más a Isa, mi madrastra, siempre gruñendo, siempre enfadada, siempre creando conflictos absurdos.

Mi piso no tenía nada. Un colchón en el suelo, una nevera, un armario, una cocina y calentador a butano. Todavía no tenía ni cédula de habitabilidad

Pero había luz de obra, salía agua fría y me permitía, en días de fiesta, trabajar en adecentarlo.

Decidí irme de vacaciones con mis amigas cartageneras que me apuntaron al viaje «Paso del Ecuador» de derecho de Murcia.

En autobús recorrimos Europa. Allí donde íbamos comíamos poco, dormíamos menos y disfrutábamos mucho. A la vuelta me dejaron en la puerta de mi casa familiar.

Cargada con mi maleta y totalmente agotada, fui a mi habitación. Estaba sin muebles.

-.Isa, ¿Y mi habitación?

Respondió malhumorada: -Tú no tienes tu casa?

No quise discutir. Así, cargada, me fui a mi piso. Al llegar me puse el pijama y me acosté. Tenía una sonrisa en los labios…¡Al fin libre!.

No más Isa, no más discusiones, se acabaron los malos rollos, las malas caras…Sentía vértigo, miedo, incertidumbre, pero estaba muy ilusionada…Y eso era la felicidad.

 

Pero la independencia tenía su precio. Pasé a ser miembro activo de toda la familia materna. Y eso comportaba obligaciones.

Ocurrió un hecho  que nunca pude olvidar…

 

El abuelo Joaquín estaba ingresado. Era neumonía, unida a una salud deteriorada por la edad.

Hice unas llamadas a mis compañeras de trabajo, negocié turnos y salí volando en mi Panda hasta Cartagena.

La situación era crítica ya que ya acompañaban a la abuela sus hijos Quico, Juan Carlos y Javier.

Establecimos turnos de noche. Mi ventaja era ser enfermera y  más joven.

Era miércoles. El abuelo se encontraba sumido en sopor pero a ratos consciente. Me preparé para pasar la noche con él.

Como no conversaba, recé oraciones en voz clara pero suave y cuando acababa, el siempre susurraba «Amén».

Mi repertorio era limitado, así que fui alternando las pocas oraciones que recordaba.

Finalmente cerró los ojos y parecía descansar. Entonces cogí  mi libro pero lo dejé al volver a mi memoria los buenos ratos que habíamos pasado juntos.

Mis ojos se fueron cerrando, hice esfuerzos pero no pude más…

¡Desperté!. Vi que me está mirando angustiado, como pidiéndome algo. Me acerqué a su cabecera pero no pestañeaba. Había fallecido.

Me atacó el terror. ¡Me he dormido! ¡Lo he dejado solo! Los remordimientos aparecieron, me destrozaban. No supe acompañarle en sus últimos minutos. Esos ojos…se los cerré, le di un beso y llamé al interfono:-» Mi abuelo ha fallecido», dije.

Y me puse a llorar.

 

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