SIEMPRE JUNTAS – Raquel María Alarcón Molina

Por Raquel María Alarcón Molina

El instituto había acabado y nuestras vidas se iban a separar, ese verano teníamos que hacer algo especial y despedirnos en nuestro árbol, aquel que conocía todos nuestros secretos, porque nos había visto crecer. Se trataba de un roble de tamaño gigante que a pesar de sus años se mantenía fuerte, con sus frondosas ramas y sus hojas verdes, pero lo que llamaba la atención es que tenía una gran grieta en el tronco por la que nos metíamos desde que íbamos al colegio. Allí teníamos nuestras cosas, cojines, mantas, linternas … pasábamos las horas muertas, era nuestra segunda casa.
Todo el pueblo lo conocía, un árbol tan peculiar no pasaba desapercibido, pero solo nosotras solíamos frecuentarlo, por eso era nuestro árbol y para nosotras él era uno más de nuestro pequeño grupo.
Ese día, Julia, María y yo, habíamos quedado en despedirnos del lugar, cada una se iría a estudiar a un lugar diferente y ya no estaríamos siempre juntas.
Me disponía a llamar a Julia, que era la que se había encargado de organizarlo todo, cuando mi teléfono sonó.
– Elena, soy Carmen, la madre de Julia.
Me extrañó recibir aquella llamada, pues Carmen, no solía hablar con nadie, estaba siempre encerrada en su despacho, frente al ordenador con su puerta cerrada, y las pocas veces que se dejaba ver, saludaba tímidamente, esbozaba una leve sonrisa y se volvía a ir. Nunca supe bien a que se dedicaba, Julia decía que trabajaba de informática para una empresa extranjera.
– Carmen, ¿ha pasado algo?
– No sabemos nada de Julia, salió ayer por la noche sin decir palabra, no ha vuelto y su teléfono está apagado.
– Justo la iba a llamar ahora porque hemos quedado esta noche con María.
– Por favor, llámame si sabes algo de ella, seguiré preguntando por el pueblo antes de ir a denunciar su desaparición.
– Así lo haré, ya verás como aparece pronto.
Aquella llamada me dejó preocupada, ella no solía hacer esas cosas, siempre fue una chica prudente, nunca iba a ningún sitio sin decir nada, por lo que decidí llamar a María por si ella sabía algo.
– María, ¿sabes algo de Julia? Su madre no sabe nada de ella.
Al otro lado del teléfono, nadie contestaba y cuando me disponía a colgar …
– La vi ayer por la mañana, me dijo que había conocido a alguien en un portal de citas y que esa tarde iba a conocerlo.
– ¿Julia en un portal de citas? – me extrañé porque ella no se fiaba de esos sitios, además, decía que quería centrarse en su carrera y conocer en estos momentos a un chico solo la llenaría de distracciones.

– A mí también me extrañó y más ahora que se va a estudiar a Londres.
Por un momento pensé que me estaba gastando una broma, pero su voz estaba quebrada, María era la hermana que nunca tuve, nos conocíamos mejor que a nadie y ella solía quebrarse cuando le preocupaba algo, no sabía disimular.
– ¡Tranquila! Todo tendrá una explicación. Nos vemos en el árbol, salgo ya.
Cuando llegué, María ya estaba allí, no parecía la misma, estaba pálida, inmóvil y con la mirada perdida.
Ella fue siempre la más aventurera, no tenía miedo a nada, Julia y yo solíamos decirle que contara hasta tres antes de hacer cualquier cosa, pues cuando se le metía algo en la cabeza no se paraba a pensar en las consecuencias y más de una vez había salido mal parada. La muerte de su madre hace unos años la transformó y pensó que la mejor manera de recuperar fuerzas era ayudar a los desfavorecidos, por lo que decidió que ese verano se iría de voluntaria a Etiopía.
Entré dentro del árbol a echar un vistazo y observé que había una bolsa que pertenecía a Julia. Aquello me dio miedo, aun así, preferí no pensar, mantener la calma y por supuesto la esperanza de que volvería.
Salí sin tocar nada y llamé a la policía, pues debían saber que allí estaban sus cosas. Cuando terminé mi llamada, María me dijo que aquella llamada solo nos traería problemas y por mucho que le pregunté solo me contestaba que la policía no era de fiar.
Poco más de media hora tardó la policía en llegar.
– Soy el agente Gutiérrez, llevaré el caso de Julia. Me gustaría saber qué relación tenían ustedes con ella y cuando fue la última vez que la vieron. -Aquel agente tenía un tono de voz rudo y distante que imponía.
– Somos amigas desde la infancia y nos lo contamos todo, no la veo desde la semana pasada, quedamos aquí como siempre las tres. La última vez que hablé con ella por teléfono fue hace dos días y la noté como siempre, no me dijo nada fuera de lo normal, solo ultimamos detalles para quedar hoy. – Contesté.
– Yo tampoco la he vuelto a ver desde la semana pasada, y estos días no hemos hablado, estoy muy liada preparando mis cosas para irme de viaje y he estado perdida.
No entendía por qué María estaba mintiendo, probablemente tendría miedo por si la inculpaban, por lo que decidí seguirle el rollo.
– Si hay algo más que debamos saber, este es el momento. Todo lo que nos estéis ocultando puede ser posteriormente utilizado en vuestra contra.
– Si quisiéramos ocultar algo no os hubiéramos llamado, mirad dentro del árbol que hay cosas suyas. – Contesté.
María, simplemente permaneció callada.
– Vamos a estar vigilando a todo su entorno, procurad estar localizadas. Ahora podéis iros para que podamos hacer nuestro trabajo.
Aquel agente tenía cara de pocos amigos y no apartó su mirada de nosotras hasta que nos alejamos.
María y yo nos abrazamos, no mediamos palabra, solo nos apretamos buscando el consuelo del dolor y el miedo que sentíamos en esos momentos. No puedo expresar con palabras aquello que estaba sintiendo en ese momento, pero era una mezcla de tristeza, desolación e incertidumbre, que me provocaban un profundo dolor en el pecho, como si me hubieran arrancado de golpe el corazón. Por mi mente se pasaba toda la historia vivida junto a Julia, desde la primera vez que la vi en el colegio hasta el momento que me comunicó su decisión de irse a estudiar fuera.
Quería con todas mis fuerzas tener esperanza, pensar que estaba viva, había conocido a un chico se había evadido de la realidad y no pensaba que los demás pudieran estar preocupados.
Pero esa esperanza que tanto anhelaba no me venía, en el fondo sabía que algo le había pasado, nadie cambiaba tanto de la noche a la mañana.
Aun así, me hice la fuerte y le dije a María que no tuviera miedo porque Julia iba a aparecer.
Los días iban pasando y parecía que a Julia se la hubiera tragado la tierra, no había noticias de ella y en el pueblo no se hablaba de otra cosa. En ocasiones intenté ponerme en contacto con Carmen, pero ella no cogía el teléfono, se decía que había caído en profunda depresión y se había aislado con los suyos en casa.
Con respecto a María, aquello que debía habernos unido aún más, nos desunió, no teníamos casi contacto, ella dejó de contestar mis mensajes, alegando que estaba muy liada intentando hacer cosas para no pensar, pero yo la necesitaba, no quería perderlas a las dos, nos prometimos que el estar cada una en un lugar no nos separaría, seguiríamos hablando y teniéndonos para siempre, la distancia no podría acabar con una amistad tan profunda, por lo que decidí que si ella no quería hablar por teléfono tal vez mi presencia le ayudaría a sentirse mejor, no lo pensé más y me dirigí a su casa.
– Elena, ¿qué haces aquí? – Su mirada me inquietó pues más que notarla alegre parecía como si mi visita le molestara.
– He venido porque lo estoy pasando mal, te necesito y creo que tú a mí también, en estos momentos de dolor lo mejor es que estemos unidas.
– Preferiría estar sola, creo que me irá bien adelantar mi voluntariado, irme de aquí me servirá para olvidar y sentirme mejor.
– Aislarse no es bueno, vamos a tu habitación y hablamos mejor de todo lo que estamos viviendo. – Y aunque noté que no le hacía mucha gracia que entrara dentro, como tantas veces había hecho, me metí en su casa y me dirigí a su cuarto.
María iba detrás de mí renegando, pero yo sabía que el estar juntas nos iba a hacer sentir mejor, al menos podríamos compartir el dolor por el que estábamos pasando.
Su habitación estaba echa un caos, ropa tirada por el suelo, papeles por todas partes, la cama sin hacer … y aunque no era costumbre que estuviera así, pensé que se debía a que estaba sacando sus cosas para prepararse las maletas.
Entre todo ese caos, hubo algo que me llamó la atención, un sobre abierto que contenía fotos, y aprovechando que María salió a coger su móvil que estaba sonando en la cocina, lo cogí y me puse a ver su contenido.
El corazón me dio un vuelco y empezó a acelerarse, la piel se me erizó ¿aquello era un montaje o era de verdad? En las fotos salía el día a día de Julia, en clase, en su casa, durmiendo, incluso había fotos de ella cambiándose de ropa, duchándose… estaba claro que alguien la estaba espiando ¿pero por qué tenía esas fotos María?, ¿había descubierto algo que no se atrevía a contar?
De repente entró ella, y empujándome bruscamente, me quitó las fotos de las manos, y me caí al suelo.
– No tenías que haber venido, ahora ya no te puedo dejar salir.
– ¿Pero por qué me has hecho esto? No entiendo que te está pasando, ¿qué son esas fotos?
– Al morir mi madre, Julia siempre me escuchaba y me ayudó a salir de aquella depresión, me hizo más fuerte y me di cuenta de que lo que sentía por ella era más que amistad, pero no me atrevía a decírselo. Cuando dijo que se iría a estudiar lejos, vi la oportunidad para confesarle lo que sentía, en el fondo creía que sería correspondida, pero nada más lejos de la realidad. Ella también descubrió las fotos, y me repudió, me dijo que no me quería ver más, me rompió el corazón y tuvo duras palabras conmigo, no lo pensé y la empujé tan fuerte que cayó al suelo, al verla ahí tirada, en el mismo sitio donde estás tú, me di cuenta de que me sentía mejor pensando que si no era para mí, ella no sería para nadie. Ya lo he hecho una vez, y me da igual hacerlo dos veces Elena, siento que esto acabe así, pero siempre quieres preguntar de más, no dejas que nadie tenga su intimidad, quieres meterte demasiado en la vida de los demás, y eso es lo que te va a matar hoy.
Comencé a llorar suplicándole por mi vida, diciéndole que se acordara de todo lo que habíamos pasado juntas … pero a ella no parecía importarle, se abalanzó contra mí y empezó a agarrarme del cuello, en esos momentos supe que mi vida acababa en ese instante, ¡qué injusto morir tan joven! Y de repente empecé a pensar en todas esas cosas que ya no podría hacer, para mí lo más importante era no poder despedirme de mis padres, si hubiera sabido que hoy iba a ser el último día de mi vida, les hubiera dado las gracias por tanto que me dieron y les diría lo mucho que los quiero.
Una lágrima empezó a brotar de mis ojos al darme cuenta de lo egoísta que había sido con ellos, solo pensaba en mí, en las cosas superficiales, y lo importante en esta vida es pasar tiempo con aquellos que amamos y disfrutar de esos momentos que nunca vuelven.
Cuando sentía que estaba perdiendo el conocimiento, la puerta de la habitación se abrió bruscamente …
– ¡Policía!, ¡María, suéltala! Te llevamos observando tiempo, hemos encontrado el cuerpo de Elena, ya no puedes huir.

 

 

 

 

 

 

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