SON EL RESTO

Por Azazel Fernandez

No soy un sociópata. Conozco las leyes y las respeto en todo lo posible, pero siguen siendo
unos papeles que tanto abogados, como jueces, como policías, como políticos se pasan por el culo
sin tener ningún tipo de problema; y si ellos las respetan a medias, yo también puedo hacerlo: si
ellos no son sociópatas, yo lo soy menos aún. De todos modos, no podemos decir que yo haya
hecho un mal por la humanidad en lo que llevo de vida ni pretendo hacerlo.
Aunque en el colegio tuviera conflictos con mis compañeros, no fue por mi culpa, sino por la
suya. Yo no era tan imbécil, dependiente o ilógico. En primaria todos necesitaban sus grupitos de
amigos. A mí me hacían estar con la escoria con la que nadie quería estar. El que se fueran
cambiando de colegio tuvo que ver conmigo, sí, y aunque nadie me lo agradeciese, todo el mundo
estaba más feliz, incluso los profesores. Mi estancia en el instituto fue similar: tanto que es
irrelevante repetirlo.
En vez de seguir chupando del dinero de mis padres como el resto de mis compañeros
hicieron —y seguramente siguen haciendo—, decidí empezar a trabajar lejos de mi pueblo natal. No
solo por odiar a mis progenitores: también porque ellos me odiaban a mí y me querían lejos, según
sus propias palabras; así que me fui y no volví a hablar con ellos hasta que mi madre me llamó años
más tarde llorando y yo le colgué riendo. Mi padre había muerto y ella se había enterado de que yo
tenía trabajo.
Cuando bloqueé su número de teléfono —me llamaba al menos doce veces al día—, empecé a
entender por qué la gente tenía hijos, se amargaba con las vacaciones de verano y se alegraba con la
llegada del colegio por mucho que los niños llorasen; por qué noticias de “¿Qué puedo hacer con
mis hijos cuando acaba el colegio?” o “10 campamentos gratuitos que mantendrán ocupados a tus
hijos en verano” triunfaban. La gente, por lo general, tenía hijos para asegurarse de que alguien les
proporcionase dinero una vez ellos no pudieran —o quisieran— trabajar, alguien que los cuidase
gratis; que cualquier campamento o formación que se pagase sería para no tener que encargarse de
ellos o para que los ingresos posteriores fueran superiores.
Cortando mi relación con aquella mujer me encontré mejor conmigo mismo, pero una vez
acabas con un problema que ni has deseado a tus enemigos, no tarda en llegar otro. Todos buscamos
nuestro propio bienestar, y aunque lo hayamos logrado, va a haber algo que no nos permita ser
felices al completo. Muchas veces he pensado que nuestro mayor problema es que nos animan a
creer desde niños que es posible tener todo lo que nos propongamos aunque no sea cierto. Así es
como solo seguimos alimentando el funcionamiento del sistema a coste de nuestra salud mental.
De todos modos, tampoco se puede decir que la mayor parte de la gente sea suficientemente
respetable como para merecer el bienestar que desea. Cuando conoces a alguien, este defiende todo
lo que esté bien visto por la sociedad, pero en cuanto te cuenta lo que hace “porque nos conocemos,
¿eh?” ves la podredumbre que asola su moralidad. ¡Y aquellos que beben, se drogan y trasnochan
de jueves a domingo, como el del 1ºB! “Dormir y descansar” se sustituye por “intentar quedarte
inconsciente por la noche para no hacerlo por el día”. He llegado a pedir somníferos.
La otra opción era cambiar de piso. ¿Quién no lo pensaría bajo estas circunstancias? Era una
opción hasta que me di cuenta de que por el precio de este alquiler solo podía conseguir zulos sin
ventanas o pisos en edificios abandonados. Fui a verlos, pero no tardé en volver a pedir somníferos.
Más tarde volví a pensar en ello por la señora del 1ºA, una viuda jubilada. Nunca quise
preguntarme cuánto cobraba al mes por pegar sus orejas a las puertas de los vecinos, esparcir
rumores falsos y vigilar por la mirilla a quien sale de su piso o por el portal. Aquel efímero bienestar
se vio eclipsado por el insomnio y el estrés al escuchar los pasos de aquella señora, su voz o el
característico sonido que hacía al acercarse a la mirilla de su puerta.
Leí alguna noticia sobre gente cuya única interacción social tras su jubilación se basaba en
mirar por el balcón o por la mirilla, y que algunos trataban a los vecinos como gente muy cercana
ya que los veían más a ellos que a su propia familia. Me pareció un tema bastante perturbador. Era
la única noticia interesante entre muchas otras. El resto se resumían en “El coeficiente intelectual ha
bajado por culpa de los móviles”, “Las redes sociales están acabando con la ortografía” y “La
tecnología hace menos eficiente la educación”. Lo peor era que la gente de los comentarios estaba
de acuerdo. Nadie se paró a pensar que la culpa no era del instrumento, sino del individuo. Y por
eso maté al del 1ºB, porque no fue culpa mía, sino del cuchillo.
Era lunes, por lo que me iba a encontrar más a un vegetal que a una persona. Llamé, le
pregunté si tenía algo de cerveza, a pesar de que no había bebido alcohol en mi vida, y me dejó
pasar como si fuera un mejor amigo. Me empezó a preguntar si me gustaba no sé qué y no sé
cuánto. Le respondí a todo que sí y me llevó a su habitación, puso la música que llevaba
impidiéndome dormir las últimas cuatro noches hasta las seis de la mañana y me dijo que “una pena
no habernos conocido antes” porque hace muchas fiestas entre sus “colegas de ingeniería y del
máster”, entre muchas otras cosas irrelevantes. Cuando se fue a por la cerveza me levanté, y en
cuanto volvió y se giró para mirarme, le clavé el cuchillo de carnicero en la parte superior del
estómago, lo cogí por el pelo, lo desequilibré haciéndole la zancadilla y le corté la cabeza de unos
cuantos golpes con saña. Me quedé muy a gusto.
Justo después sonó el timbre. Me sorprendió que mi pulso no se hubiera acelerado. Me puse el
jersey de lana gris que me había sacado al sentarme, me limpié la cara y las manos con unas
toallitas que tenía aquel desgraciado en el baño y fue como si nunca hubiera pasado nada. Abrí la
puerta. Quién iba a ser…
— Hola, joven, escuché unos golpes ahora desde mi casa y no sé si fue aquí —me reprochó la
señora del 1ºA mientras miraba detrás de mí, buscando algo que contar al resto de vecinos.
— ¿Golpes? —pregunté, como si de una broma se tratase—. Aquí ninguno, que yo sepa. Hoy
somos poquitos.
— Ah, ya escucho la música, el del B y tú estáis de fiestas, como siempre… —ahí sí se me
aceleró el pulso, pero no precisamente por haber degollado a alguien.— Bueno, no hagáis mucho
ruido, que me cuesta dormir por vuestra culpa. Sois jóvenes, pero eso es mala educación, ¿eh?
— Lo sentimos —respondí “avergonzado”, aprovechando que tenía toda la sangre en la
cabeza—… y no se preocupe, señora —que usted es la siguiente—, que dentro de una hora o así
nos vamos al otro pueblo de vacaciones.
— De vacaciones… no sé yo de qué necesitaréis descansar si estáis siempre así. Mi difunto
marido trabajó mucho para conseguir la vida que llevamos y no tuvo vacaciones ni un solo día…
Se despidió, cerré la puerta, y en cuanto escuché que entraba en su piso, volví a mi faena.
Metí las dos partes del vecino en la bañera y, tras limpiar su cuarto, dividí todo con cuidado en
“comestible” y “no comestible”. Es la mejor manera de librarse de un cadáver, a fin de cuentas.
Aunque seas sospechoso de asesinato, lo último que va a mirar alguien es de qué animal es la carne
que tienes en el congelador. ¿Y para qué se dedica la gente a enterrar a los muertos si luego
“estamos en crisis”, “hay niños muriéndose de hambre”, “no se puede tirar la comida”, y aún por
encima son todos ateos y creen que tras la muerte no hay nada? Yo por lo menos espero que lo haya,
pero esta gente me importa una mierda.
Ya en mi casa metí la carne y los huesos en tápers que fueron a la nevera. De cómo me
deshice de aquella desquiciante mujer que me recordaba a un híbrido entre mi madre y mi abuela no
hablaré porque resulta tan irrelevante como el número de bricks de leche que he abierto a lo largo
de mi vida. Lo que importa es que no me volvió a dar problemas.
“El trabajo de una tarde para la comida de unas semanas”. Me hizo gracia pensarlo así. Yo fui
carnicero durante un tiempo. Por muy mal visto que estuviera entre la gente de mi edad trabajar de
algo así, con este tipo de trabajos siempre se acaba sacando algo práctico para la vida diaria. Yo no
sabría cómo tratar la carne si no fuera por eso, y solo hay que ver de cuánto me ha servido a mí y de
qué poco le ha servido al del 1ºB haber estudiado ingeniería y tener un máster.
¿Y qué pasó al final? Tal y como me dijo una vez un administrativo de justicia: “Si no hay
denuncia, no hay crimen”.
El del 1ºB era el dueño del piso, huérfano desde hacía un año, sin trabajo porque aún estaba
en la edad de pensión de orfandad. Tenía amigos, pero, por lo visto, no les importaba lo suficiente.
Seguramente se aprovechaban de él para hacer fiestas en su casa y, al no responder llamadas,
creerían que se habría enfadado y quizá hasta se hubieran alegrado de no tener que volver a
aguantarlo.
Lo de la señora del 1ºA fue más gracioso. La echaron de menos un grupo de jubilados que se
juntan solo para hablar, y decidieron poner carteles por la calle por si le había dado algo y se había
perdido, ya que forzaron la puerta y vieron que el piso estaba vacío. Tres meses después, cuando sus
dos hijos se enteraron, ni denunciaron la desaparición ni parecieron preocuparse. Más tarde me
enteré de que ellos tenían que prestarle dinero ya que se gastó todos los ahorros y las pensiones de
cada mes en joyas y ropa de piel. Vaciaron el piso, vendieron todo menos algún mueble en una
tienda de segunda mano y decidieron alquilar el piso. Yo, que salía en ese momento a “dar una
vuelta”, les dije que estaba buscando un piso más grande. Como no llegaron a hablar con una
inmobiliaria conseguí ese piso, el doble de grande que el mío, por incluso menos dinero del que
pagaba por el anterior. Parecían desesperados por venderlo, y llegaron a decirme que ella estaba mal
de los pulmones y murió en el hospital rodeada de sus seres queridos. He de decir que aquello me
alegró el día.
En cuanto a los vecinos, hubo comentarios sobre la señora los primeros días; del chico nunca
nadie se preocupó. A ellos no les afectó directamente, así que, ¿para qué meterse en un lío? Nadie
hizo nada. Logré otro corto período de tiempo un estado de bienestar mayor, sin fiestas hasta las
tantas, sin una señora entrometida y sin necesidad de comprar carne en por lo menos un mes.
Además, rememoré mis tiempos en el instituto eliminando problemas con nombre y apellidos, de
nuevo, sin que nadie me lo agradeciese. ¿No es evidente? El problema no soy yo.

RELATO DEL TALLER DE:
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