SUCESIÓN OCULTA – Carolina Osorio Bustillo

Por Carolina Osorio Bustillo

¿Y si la maldición resulta ser cierta? ¿Qué pasará con Olga ahora?

Conocí a Olga cuando ambos ejercíamos de camareros en la temporada de verano. Me produjo admiración el hecho que ya era una joven independiente desde los veinte, eso me hizo catalogarla como luchadora. Aquel día recién había celebrado su veintidós aniversario.

Mi intención no era indagar sobre su vida. Sin embargo, a medida que charlábamos, fui descubriendo cosas interesantes sobre ella. Un día pregunté sobre sus tatuajes y por uno en especial. Tiene tatuado arriba del codo a Chucky, el muñeco diabólico. ¿Quién hace eso?

Al pasar los días, me comentó que colecciona Funkos. Mi mayor asombro fue que su colección solamente incluía personajes de terror. Me sorprendió su pasión por ese género, en particular porque a mí me dan pavor las películas de miedo, que luego acabo con pesadillas. A pesar de ello, despertó en mí cierta curiosidad y quise conocer más de esta jovencita de 1,55 metros de altura, delgada, con ojos brillantes y una voz tan tierna.

Una tarde recibió un mensaje que le produjo euforia: la habían aceptado en el tanatorio para realizar unas prácticas de tanatopraxia. Comenzaría en septiembre.

Olga nada más utilizaba el apellido paterno, Ruiz. No conoció a su madre ni en fotografías, por lo que a muy temprana edad tomó la decisión de eliminar de su vida lo único que le había dado: el apellido. ¿Para qué llevar algo de esa persona que nunca quiso saber de ella?

A mediados del invierno, en el tanatorio recibieron por la mañana el cadáver de Ernesto Rojas, conocido como El Furia. Había salido en los informativos locales. Su declaración era de marcada importancia para destapar una organización criminal, pero no alcanzó llegar a comisaria con vida. La patrulla fue asaltada y atacada, le prendieron fuego para obligarlos a salir. Mataron a los policías a quemarropa. Sin embargo, a Ernesto nada más le dispararon en el corazón. En el tanatorio avisaron del personaje que había llegado. Pidieron a Olga y a Sebástian, un compañero, que se encargasen de todo. Enseguida se dirigieron al vestidor a equiparse con la bata, mascarilla, gorro, zapatillas y guantes. El conductor dejó el cadáver en una sala ubicada en el sótano, les entregó la ficha y subió a las oficinas para continuar con el papeleo.

Para entrar a la sala se recorre un pasillo largo en el subterráneo. A mitad de éste hay un lavabo, y más adelante una puerta que da a la sala de preparación, cuadrada, con tonos gris y blanco, sin ventanas. El olor es a sótano de hospital, como a vacío, y muy silencioso. Dispone de una camilla fija metálica, y al lado hay como una encimera donde se encuentra un fregadero para lavar todos los utensilios previamente utilizados, peines, maquillaje, una herramienta parecida a un cúter, máquina de afeitar, etc. Debajo de la camilla reposa un recipiente donde caen todos los líquidos que se aspiran del cadáver con un aspirador que se coloca en un orificio que el tanatopractor hace a nivel del esternón, que luego es suturado. Todo lo aspirado es desechado.

Olga y Sebástian colocaron a El Furia en la camilla fija, vaciaron los líquidos del estómago y demás partes internas. Mientras Sebástian suturaba el agujero del pecho por donde aspiraron, Olga duchaba el cuerpo empapado de lodo y sangre. Se revelaron algunos tatuajes. Sebástian también ayudó a lavar al occiso por el dorso, así que Olga fue a por la ropa y el pañal. Una vez limpio y seco, Olga colocó el pañal y cuando su mano tocó el tatuaje en el glúteo medio izquierdo, entró como en un trance. Permanecía altamente concentrada y absorbida en una actividad o experiencia, con una percepción alterada del tiempo, el espacio y la realidad. Del tatuaje salió un humo negro, formando un torbellino que a medida que subía, crecía en anchura hasta tocar el techo de la sala donde se formó un remolino oscuro que giraba lentamente. Comenzó a percibirse olor a beleño negro. Olga escuchó una voz femenina que le hablaba directamente: «Tuve que irme para venir a buscarte ahora. Estamos destinadas para algo más grande que esta vida mortal porque eres mi heredera».

Sebástian no escuchó nada, pero sí vio el humo y a ella inmóvil. Sintió que perdía todas las fuerzas de su cuerpo, escalofríos y un azoramiento lo inundó por completo. Le costaba moverse y respirar. Mucho menos decir palabra.

La nube negra del techo tomó la forma del tatuaje: un grupo de cuatro líneas paralelas y dos grupos de tres líneas paralelas cada uno.

Olga salió del trance, cogió el brazo de Sebástian, y así le devolvió el aliento al transmitirle calor y tranquilidad. Mientras observaban ese dibujo del techo en total silencio, una ráfaga de humo muy veloz bajó a la espalda baja de Olga, con tanta fuerza que los aventó hacia el suelo.

El olor y la luz de la habitación volvieron a la normalidad. Aún quedaba por vestir a El Furia, por lo que encendieron la lámpara de luz blanca ubicada sobre la camilla para afeitarlo, peinarlo y maquillarlo, llenarle la boca y los orificios de la nariz con algodón y al final coser los orificios. Debido a la experiencia, se mantuvieron taciturnos y pensativos.

Acomodaron al cadáver en la cámara mortuoria y salieron fuera del recinto. Necesitaban coger aire. Sentían una mezcla de nervios, temor, intranquilidad, ansiedad y no sabían muy bien cómo expresarlo.

—Olga. ¿Qué ha pasado allí dentro? ¿Ha sido cosa tuya o del muerto?

—¿Cómo me preguntas si he sido yo? Sebástian, no puedo perder mi trabajo ahora. ¿Cómo me puedes preguntar si tengo algo que ver? ¿Qué te pasa?

El director del tanatorio salió dónde estaban ellos.

—¿Por qué no habéis limpiado la sala? ¿Qué hacéis aquí los dos? Hay otra persona para pasar y no os encontrábamos.

Olga rompió a llorar. No podía digerir todo aquello. Sebástian quiso apoyarle y pedirle disculpas. Pero no pudo con sus emociones y también acabó llorando. El director no daba crédito.

—¿Qué mosca os ha picado a vosotros dos?

Ninguno de ellos se atrevió a describir lo ocurrido, así que optaron por ocultarlo. Al entrar de nuevo para continuar con sus obligaciones, Olga cayó desmayada, su temperatura corporal aumentó rápidamente hasta provocarle convulsiones.

Cuando despertó se encontraba algo confusa en una camilla, no sabía con exactitud si en un centro de salud o en un hospital. La acompañaba su padre, quien la observaba con ojos de preocupación y perplejidad.

—Olga, hija. ¿Cómo te sientes?

—Bien, papá. ¿Cómo es que estás aquí? ¿Qué ocurre?

—Me llamaron por teléfono del centro médico porque te habían ingresado convulsionando, ardiendo y delirando. Hija, te quiero preguntar algo. ¿Has visto a tu madre?

—¡No! —contestó extrañada por la pregunta.

—Vine de inmediato y me pasaron pronto, por lo que pude ver cómo delirabas, sudabas y decías continuamente una frase. Cuando la medicación comenzó a dar su efecto, dejaste de hablar. La cuestión es que en esa frase dijiste una palabra que tu madre me decía. Nunca te la enseñé, no había manera de que la conocieras.

—¿Qué dije, papá?

—Repetías continuamente: es tu destino, yaskisierankasi.

—No tengo ni idea de lo que me estás hablando.

 

—Antes que tú nacieras, tu madre me decía cariñosamente yaskisierankasi. Aseguraba que era su modo de decirme te quiero. Y en tus primeros meses de vida también te lo decía a ti. Luego ya desapareció de nuestras vidas, así sin más. ¿Has conocido alguna mujer que te verbalizase eso?

—No, jamás lo he escuchado. Pero hoy en el trabajo ocurrió algo muy extraño.

No puedo explicarlo sin parecer una trastocada. No me lo creerías papá, te lo aseguro.

Olga le relató con lujo de detalles lo sucedido. Mientras tanto, su padre entornaba los párpados, perplejo.

—Ya te dije que no me creerías. Pero Sebástian estaba conmigo. Pregúntale.

Yo compartía unas cañas con Alex, padre de Olga, cuando le llamaron del centro de salud. Tenemos una amistad estupenda gracias a ella. Estaba fuera esperando cuando vi a Alex salir del centro muy preocupado, buscando con desesperación los cigarrillos y el mechero en los bolsillos. Me acerqué para preguntar por Olga y me dijo que se encontraba bien. Sin embargo, lo vi excesivamente nervioso. No quise ser imprudente atestando a preguntas, así que únicamente le hice compañía. Aspiraba el tercer cigarro cuando vimos llegar a dos hombres vestidos de traje negro, el mismo uniforme de Olga. Alex se dirigió a ellos:

—¿Sebástian?

—Yo. ¿Y usted es…?

Alex le extendió la mano para estrecharla y presentarse.

—Un placer conocerte, Sebástian. Soy Alex, el padre de Olga. Gracias por llamar a la ambulancia. Nos ha dado un susto de muerte, pero todo ha vuelto a la normalidad. Me gustaría hablar contigo un momento. ¿Puedes?

—Claro.

El otro compañero de trabajo mencionó que querían estar al corriente de cómo se encontraba Olga, que si todo estaba correctamente él se retiraba ya que tenían bastante faena. Y nos quedamos solos los tres.

—Sebástian, ¿podrías explicarme lo ocurrido con tus propias palabras? No juzgaré ni te trataré de loco.

Sebástian soltó un suspiro de alivio y relató lo ocurrido. Mi cara de escéptico les llamó la atención. A continuación, Alex respondió:

—Olga me ha descrito exactamente lo mismo, y percibo sinceridad en vuestra mirada. ¿Me has dicho que esa cosa tocó a Olga? Vamos a verla y revisar la zona donde hubo contacto.

 

Solicitamos autorización para entrar los tres, y aunque no nos lo permitían al principio, conseguimos convencer a la enfermera.

—Olga, he hablado con Sebástian sobre lo ocurrido. Estad tranquilos que yo os apoyo. Pero sugiero que no lo comentemos a nadie más. ¿Dónde te tocó ese humo negro?

—Aquí, papá. Y me escuece.

Olga señaló la parte baja de la espalda en el lado derecho. Alex se acercó a revisar y vio que tenía tatuado las líneas paralelas, como si se tratase de un tatuaje recién hecho.

—¿Me estáis tomando el pelo? ¿Todo esto va de un tatuaje feo infectado?

—¿Cómo qué de un tatuaje feo infectado, papá?

Alex sacó su móvil para hacerle una foto y se lo mostró. Olga y Sebástian se asustaron mucho al ver la foto. Porque era el mismo tatuaje que tenía El Furia. Todo aquello me superaba. Aquella misma noche acordamos hacer lo posible para que Olga no se quedara sola. A día de hoy es lo que más nos ha costado conseguir. No le hace mucha gracia que la cuidemos en todo momento. Además, los cuatro hemos estado muy atentos por si volvían a ocurrir cosas extrañas.

Esta noche, mientras cenábamos Alex, Olga y yo, salió en televisión un reportaje curioso: seis personas que habían estado involucradas en el descubrimiento de Ötzi, habían muerto trágicamente por avalancha. Ötzi es la momia milenaria de un hombre que se encontró en Los Alpes de Ötztal. Tenía más de sesenta tatuajes en el cuerpo, que aparentemente se deben a fines terapéuticos. La muerte de estas personas era conocida como La maldición de Ötzi.

—¿Hay tatuajes de hace cinco mil años? Busquemos imágenes en Google — pidió Olga.

Y nos quedamos fríos al ver que aquel tatuaje que ahora llevaba Olga misteriosamente, coincidía en forma y lugar con uno de Ötzi.

 

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