TODO ES POSIBLE – Gloria Allegue Vazquez

Por Gloria Allegue Vázquez

Un espectro en el momento que sabe que está muerto, discierne entre el mundo de los vivos y el penar de las ánimas, aunque siempre hay excepciones, días extraños, y días insólitos como el martes pasado. Para empezar, amaneció tan brumoso que era difícil distinguir la niebla atmosférica de la fantasmagórica. La oficina de correos en la que vivo se llenó de gente muy rápido, además eran personas singularmente ruidosas, así que decidí salir a estirar las piernas por los andenes de la estación de tren en la que está situada la estafeta. Saludé a los fantasmas de siempre, y vi que repetía paseo uno nuevo; el pobre aun está aprendiendo a cruzar a través de las paredes y los objetos, no es muy habilidoso, pero a cambio le pone mucha voluntad. El tren procedente de Madrid llegaba puntual, y decidí mezclarme entre los viajeros recién llegados.

Así la encontré, era ella, cien años más tarde y viva. La impresión fue tan intensa que volví a sentir la zona del corazón. Era ella, con sus veinte años, su piel blanca, con un ligero rubor en las mejillas por el calor, y su cabello trigueño lleno de graciosas ondas. Digamos que, desde luego, no llevaba el mismo peinado, y que por supuesto, su gusto en cuestión de estética variaba en favor de la moda actual. Pero era ella… Antes de salir de la zona de andenes le sonó el teléfono móvil y tomó la llamada: era su voz, se reía igual que antes, y sus gestos, esa forma de  entornar la mirada cuando calla lo que en verdad diría.

No supe que hacer, estaba atónito. Sencillamente ridículo.

En todo este tiempo que llevaba como fantasma  había aprendido muchos trucos, pero jamás había roto las normas. El otro día, por primera vez en un siglo, salí de la estación de tren donde se encuentra la que era mi oficina. Lo único claro que tenía es que iría a donde fuese Estrella, así se llama ella. Vino a buscarla una mujer, y juntas se montaron en un coche. Fui irreflexivo, lo sé, pero entré con ellas en el vehículo y decidí apostar por seguirla, sin medir las consecuencias.

La primera aventura fue circular por una ciudad que ya no sabía si la había olvidado, o es que habían construido otra en su lugar. Si tuviese corazón se me habría salido por la boca, o estallado. Salir de la estafeta  a pasear por la estación era  algo que me permitía de vez en cuando, al fin y al  cabo forma parte la una de la otra. Meterme en un cuerpo vivo por unos minutos, o influir con ideas susurrando al oído, eso lo había hecho muchas veces, sobre todo con un jefe de circulación que se jubiló hace algún tiempo. Ese tipo era un caradura a lo grande, así que me entrené con él una vez a la semana durante más de cuarenta años. Desde el primer día que apareció por allí recién afeitado, y con su pelito engominado, tan rubio y tan pálido que parecía no haber roto un plato, y con un corazón más podrido que si doblase mi edad actual como fantasma.

Más de una vez me pregunté cómo se vería mi cadáver. No lo extrañaba, mera curiosidad.

Total, ahí estaba yo, saliendo de mi patrón, en una ciudad que desconocía, en un mundo ajeno a mí, sentado en la parte de atrás de un coche, acompañado por dos mujeres vivas, y una de ellas era Estrella. Sabía que no me convenía hacer sentir mi presencia,  ya que podría hacerlas sentir observadas, o en peligro, y lo último que quería era asustarlas. Sentía una opresión en la zona de los intestinos comprimiendo algo, se parecía mucho a estar emocionado, o la idea que un fantasma tiene de las emociones -probablemente, aunque hubiese levantado un pañuelo en el aire, o cualquier otra cosa, yo seguiría estando más asustado que ellas -. Para cuando me acostumbré al paseo y a ver a Estrella, llegamos a destino, y yo seguía sin decidir cómo hacerle saber que estaba allí a su lado. Al salir del coche quise abrirle la puerta, o fingir que lo hacía; en realidad fue ella quien lo hizo. Me quedé allí de pie, dejando que se acercara, que me atravesara, en ese momento y de forma inesperada le dije: Todo es posible, aunque no puedas entenderlo ahora. Estrella miró a su alrededor buscando esa voz que aunque escucho en su interior, supo que era extraña. No dijo nada. Echó a andar con su amiga, pasearon sin prisa hasta llegar a unas terrazas, en una calle por la que no había tránsito. Apenas quedaban edificios de mi época en lo que vi durante el trayecto, pero, en esa parte de la ciudad sí  que reconocí muchas viejas glorias en extinción que lustraban con esmero. Así también me sentí yo al reflexionar buscando algo que me hiciera sentir en la cuidad en la que me crie, en la que viví la juventud antes de… Ya saben de qué hablo, no me refiero a una vieja gloria, eso lo sería Pérez Galdós. Me refiero a lustrarme: Creer que puedo retomar un segundo de vida y hacerle saber a Estrella que estoy ahí con ella, y que esa joven era ella.

Eligieron una mesa para sentarse en una de las terrazas, pero solo se sentó Estrella, la otra mujer entró en el café y la dejó sola. Allí estábamos los dos de nuevo, o eso me parecía. Ella callada, sonriente, y yo embobado, mirándola como un joven enamorado. Sentada con las piernas cruzadas de  medio lado sin que la mesa se las cubriese, una de las manos sobre el muslo, y con la otra sostenía  el teléfono como si fuese a llamar, o hacer algo con él. Me permití tocarle la mano, ella no la retiró. Entonces acaricié suave desde la mano hasta la rodilla, como le hacía a Estrella cuando nadie nos miraba, y ella accedía. Quise recordar el calor de sus muslos y el olor de su aliento, y morirme en sus brazos, y morirme en sus brazos porque mi corazón era débil, y ya no podía seguir latiendo. Recordé la generosidad de sus caricias, el sudor en su piel de aquella vez, aquella única vez que me regaló su intimidad. No quisieron que nos casáramos por que llegaba mi fin, porque era injusto imponerle luto, por darle a Estrella la oportunidad de ser feliz en una larga vida dichosa.

Lo recordé todo. Quise acompañarla a la estación, para que ese fuese su último recuerdo de mí. Allí erguido, sonriente, amándola mientras ella partía rumbo a los baños de mar en Baiona, acompañada de su tía y su prima.  Pero me puse mal y desfallecí. Unos hombres me llevaron en volandas hasta la oficina de correos, y allí, sobre el suelo frío de mármol, respiré con dificultad mientras mi corazón daba sus últimos latidos. Recostado sobre sus piernas y con sus manos en mi rostro mientras me decía: no te olvidaré Antonio, no te olvidaré. Quería decirle tantas cosas, quería mostrarle tantas cosas, quería seguir compartiendo con ella tantas cosas, que no me pude ir. Decidí quedarme atrapado en aquel lugar porque solo eso tenía sentido. Porque vivir sin vivir, por no vivir, era una sola cosa.

Al recordar creí poder llorar, llorar de amor, llorar de gozo al volver a encontrarme con Estrella. Pero no era ella, me aferraba al impulso de la sorpresa al verla, pero no era ella.

Llegó de nuevo la mujer, y continuaron con la conversación, con las risas, con las cosas de los que se quieren, se extrañan y hace tiempo que no se ven. Yo la miraba, y la miraba con amor, la amaba como si no fuese una extraña. Según iba pasando el rato, la amaba y creía sentir el fervor de querer mucho a alguien. Hacía apenas dos horas que la había encontrado en el andén, y la sentía de la familia, podía amarla, podía sentir calor.

En la mesa de al lado había una mujer de mediana edad, sobria en su atuendo, y con gesto amable. Estaba acompañada por un hombre más o menos de su edad con el que intercambiaba frases agradables, y gestos de cariño. Por varias veces se quedó mirando a Estrella, por varias veces se quedó mirando para mí. No eran fantasmas, de eso estaba seguro porque hablaron con el camarero, y bebieron cerveza. Cuando se levantaron, le hizo un gesto a su acompañante para que le esperase. Volvió a mirarme, y miró de nuevo a Estrella. Esta vez le buscó la mirada y le sonrió.

-¿Nos conocemos? – Le devolvió como respuesta mi niña.

– No, no nos conocemos, y sin embargo sé algunas cosas de ti ¿Me permites un minuto? Seré breve -. E hizo un gesto con su mano para que Estrella se acercase a ella.

Ella se levantó, con sorpresa en su rostro, y mordiendo una sonrisa de joven curiosa.

-Sé que estás embarazada, sé que tienes dudas, pero es un niño sano y será muy feliz contigo como madre- Le dijo en tono íntimo.

Los ojos de Estrella se abrieron al mismo tiempo que su espalda daba un pequeño respingo por la sorpresa.

-Quizá la mayor duda que tienes es hacer partícipe al padre de tu bebé. No cometas el error de algunas de las mujeres de tu familia. Deja el orgullo a un lado, piensa con el corazón- Seguía hablando con el mismo tono suave, bajo y lento.

-¿Cómo y por qué me dice todo esto?- Le respondió esta vez mi Estrella.

-Tu bisabuelo está hoy aquí contigo, él murió sin saber que iba a ser padre. Las mentiras atrapan mucho.

A ambos nos sorprendió la afirmación, la contundencia de una verdad, y la envergadura no explicada. Un resorte interno reaccionó a tiempo, y volví a susurrarle desde algún lugar desconocido para mí en aquel momento: Todo es posible, aunque no puedas entenderlo ahora. A Estrella se le escapó un leve gesto de sorpresa y se llevó las manos al pecho. Supo que lo que acababa de escuchar era cierto. Por las mejillas de mi niña rodaron dos lágrimas que yo sentí como mías. Me acerqué a ella y me quedé a su lado, mirando aquella desconocida alejarse. Se volvió para vernos; a Estrella le dedicó un beso,  a mi me guiñó un ojo.

Por Dios juro que no sabía que estaba ocurriendo, el calor iba aumentando en mí como si algo de vida me llegase, y al mismo tiempo me sentía más liviano que nunca. No quería entrar en su cuerpo, quería abrazarla, y eso era algo que ya no podía hacer.

Estrella miró hacia abajo, y puso sus manos sobre su vientre. Luego miró alrededor y paró al llegar con su carita sobre su hombro derecho. Creí que me miraba, deseé que me mirara, y le rocé su mejilla esperando que lo notase.

Lo haré- Dijo, mientras tomaba de nuevo el teléfono móvil.

Y lo hizo. Habló con un hombre, y mientras ella hablaba de su embarazo con él, yo empecé a sentir que desaparecía, que me iba. Ya no necesité volver a la oficina de correos, ni tampoco a un  cuerpo, ni soy ya un fantasma.

 

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