UN EXTRAÑO PRESENTIMIENTO – Mª Carmen Lorenzo Quintero

Por Mª Carmen Lorenzo Quintero

Era una fría mañana cualquiera de un recién estrenado enero. El aire helado dificultaba la respiración y un olor a tierra mojada lo impregnaba todo. Otro año más y allí estaba yo, de pie, esperando el autobús de larga distancia que me llevaría a mi destino. Realmente me sentía eufórica. Tras las vacaciones de Navidad deseaba volver a la rutina, concentrarme en finalizar mis estudios y la idea de empezar mis prácticas en mayo en diferentes lugares del país me apasionaba.

El viento comenzaba a soplar con una fuerza inusual para esas horas de la mañana. Mi autobús abrió puntualmente las puertas y después de acomodar cuidadosamente el equipaje entregué mi pasaje al conductor y me senté en la parte trasera junto a la ventana. Tenía un largo viaje por delante y durante las primeras horas pararíamos en varios pueblos, así que siempre elegía sentarme atrás para ser molestada lo menos posible. Abandonaba Londres con un extraño presentimiento de que algo iba a ocurrir.

Mentalmente revisé mi mochila, lo llevaba todo: bocadillos de atún y huevo, agua suficiente para tomar hasta una ducha, me aterraba la idea de quedarme sin agua, mi lectura favorita, apuntes, un termo con té y ¿cómo no?, mis M&M’s. ¿Qué hubiese sido de mi sin ellos en esos largos viajes? Desde que los descubrí se convirtieron en mis fieles compañeros. Crujientes cacahuetes cubiertos de chocolate de distintos colores, aún hoy los saboreo. Los lanzaba a mi boca, como si estuviera encestando en una canasta, los dividía en equipos por colores que colocaba en fila en la mesita delante de mi asiento y después me entretenía viendo como mi boca se teñía de diferentes tonalidades y así el tedio de las horas se hacía más dulce.

Las primeras tres horas las pasaba en un duermevela, pero eran las seis horas restantes, las que quedaban para llegar a mi destino, que por aquel entonces se encontraba en los confines de la tierra, las más desesperantes. El final de la tierra, así bautizaron acertadamente al lugar, “Land’s End’, final de la tierra, o la última tierra y así parecía ser; la tierra semejaba acabarse de una manera inesperada transformándose en altísimos arrecifes y más allá… la inmensidad del océano. Un lugar inhóspito, la mayoría de las veces, aunque cautivador. Donde la fuerza de la naturaleza en su estado más puro parecía absorberlo todo y donde uno se sentía encoger hasta el punto de verse insignificante. Hacia ese punto me dirigía, el punto más occidental de la parte continental de Inglaterra, esas últimas horas del viaje se me hacían eternas.

Oí un traqueteo procedente de la parte trasera del autobús, se lo comuniqué al conductor que no le dio la mínima importancia, balbuceando, aparentemente molesto, que debía llegar lo antes posible a Little Horn, y allí finalizaríamos el viaje. Íbamos en dirección a la tormenta, debíamos detenernos lo antes posible, se esperaban rachas de viento muy fuertes y pronto comenzaría a nevar intensamente.

-¿Qué iba a hacer yo en Little Horn? No conocía a nadie allí, estaba a más de cinco horas de mi destino y además no tenía dinero suficiente para alojarme en lugar alguno. Recordé que hacía tiempo había conocido a una chica que vivía allí, debía de tener su dirección en alguna parte. Presa del pánico rebusqué en mi pequeña y arrugada agenda hasta encontrarla. Ahora quedaba llegar a la estación, llamarla, explicarle quien era y cruzar los dedos para que se acordara de mí, se apiadara y me diera alojamiento. El viento soplaba cada vez más violentamente, la lluvia dio paso a un fuerte granizo en forma de agujas que caían amenazante sobre los cristales del autobús que parecía destartalarse. Después de una hora angustiosa con una densa niebla que impedía ver, el autobús se detenía en la pequeña estación de Little Horn. El conductor respiró aliviado y en sus gruesos labios se dibujó por un instante una sonrisa, acto seguido nos anunció que no continuaría, debíamos apearnos y buscar refugio.

Fue entonces cuando me encontré sola en el andén, con mi vieja maleta por compañía; maldije la hora en que ignoré el presentimiento que había tenido aquella mañana antes de subir al autobús.

Busqué con la mirada un teléfono desde donde poder hacer esa llamada, la estación se veía vacía y la nieve lo cubría ya casi todo. Localicé el teléfono y arrastré la pesada maleta hacia la cabina. A duras penas conseguí abrir la puerta aparentemente atascada. Introduje unas monedas, levanté el auricular, marqué el número y tras tres desesperados intentos me rendí, ¡no había nadie al otro lado! ¡Nadie contestó!

Derrotada e impotente salí de la cabina, me senté sobre la maleta. No me percaté siquiera de que alguien entraba detrás de mí, y allí permanecí, a la intemperie. Cuando me di cuenta de que estaba calada hasta los huesos me incorporé. Volví sobre mis pasos en dirección a la cabina. ¡Tenía que intentarlo una vez más! Quizá ahora contestara alguien el teléfono. Reparé de repente en que había un hombre muy alto dentro, pero…¿de dónde había salido, cómo había llegado hasta allí?

Esperé impaciente durante un rato a que el hombre terminara de hablar. Le escuché decir como su autobús había tenido que detenerse en Little Horn por la tormenta y que ya no saldría ningún otro hasta el día siguiente, tampoco había trenes. Le pedía a alguien que lo recogiera tan pronto como le fuera posible. Después de eso no pude oír nada más y finalmente el hombre se giró para salir. Abrió la puerta con un suave empujoncito y me preguntó con acento extranjero:

¿Qué haces aquí fuera con este tiempo? ¡Qué pregunta tan estúpida! ¿Qué otra cosa podía hacer más que esperar a que él terminara de hablar por teléfono para entrar y hacerlo yo? Él pareció darse cuenta de lo fastidiosa que me resultó su pregunta y se disculpó.

-Perdona debería ayudarte, estás empapada, venga entra te aguanto la puerta .

Permaneció allí fuera aguantando la puerta con una mano y con la otra mi maleta. De nuevo al otro lado del teléfono nadie contestó. Rompí a llorar. Entre sollozos le conté al extraño lo que me pasaba. Él me miraba embelesado y yo lo encontré verdaderamente irresistible; tan alto, con unos ojos de un azul intenso y un color de piel tan bronceado para ser enero que desvelaba que había pasado las vacaciones de Navidad esquiando.

No sé si aún nevaba o había dejado de hacerlo. Ya no oía lo que decía y sin apenas saber cómo había llegado hasta allí, me encontré sentada en la parte trasera de un pequeño MG que conducía aceleradamente el amigo de mi perfecto extraño; aún desconocía su nombre.

-Tenemos que darnos prisa, por lo que he oído esto se va a poner cada vez más feo, has tenido suerte de que estuviera en casa, pensaba ir a casa de Cleo, pero no te iba a dejar aquí tirado. Oye, ¿es qué no piensas presentarme a tú amiga? Por cierto, ¿a ti dónde te dejo? me preguntó mientras pisaba cada vez más el acelerador.

Mi extraño sin nombre le dijo que iba con él y que pasaría la noche en su casa. Su amigo sonrió comentando por lo bajo que esa era la mejor forma de pasar una tormenta, con compañía.

Durante cada segundo de los cuarenta minutos que duró el viaje no paré de preguntarme qué demonios hacía yo allí. Apenas podía moverme, ya no sentía mis piernas. Esos coches son realmente de dos plazas, y allí estaba yo, acurrucada como podía, con la cabeza pegada al techo y con dos desconocidos en plena tormenta, conduciendo a velocidad suicida. Se oían truenos no muy lejanos, y aunque había parado de nevar el viento amenazaba con llevárselo todo a su paso, varios eran ya los árboles caídos en la avenida por la que circulábamos y el sonido de alarmas y sirenas resultaba estremecedor. El pequeño MG tomó una curva a la derecha pero la falta de visibilidad y la velocidad que había alcanzado lo hicieron derrapar y a punto estuvimos de volcar. Thomas, así se llamaba el amigo de mi perfecto extraño soltó unos cuantos tacos, enfiló el coche por la pista que conducía a la casa, abrió la puerta cerrándola después con violencia.“Sacad vosotros las cosas “ gritó y se metió en la casa.

Nos miramos, mi extraño me ayudó a salir de la parte trasera. Su mano era suave y firme como su voz . “ Por cierto, me llamo Albert ” dijo. Me quedé muda, mirándole, sin poder articular palabra mientras él extraía las maletas del maletero.

“No te quedes ahí, venga date prisa entremos en casa, el tiempo no está para estar fuera. Tomemos un chocolate caliente o un buen té”. Permanecí allí inmóvil, incapaz de reaccionar. “Bueno, también puede ser algo más fuerte”, apuntó ante mi silencio,” ¿ un vino tal vez?” Entré tras él y balbuceé :“ Zara,  mi nombre es Zara”.

Thomas parecía haberse esfumado, y no vi a nadie más en la casa, aunque la chimenea estaba encendida. Albert me pidió que me sentara y me pusiera cómoda, seguidamente desapareció para regresar al rato con dos copas, una botella de vino, algo de queso, un poco de paté y una barra de pan.

“ Cómo no sé qué te apetece he traído esto”.

Me había hechizado, no podía dejar de mirarle, sentí un deseo irresistible de abalanzarme sobre él. Me estaba sucediendo algo inexplicable, parecía que lo conociera de hacía mucho tiempo. Él hablaba sin parar, era francés y estaba allí rodando una película .

¡Vaya, francés y hace cine, puff…Eso explica el paté y la baguette! Olvídate, olvídate me repetía a mí misma. Sin embargo las horas pasaban y continuamos charlando. No me atreví a confesarle que era vegetariana. Él pareció adivinarlo y me ofrecía pequeñas rebanadas de pan con queso.

Estaba relajada y deseaba continuar hablando. Disfrutar de aquel momento. Realmente me había olvidado que estaba con un extraño y que ni siquiera había llamado a mi colegio para comunicar que no llegaría esa noche, de cualquier manera eso tampoco me preocupaba demasiado en ese momento. Hablamos hasta la madrugada, una botella de vino llevó a la otra y cada vez nos encontrábamos más a gusto juntos; no sé en qué momento nos dimos cuenta de que realmente era muy tarde y había sido un día tan largo… Me sentí repentinamente cansada. Le pregunté si podía darme una ducha. Albert me dejó un albornoz enorme y me ofreció su cama, él dormiría en el sofá. Me pasé horas dando vueltas sin poder conciliar el sueño, me encontraba demasiado excitada para dormir, ¡deseaba tanto que abriera la puerta y se metiera en la cama conmigo! Decidí levantarme a por un vaso de agua…, al abrir la puerta allí estaba él, de pie, esperándome, como si hubiese adivinado que en algún momento yo saldría de la habitación. Me estrechó por la cintura, me tomó en sus brazos y me llevó a la cama. La mañana nos encontró tan pegados que mis piernas se confundían con las suyas. La cama estrecha junto a una helada ventana se había convertido en el lugar más cálido del mundo. El tiempo se detuvo, nada importaba, excepto Albert y yo. Había dejado de ser un extraño; ahora conocía cada parte de su cuerpo, cada pliegue de su piel, cada vello de su cara, el timbre de su voz. Su gemido se ahogaba con el mío confundiéndose en el aire. Se paró el reloj durante tres días sin noches y tres noches sin días, y cuando finalmente dejó de nevar ya no quisimos vivir el uno sin el otro. Desde entonces esquiamos juntos cada enero y una vez cada tanto visitamos el final de la tierra.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Carmen Rodriguez

    Me parece un gran relato, te lo imaginas todo, perfectamente hilado y con muchas posibilidades de añadir escenas, situaciones , me encanta, felicitaciones!

  2. Victor

    Fue muy fácil y fluido para leer el relato.Sique escribiendo 😘

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