VERANO CON LA ABU – Mª Mercedes Ros Rodríguez

Por Mª Mercedes Ros Rodríguez

Llegó el verano y con él, las tan esperadas vacaciones.
Las familias Linares y Márquez decidieron pasarlas junto con sus niñas, ya grandecitas, en casa de la abuela, ya que ella no quería moverse del pueblo porque creía que al hacerlo, perdería sus raíces.

¡¡¡¡Abuelaaaaaaaaaaa!!!! ¡¡¡¡Abuelaaaaaaa!!! Al son de su algarabía y a empujones para ver quién llegaría primero, anunciaban su llegada las tres niñas, entre montones de maletas, bolsos, bolsas e ilusión; entraban empujando el enorme y chirriante portón de aquella vieja casa, entusiasmadas ya que no habían ido al pueblo desde hacía mucho.
La abuela, un poco sorda, al oír barullo, se levantó despacio (la abuela ya no se apresura por nada) preguntándose si alguien había llamado a la puerta, cosa rara, pues en su pueblo, a pesar de los tiempos que corren, las puertas no se cierran y los vecinos entran de visita directamente al salón y, cuando ya están dentro, preguntan dudosos: “¿se puede?”

En la casa de la abuela todo el mundo es bienvenido y la puerta siempre está abierta a todos; siempre hay sitio para alguien más, y si no lo hay, se hace… motivo por el cual, la abuela tiene siempre colgado un jamón, un queso, chorizos en pringue, pan y huevos.

Al llegar, las niñas abrazaron a su abuela. La abuela las besó una a una y miró todo lo que habían crecido, les acarició el pelo.
Ana ahora era rubia y de pelo rizado; Marina lo tenía más oscuro y muy brillante y, Violeta, negro y muy liso con un buen remolino en la coronilla.
Les miró las sonrisas; unas sin dientes, pero todas preciosas y, repentinamente fue consciente del paso del tiempo. Les preparó una merienda irresistible: un bocadillo de miel de “antes de la guerra” les decía con orgullo y un vaso de leche de almendras con canela (la abuela odiaba la leche, rechazó incluso ser amamantada por su madre). Con la merienda en las manos y fascinadas por aquella casa tan grande (que, aunque ya la conocieran, era como si la viesen por primera vez,) empezaron a corretear por todos sitios. La abuela, mientras las pequeñas de la casa se embarcaban en una exhaustiva exploración del entorno, se dispuso a volver a su butaca para seguir tejiendo con una gran sonrisa de satisfacción y esperando el regreso de sus hijas y yernos.

Pasado un rato las niñas estaban ya reventadas de tanto subir y bajar por los jardines, por los almacenes, por los patios y, además, encontraron una tortuga que llevaron hasta su abuela para preguntar cómo es que había llegado allí. La abuela les contó que era un galápago, que se llamaba Casiopea y que llevaba en la casa más de ciento cincuenta años y que, esa especie, podía llegar a vivir más de trescientos años. Les contó que en invierno se enterraba para protegerse del frío y en verano, cuando salía, le ponía una pequeña piscina con rampa para que entrase a bañarse; de comida le ponía gambas secas y muchas hojas verdes, sabía que le gustaba especialmente la lechuga. Era un galápago diferente al resto. Casiopea hablaba, pero solo se podía entender lo que decía cuando estaba debajo del agua, por ello había que estar atentas y fijarse en la hora a la que iba a bañarse. Sabía muchísimos secretos y escondites de la casa. Todas estaban deseando hablar con Casiopea porque no se creían que, eso de que hablaba, fuera cierto. Ana, que era la más mayorcita, se distraía observando cosas que le llamaban la atención, una entre todas: una bola de cristal muy grande y, como estaba en la edad de cuestionarlo todo, le preguntó a su abuela:

“¿Abu eres bruja? Esa bola es de bruja”.

La abuela le contó que esa bola representaba su vida y que al principio no era una bola ni era trasparente, ni era lisa, pero con los años la había ido puliendo para que pudiese rodar cuesta abajo sin tropezar y sin salirse del camino; ella está adornando ese camino con flores, plantó árboles para que le diesen sombra y bancos para sentarse a descansar, y también tenía montones de estrellas en su pequeño cielo que estaba lleno de las personas que habían pasado por su vida y le habían dejado preciosas estelas de luces de colores.

¡La abuela tiene un cielo solo suyo!, se dijeron las niñas unas a otras al oído.

“¿Y cómo has comprado ese cielo Abu?”

“Queridas niñas” … les dijo la abuela en contestación a su pregunta, “el cielo no se compra, no todo en la vida se puede comprar. El cielo lo vamos construyendo a lo largo de la vida con momentos bonitos, con personas que perdemos, con momentos tristes, con traspiés, con experiencias, con amigos, con familia… Todos los que pasan por nuestras vidas son muy importantes y aunque se vayan, siempre dejan un poquito de su luz. Vosotras también tenéis un cielo, les dijo ante la cara atónita de las niñas, pero aún no lo podéis ver porque sois muy pequeñas. Mi bola un día dejará de rodar y será el momento en el que tendré que marcharme a otro lugar, a los cielos de otras personas que me quieren y también estaré en el vuestro y desde allí si poneis atención podremos jugar.
Otro día, si os portáis bien, os contaré cuentos sobre el cielo, porque una vez me dejaron entrar un ratito”.

Mientras tanto, Violeta que era la más pequeña y la más traviesa se había caído de la silla dándose un buen golpe en la cabeza. La abuela la levantó del suelo y la acunó en su regazo y le dijo:
“No llores mi vida, tus primas y yo pondremos las manos sobre tu pupa y verás que pronto se te pasa”.
La Abu le secó las lágrimas y mantuvo su mano junto con las de las niñas en el chichón de la pequeña hasta que dejó de doler. Violeta entre sollozos y apoyada en el pecho de su abuela se quedó dormida.
Pero a Marina que le podía la curiosidad, preguntó: “Abu, ¿es que tenemos magia en las manos?”
La Abu le respondió en un tono que ella pudiese entender: “Marina, las mujeres y niñas de nuestra familia, como otras muchas personas, nacemos con un regalo en las manos que nunca se gasta y sirve para ayudar a otras personas a ponerse bien, a que les deje de doler la garganta, o una pena. Ponemos nuestras manos sobre ellas y se ponen buenas. A veces hay que estar mucho rato; otras veces es más fácil, porque la herida es pequeña. Mi bisabuela María ya lo tenía, mi abuela, mi madre; también mis tías, vuestras mamás y … vosotras. Abu… Continuó la niña: “¿y duelen las manos con eso?”
“No mi niña preciosa”, dijo la abuela, “esa magia no duele… todo lo contrario, te hace sentir muy feliz ayudar a tus amigos o a quien lo necesite”.

La tarde iba pasando y la abuela puso a Violeta sobre el sofá y la tapo con una sábana finita. Por las tardes refrescaba a pesar de ser verano. Encendió la lumbre para hacer la cena y Ana y Marina “fliparon”.
Abuuu… “¿Dónde tienes la vitro?”
En esta casa no hay vitro. Contestó Abu.
“Esas modernuras yo no las quiero. La comida no esta buena. Voy a hacer patatas a lo pobre con pimientos y huevos fritos de las gallinas del corral, ya veréis que ricos están. Si queréis podéis ir a coger los huevos que acaban de poner”.

“¿Las gallinas pican?
“No, las gallinas ya saben que vamos todos los días a por ellos”.

Y mientras las niñas emocionadas iban al gallinero, se toparon con un grandísimo pavo real blanco con toda la cola desplegada. Disparadas, no pudieron refrenar la sorpresa y salieron corriendo hasta llegar con el aliento entrecortado donde la abuela para contarle el segundo gran descubrimiento del día. Salen corriendo y llegan ahogadas contando que hay un bicho muy raro. La abuela soltó una gran carcajada porque esperaba esa reacción y les explicó que ese bicho, como lo habían llamado las pequeñas, era un pavo real blanco porque es albino y que se llamaba Kevin, lo había dejado allí unos días el abuelo Cocó, que estaba de viaje.

A la mañana siguiente, después de desayunar, los padres pensaban llevarse a la alegre comitiva de curiosas exploradoras a la sierra y, por ello habían dejado preparada la merienda y las bebidas en neveras.

Iban a ir a un sitio muy muy especial para la familia, sobre todo para la abuela. Un lugar protegido porque allí crían a buitres leonados. Pero al atardecer, donde se ve el horizonte juntarse con el cielo, cuando todo aún esta iluminado y con la puesta de sol, sigilosamente salen a volar y a cazar y es un privilegio verlos.

Antes de salir de excursión, Ana entra en un gran salón que siempre está cerrado y descubre otra maravillosa criatura, una caracola de grandísimas dimensiones. Pone una silla, porque está colocada en la parte de arriba de un mueble que tiene muchísimas copas y muchas medallas. Se pone de puntillas para alcanzarla y, cuando llega la abuela, le pregunta:

“Abu ¿para qué son todas esas copas? ¿Son para beber zumos?”
“No Ana, todas esas copas las ganó tu mamá”.
“¿mi mamá? Ohhhhh…, cuéntamelo porfa, porfa, porfa”.
“Tú mamá era atleta y era muy muy buena. Trabajó mucho. Entrenó todos los días durante muchos años y fue muy obediente con los ejercicios que le mandaba su entrenador. Fue la mejor corredora de Granada muchísimas veces, la más rápida, luego fue campeona de Andalucía y también de España. Trabajó mucho y fue muy duro, pero al final mira todo lo que consiguió. Estoy muy orgullosa de ella y el Abu Cocó también”.
Ana, con la mirada atónita, no alcanzaba a entender muy bien el valor que tenía aquello. Sólo le interesaba una cosa…

“¡Quiero coger esa caracola! ¿me la das?
“Te la dejo para que puedas escuchar lo que te dice”.
Muy seria la niña mira a la abuela y le pregunta:
“¿las caracolas hablan igual que Casiopea?”
“Si, mi amor”. Le contesta la abuela. “Las caracolas hablan, aunque no es nuestro mismo lenguaje. Hablan con las huellas que tienen en su caparazón, hablan con su tamaño, hablan por las señales que dejó en ellas el tiempo y ahora, póntela en el oído y escucha, a ver si te quiere decir algo.
Ana apenas tenía la fuerza para cogerla y su abuela le ayuda. Al pegarla a su oreja una expresión de sorpresa se dibuja en su rostro, haciendo ver sus ojos verdes en todo su esplendor.
Se retira y le dice a la abuela:
“¡Está el mar dentro de ella!”
“Siii Princesa, ella guarda en su corazón el sonido del mar que le dio la vida y a mí me contó que suena así para que no nos olvidemos que también los seres humanos venimos del mar y que no podemos destruirlo. Que es importante que se mantenga limpio para todos los animales que viven allí, desde Nemo, hasta la ballena de Pinocho… todos son igual de importantes y no podemos destruir con basura sus casas, porque si lo hacemos, las sirenas morirán y no podremos escucharlas cantar nunca más, ni podremos ver a los delfines, ni a los caballitos de mar que tanto nos gustan. Además, esta caracola se llama Juana, y pertenecía a mi abuelo.
¿Ves el agujerito que tiene en la punta?
“¡Si!”, dijo Ana.
“Pues por ahí se sopla” ahora inténtalo tú. Ana obedece y, al hacerlo dio un salto del susto. Salía un ruido sordo tremendo que se escuchó en toda la casa y que provocó que todos acudieran al salón. Todos, por supuesto probaron a soplar y la abuela contó que era una caracola que utilizaban los pastores, su abuelo lo era, en la antigüedad para comunicarse como si fuera un teléfono y según el sonido que emitían, quería decir una cosa u otra, pero que ella nunca entendió ese lenguaje.
Lo cierto es que, la casa estaba llena de cosas interesantes y a las niñas no se les escapaba ni una. Marina y Violeta, mientras tanto, escondieron al galápago en una de las neveras para llevárselo de excursión. Era la primera vez que saldría de casa. Ese galápago sería su amigo durante ese verano y las hizo sumergirse en lugares muy muy mágicos y secretos.
Os voy a dar una pista…una tarde llevó a las niñas hasta una puerta muy pequeña que había en un almacén detrás de unas tablas viejas …y al abrir… una luz resplandeciente de color verde asomó por un diminuto pozo… ¿dónde las llevaría esa luz?
Eso es otra historia que ya contarán ellas, que son las que vivieron mil aventuras.

 

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