VOCES

Por Elsa María González Pastor

 

Se dispuso a hacer las maletas. La policía volvería y no podía encontrarla allí.

Lo primero que guardó fue la foto de su boda. Julio y ella espectaculares, cogidos de la mano frente al altar.

“¡Venga! ¡No te distraigas! ¡No hay tiempo!”.

– ¡Calláos! – gritó – ¡Calláos ya! Necesito un momento.

Temblorosa se sentó en el borde de la cama y, acercándose despacio la fotografía a los labios, le dio a Julio un dulce beso de despedida.

Cuando se conocieron Lucía pensó que a lo mejor había llegado su momento. Una nueva oportunidad que la vida le ofrecía de ser feliz, después de haberle quitado tanto tras la muerte de sus padres. Y así fue, pasaron los años, vivían tranquilos y felices, hasta que un día Lucía se dio cuenta de que algo había cambiado. No sabía muy bien lo que pasaba pero las cosas no eran como antes. Julio parecía comportarse diferente, distante. Era algo casi imperceptible, pero ella le conocía bien.

¿Serían cosas suyas? ¿Estaría todo en su cabeza? Seguro que exageraba, Julio era el amor de su vida, ¿qué podía haber cambiado? No, todo estaba bien, como siempre. Ella estaba bien.

Una tarde Julio recibió una llamada. Había surgido un problema importante en la oficina y le necesitaban para una reunión urgente. Estaba ya anocheciendo pero quiso ir andando, vivían cerca y le ayudaba a pensar, decía. Dejó a Lucía con un rápido beso en la mejilla, apoyada en el quicio de la puerta, diciéndole adiós con la mano mientras él se alejaba. Cuando giró la esquina de la calle, Lucía corrió al interior de la casa para, segundos después, volver a salir con las llaves del coche en la mano. Nunca había seguido a nadie, pero lo había visto en las películas muchas veces. En esas películas policíacas que tanto les gustaba ver los sábados por la noche compartiendo un gran bol de palomitas.

Avanzaba despacio, no quería que la descubriera. Le vio girar por una calle que no era la que llevaba a su oficina. Caminó durante un minuto aproximadamente y se detuvo frente al jardín de una casa. Lucía paró el coche a unos cincuenta metros, oculta tras la marquesina del autobús y esperó. A los pocos minutos una chica joven, guapa, de pelo largo y moreno salió de la casa corriendo hacia él. Saltó a sus brazos para saludarle con un efusivo beso en los labios.

Lucía no podía creer lo que veían sus ojos. Su matrimonio era feliz, estaban enamorados. ¿De verdad ese era Julio? ¿Su Julio? ¿De verdad le estaba viendo caminar de la mano de una jovencita? ¿Qué había pasado? Ella conservaba la belleza de su juventud, se llevaban bien, se divertían, pocas veces discutían. Aún no habían conseguido tener hijos pero, aunque sabía que eso pesaba un poco en su día a día, no podía ser la causa de que Julio ya no la quisiera.

Empezaba a impacientarse, notaba como la ira crecía en su interior. Hacía muchos años que no se sentía así, pero reconoció la sensación. Esa furia incontrolable que rápidamente se apoderaba de ella. Un calor intenso que brotaba de su estómago comenzó a recorrer todo su cuerpo. El corazón se le aceleró tanto que pensó que se le salía del pecho. Una imagen, de mucho tiempo atrás, acudió a su cabeza desde lo más profundo, desde aquella oscuridad donde enterraba lo que debía permanecer oculto. Sus padres tendidos en el suelo del salón, la sangre avanzando lentamente por el parqué y ella allí de pie, inmóvil, sosteniendo el cuchillo con mano firme, apenas consciente de lo que había hecho. Y aquel fuego que la quemaba por dentro, el mismo que recorría ahora cada rincón de su cuerpo.

No se dio cuenta de que había puesto el coche en marcha y avanzaba calle abajo. Cada vez más rápido. Cada vez más furiosa.

“Te ha mentido. No es culpa tuya”.

Las voces habían vuelto, hacía mucho que no las escuchaba. La acompañaban desde pequeña, ayudándola en los momentos difíciles a tomar la decisión correcta.

“!Acelera! Se lo merece”.

A veces gritaban demasiado pero hacían que se sintiera segura, cuidaban de ella. Con las uñas clavadas en la palanca de cambios y los ojos fijos en las dos figuras que avanzaban ignorantes y confiadas delante de ella, pisó el acelerador lo más fuerte que pudo y el coche salió despedido hacia delante. El olor de los neumáticos quemados se coló en el habitáculo mareándola un poco.

Su marido y su joven amiga escucharon el acelerón del coche pero era demasiado tarde, el Ibiza rojo de Lucía se precipitó sobre ellos en un instante durante el cual, sus miradas se cruzaron por última vez, cuando Julio, alertado por el choque de las ruedas contra el bordillo, giró la cabeza lo suficiente como para reconocer a su esposa detrás del volante, con los ojos fijos en él.

Lucía paró el coche, metió la marcha atrás y sintió como una lágrima recorría lentamente su mejilla, al notar el paso de las ruedas de nuevo sobre los cuerpos inertes. Apagó el motor y bajó del coche. Los cuerpos yacían sobre la acera cubiertos de sangre, uno al lado del otro, dos amantes incapaces de evitar su terrible destino. Se agachó despacio, besó a Julio en los labios y, acariciándole el pelo le susurró al oído: “¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué nos has hecho esto?”.

“No te quiere. Has hecho lo que debías”. Las voces retumbaban en su cabeza.

Tapándose los oídos fuertemente con las manos corrió hacia el coche. Había dejado las llaves en el contacto. Arrancó y pisó el acelerador.

“No mires atrás. No te lamentes. Has hecho lo que debías. ¡Se lo merece!” Gritaban las voces enfurecidas.

Las lágrimas caían descontroladas sobre el pantalón. Intentó calmarse. Ahora debía pensar en ella.

Por fin en casa. Ya había pasado por esto una vez, sabía lo que tenía que hacer. Aparcó el coche en la entrada, limpió los restos de sangre del parachoques lo mejor que pudo y entró. Subió corriendo las escaleras. Se quitó todo lo que llevaba puesto y lo tiró al cesto de la ropa sucia. Entró al cuarto de baño y se duchó, eliminando así cualquier posible resto de sangre, de culpabilidad. Cogió un pijama limpio y se calzó las zapatillas. Se peinó con una coleta alta que era lo que más le favorecía y se dirigió a la cocina. Allí preparó en una bandeja una taza de chocolate caliente y un trozo de bizcocho y se lo llevó al salón. Encendió la televisión, buscó un programa de esos en los que los invitados contaban sus intimidades y se recostó en el sofá. Solo quedaba esperar.

Sonó el timbre de la puerta. Debía de haberse quedado dormida. Se levantó y fue a abrir. Dos policías perfectamente uniformados esperaban al otro lado.

– Buenas noches señora, querríamos hablar con usted, ¿podemos pasar?

– Si, claro, pasen. Mi marido ha ido a una reunión, pero no creo que tarde en volver.

Los condujo al salón y les ofreció asiento y una taza de chocolate caliente que ambos rechazaron amablemente.

“Tranquila, todo está bien”.

Lucía dio un sorbo a su chocolate mientras se acomodaba en el sofá. Estaba frío.

– Señora, tenemos malas noticias, su marido ha sufrido un accidente. Cuando le encontramos ya no pudimos hacer nada por él.

– No… – Lucía dejó caer la taza que se volcó derramando el chocolate sobre la alfombra. – No puede ser… mi marido está en una reunión… – balbuceó.

Rompió a llorar, desconsolada, hundiendo la cara entre los cojines del sofá. Mientras uno de los hombres la ayudaba a incorporarse, el otro intentaba, sin demasiado éxito, recoger el chocolate de la alfombra. Al cabo de un rato, más calmada, les aseguró que se encontraba mejor pero que prefería estar sola. Quedaron en verse al día siguiente para contestar todas las preguntas que fueran necesarias porque ahora necesitaba dormir, no podía pensar.

Oculta tras la cortina, en la ventana de su habitación, se aseguró de que los policías subían al coche patrulla. Tenía poco tiempo y mucho que preparar. Empezar de cero no era fácil pero sabía como hacerlo.

“Estarás bien. Siempre estás bien”.

 

Elsa González Pastor.

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